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El psiquiatra que distingue entre malestar y enfermedad mental: "No todo es lo mismo"

Jeffrey A. Lieberman es una figura clave en la biología de las enfermedades mentales y el uso de psicofármacos. Si bien es cierto que se habla más de salud mental, él no cree que se haga de la forma adecuada para liberarse de mitos tabús

Jeffrey A. Lieberman, profesor de psiquiatría Lawrence C. Kolb en el Centro Médico de la Universidad de Columbia
Jeffrey A. Lieberman, profesor de psiquiatría Lawrence C. Kolb en el Centro Médico de la Universidad de ColumbiaSERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL
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Pausado y reflexivo. Piensa cada respuesta para no dar lugar a equívocos. «Debemos convertir la salud mental en una prioridad de salud pública», dice Jeffrey A. Lieberman (1948), quien no duda de que ha llegado el momento de avanzar en las enfermedades mentales y para eso hay que soltar lastre.

Dejar a un lado el estigma, los mitos y hasta el abordaje que se hacía sobre ellas décadas atrás. Y, al mismo tiempo, invertir en ella y darles cobertura desde los sistemas sanitarios de los estados. ¿Hablamos hoy más abiertamente de las dolencias de nuestra mente? ¿Sabemos más que antes y los inicios de este siglo marcarán un punto de inflexión en las patologías psiquiátrica?

El profesor de psiquiatría Lawrence C. Kolb en el Centro Médico de la Universidad de Columbia vacila: «Ahora es el momento porque todo el mundo está hablando de ello», justifica, pero le asalta la duda: «No estoy tan seguro de que todo el mundo hable cómo se debe de salud mental. ¿A qué se refieren realmente?».

Y hace una diferenciación que, al menos como médico, debe tenerse en cuenta. «Por un lado, tienes el bienestar emocional. Por otro lado, una enfermedad del cerebro. Ambos son importantes». Pero difieren en la forma de tratarlos. Y también en la forma de reconocer que se sufren.

Para saber más

Hoy día se habla más abiertamente sobre la ansiedad o la depresión, pero hay otras enfermedades de la mente que todavía se guardan, o esconden, en la intimidad. Aquellas de las que se comenta en la intimidad y solo con los más allegados y personas de confianza. Esto sucede con la esquizofrenia, que todavía «arrastra un importante estigma», recalca Lieberman. «Porque, ¿quién no está deprimido a veces? Pero no estamos hablando de eso. Estamos hablando de un síndrome clínico médico».

Para eso no duda en acordarse de libros como Esa visible oscuridad: Memoria de la locura de William Styron o El demonio de la depresión de Andrew Solomon. En la primera obra, Styron hace un análisis en primera persona de la dureza de la depresión entendida como un síndrome caracterizado por un estado de ánimo depresivo aparente o no (depresiones enmascaradas) que va de la mano de una serie de trastornos vegetativos y alteraciones de los ritmos vitales: insomnio, anorexia, oscilaciones circadianas de la sintomatología... En la obra de Solomon, ese desarrollo se complementa con una búsqueda de respuestas de mano de la ciencia, de los psiquiatras, de los investigadores que persiguen explicaciones científicas y soluciones farmacológicas.

"El cerebro es la última frontera. Es el único órgano que tiene metaestructuras. Esto es, a su condición orgánica se le suma la dimensión de la conciencia"

Por ello, desde su punto de vista, para abordar la salud mental hay que dejar claro que se trata de algo más profundo, que va más lejos del «estoy teniendo un mal día». En cambio, estamos ante un proceso «físicamente doloroso» y que requiere un abordaje terapéutico profesional antes de que la situación se complique. Al tiempo, subraya la importancia de que hablar sobre ello ya no sea tabú. «Está bien contarlo. Eso es cierto. Pero todo el mundo habla de cosas ligeramente diferentes. Y en el fondo, no hay ningún tipo de mensaje unificado».

Lieberman lleva toda la vida dedicado a lo que la Real Academia Nacional de Medicina define como Psiquiatría: «Disciplina científica, rama de la medicina, que se ocupa de promover la salud mental, así como el estudio clínico, el diagnóstico, el tratamiento y la investigación de los trastornos mentales». Su campo principal ha sido esquizofrenia, donde ha avanzado en la comprensión de su historia natural y su fisiopatología. También ha dedicado esfuerzos a la farmacología para su alivio y buscado la eficacia clínica de los medicamentos antipsicóticos. Dos grandes manuales lo refrendan: Historia de la psiquiatría o Tratado de esquizofrenia.

«Y, ¿qué hacemos?», se pregunta. «¿En manos de quién ponemos nuestra salud mental? ¿Hay planes gubernamentales para ocuparse de este tipo de enfermedades tan prevalentes en la sociedad actual? ¿En manos de quién dejamos las soluciones: la industria farmacéutica, los sistemas de salud y aseguradas, los gobiernos...?». La pausa tras estas preguntas denota preocupación. «¿Tenéis en España un gobierno que se preocupe por esto?». La respuesta afirmativa no le convence y matizamos que es aún es un esbozo que va cogiendo forma. «Los gobiernos tienen la obligación de trasladar a sus ciudadanos el conocimiento y su aplicación en materia de salud, pero esto no siempre es así», insiste.

"Está bien contarlo. Eso es cierto. Pero todo el mundo habla de cosas ligeramente diferentes. Y en el fondo, no hay ningún tipo de mensaje unificado"

Porque como alguien que se ha dedicado vocacionalmente a la Medicina -«para ayudar a la gente»- le cuesta asumir que los sistemas de salud no se gestionen mejor para ofrecer soluciones a la población: «¿Cuántos pacientes tenemos? ¿Cuántos profesionales para tratarlos? ¿Camas? ¿Hospitales? ¿Cómo se va a financiar todo esto?». A Lieberman le asaltan cuestiones que son la brecha entre los avances que consigue la investigación y el conocimiento que desarrolla la ciencia con su aplicación directa en la consulta y los pacientes. «Me metí en psiquiatría porque pensé que era lo más interesante. Y había mucho que aprender».

Considera que el cerebro es «la última frontera» que le queda a la Ciencia. También esgrime entre los motivos a Sigmund Freud y «su teoría sobre la mente y el comportamiento humano, que no tenía nada que ver con la enfermedad mental». Junto a ello, suma que experimentó con las drogas recreativas en los años 60. Esto fue el germen sus teorías sobre el efecto de las sustancias psicodélicas en los enfermos. «Pensaba: "Si esto pasa con 50 microgramos de LSD, tal vez haya una base neuroquímica para los trastornos mentales", que ocurren como un error congénito del metabolismo o algún defecto genético».

Jeffrey A. Lieberman, en su reciente visita a Madrid.
Jeffrey A. Lieberman, en su reciente visita a Madrid.SERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL

Sobre ello, reconoce, que ha costado mucho dar impulsos que se materialicen en terapias aprobadas por las agencias reguladoras. Pasar de contemplar las drogas recreativas y psicodélicas en tratamientos farmacológicos, no exentos de riesgos, requiere «investigaciones y procesos largos», recuerda. Recientemente, la FDA ha echado para atrás la psicoterapia asistida con MDMA como tratamiento para el trastorno de estrés postraumático. Y en 2025 espera turno la psilocibina para la depresión resistente. «Si bien estos desarrollos deberían ser bienvenidos, me preocupa una posible falta de rigor científico en su investigación reflejada en la elección oportunista de sus indicaciones clínicas».

El enfoque biológico a la especialidad que ha buscado a lo largo de su carrera le ha convertido en un referente. «Trataba de vincular las cosas que sucedían en el cerebro con la forma en que la gente se comportaba», recuerda. Luego llegaron las subvenciones para más investigación y todo ello se plasmó en artículos que más tarde dieron forma a sus manuales de referencia. Lieberman traza la historia del campo de la Psiquiatría, desde su nacimiento como una pseudociencia mística hasta su madurez, al tiempo que argumenta que debemos disipar el estigma asociado a las enfermedades mentales y tratarlas como enfermedades en lugar de como estados mentales desafortunados.

«La psiquiatría fue la primera especialidad médica», dice con orgullo. Porque hasta entonces, «los médicos eran como los carpinteros, eran comerciantes y no tenían especialidades. Los curas eran médicos. Los talladores eran cirujanos. Muchos tenían parteras. Y en el siglo XIX, empezaron a ser científicos». Este paso fue clave en la profesionalización del conocimiento y más aún en el que esconde nuestro centro de mando. «Tenemos 78 órganos, pero solo uno tiene metaestructuras más allá del tejido: el cerebro. De ahí su complejidad. Tiene conciencia, el resto no». Hay pistas de las enfermedades mentales en lo orgánico. «Pero hay otras cuestiones que están en la dimensión de la conciencia, de lo espiritual», afirma. «Y eso lo diferencia de un riñón, el hígado, un pulmón o el corazón, cuyo funcionamiento es meramente orgánico».

Y en esa barrera, esos trastornos severos de la mente, los más difíciles de comprender porque combinan ambas facetas, orgánica y cognitivas, son en los Lieberman pone el foco. Porque desafían a la Medicina y son los que todavía la sociedad aleja de ella. El psiquiatra alude al ensayo de Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, para explicar cómo se han dado estos tabúes con distintas patologías, como el cáncer y la tuberculosis (entre otras infecciosas). Cómo hablamos de ellas, condiciona a los enfermos, dice. El lenguaje es poderoso, insiste. «Es importante que la sociedad entienda, porque la ausencia de conocimiento lleva a la confusión».

Lieberman cree que los trastornos severos no deben ocultarse, pero tampoco debe hablarse de ellos solo cuando generan ruido mediático. «Solo hay hueco en los medios cuando hay una situación crítica en la que se involucra un paciente psiquiátrico, con un trastorno», lamenta. Esto conduce inmediatamente a la asociación con eventos negativos. «Hay muchas personas con patología mental que necesitan apoyo, necesitan vivir en residencias controladas donde puedan darles el apoyo suficiente para que estén saludables. El problema es que mucha gente no tiene acceso una atención médica adecuada».

Las diferencias de la Sanidad en Europa y en Estados Unidos son claras. Y no somos conscientes de que, pese a la crisis del sistema sanitario español, en otros lugares del mundo no existe esa cobertura. Lieberman sí es consciente. También lo es de las complicaciones que hay en el seguimiento y tratamiento de los pacientes con trastornos más severos, «que empiezan en la infancia y que seguimos tratando de adultos», explica.

Aquí ve las barreras de los derechos individuales de los pacientes, ya que «lo que tenemos ahora es que son niños adultos que están mentalmente enfermos». Con ello reclama que muchas veces la ley de privacidad médico-paciente les impide comunicarse con el entorno para poder contarles la situación del familiar enfermo. «Esto pone muchas barreras, porque necesitamos su apoyo para muchas de las decisiones terapéuticas que ponemos en marcha».