Al almirante de la Armada Francisco Javier González-Huix Fernández lo mató el amianto que inhaló a bordo de algunas de las naves contaminadas en las que navegó. Durante sus 40 años de servicio, quien en la recta final de su carrera llegó a ser jefe del Estado Mayor Conjunto de la Defensa (JEMACON), pasó por la fragata Extremadura y la corbeta Diana. Fue jefe de operaciones de los submarinos Delfín y Mistral. También, segundo comandante del patrullero Recalde y del submarino Tramontana. Mandó en el dragaminas Odiel o en la fragata Santa María. Mientras daba órdenes a sus subalternos o departía con sus iguales, a sus pulmones llegaban partículas cancerígenas que acabarían quitándole la vida.
Cuando González-Huix Fernández murió, el 4 de diciembre de 2020, estaba en la reserva y no de baja laboral. Sin embargo, el Ministerio de Defensa le acaba de reconocer que murió en acto de servicio. Su viuda, que ahora cobrará una pensión de mayor cuantía, no ha tenido que litigar ni que esperar demasiado tiempo, como es costumbre entre la tropa cuando se reclama el reconocimiento de un accidente o de un fallecimiento mientras se trabaja. Con este alto mando todo ha sido más rápido.
«Cuando es un soldado o un marinero, te vas a la Justicia. Si has muerto, lo hace tu familia. Con menos recursos, y con un litigio que suele durar años, muchos abandonan la idea», argumenta el presidente de la Asociación de Tropas y Marinería Española (ATME), Marco Antonio Gómez. Considera que casos como el del almirante González-Huix Fernández evidencian que existe «cierto» trato de favor hacia los altos mandos por parte de Defensa en situaciones como las descritas. «Con ellos es distinto. Todo se agiliza. Lamentablemente, a veces todo va hilado. Sus familias no tienen que gastar un duro. No se puede generalizar, pero es la sensación que tenemos».
Este almirante muerto por amianto no era un militar cualquiera. Durante tres años, entre junio de 2017 y agosto de 2020, fue JEMACON. Nombrado por el rey tras ser propuesto en el Consejo de Ministros, asesoró al jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD) y aconsejó en materia militar a las ministras María Dolores de Cospedal y Margarita Robles, como era su cometido.
Estaba acostumbrado a moverse en las altas esferas del país. En junio de 2011, siendo ya jefe de la División de Operaciones del Estado Mayor de la Defensa, el por entonces contralmirante González-Huix Fernández recibió un premio de la ex ministra de Defensa Carmen Chacón, por la labor de la Agrupación Hispaniola en las tareas de ayuda a los damnificados por el terremoto de Haití. Al acto acudió otro antiguo ministro del ramo, José Bono, en ese momento presidente del Congreso de los Diputados.
La muerte de González-Huix a causa de los barcos contaminados de la Armada no es la única. La lista de fallecidos es larga. Aunque se desconoce cuántos hay. Uno de los últimos en engrosarla, si no el último, ha sido él.
El alférez de navío Beltrán González murió de un cáncer en abril de 2005. Durante más de 20 años de servicio en la Armada participó en maniobras y operaciones en distintos buques como especialista mecánico. El coronel de Intendencia Rodríguez Veiga falleció ese mismo año por la misma dolencia. Parte de su vida laboral también la pasó a bordo de embarcaciones similares.
Dos años después, en 2007, perdió la vida el general inspector del cuerpo de máquinas de la Armada González López. También se lo llevó un cáncer. Como al mecánico naval Fuste Ríos. O a los sargentos primeros de la Armada Fuensanta Chaves y Noguerol Puig. O al subteniente Martín Ibáñez. A todos los mató el amianto que inhalaron estando embarcados en naves de la Armada, o mientras trabajaban en instalaciones del Ejército.
El amianto es un material compuesto por fibras microscópicas que pueden permanecer en el aire el tiempo suficiente para que supongan un riesgo respiratorio severo. Todos ellos sufrieron daños mortales, la mayoría en sus pulmones. A algunos, cuyas familias emprendieron eternas luchas contra la Administración, se les reconoció su fallecimiento en acto de servicio una vez ya muertos. A otros, además, se les indemnizó. Si no a ellos, a sus viudas, a sus hijos...
Hay también quien murió por esa causa, pero el Ministerio de Defensa no se lo reconoció y sus familiares no han recibido ni un euro. O a quien se les reconoció pero sus seres queridos reclamaron fuera de plazo. El amianto que recubría los viejos destructores, las patrulleras y los dragaminas, a los que subieron con la misión de defender a su país, estaba por todas partes: en las tuberías, en las mamparas, en el aire que respiraban sin ver la luz del sol durante días... Y así, a fuerza de inhalar el mineral contaminante -utilizado como aislante del calor-, el germen del cáncer fue creciendo, silencioso, discreto, entre los tripulantes de aquellas viejas naves. Sobre todo, entre quienes estaban destinados en máquinas.
Esta historia negra del país arranca de lejos. En pago a los servicios prestados por la España de Franco a EEUU, en 1954 el presidente Eisenhower envió más de una veintena de buques de guerra, desde fragatas a destructores. Eran navíos de segunda mano, anticuados y en malas condiciones, entre ellos, 12 dragaminas, cuatro cazaminas, otros tantos destructores, un barco de transporte de material... Todos se construyeron usando amianto como aislante del calor en tubos de ventilación, salas de máquinas, camarotes y pasillos.
LA LISTA DE ENFERMOS QUE DEFENSA OCULTA
Ahora, siete décadas después, lo único cierto es que a ninguno de aquellos caídos se le rindió homenaje ni se lanzaron salvas en su honor. Tampoco sus historias se hicieron públicas. Sus nombres se perdieron en resoluciones judiciales o en almacenes polvorientos de instituciones públicas. El Estado escondió sus muertes como un simple papel traspapelado más. A fecha de hoy, el Ministerio de Defensa, al que Crónica ha consultado, no ofrece una cifra exacta de cuántos militares enfermos y muertos de cáncer por contacto con amianto tiene registrados.
A lo sumo se puede obtener una cifra concreta aunque se presume mucho mayor, quizás de centenares de afectados, accediendo a las resoluciones del Consejo de Estado, que son públicas. Desde 2004, este órgano supremo consultivo del Gobierno ha estudiado 60 reclamaciones de militares de la Armada muertos como consecuencia de haber desarrollado cáncer por una exposición prolongada al amianto.
Este suplemento ha analizado todas ellas. De los 60 casos, en 40 se reconoció a las familias la muerte en acto de servicio del fallecido, mientras que en otros 18 se les reconoció la enfermedad, pero no se les indemnizó -en 14 de ellos fue por haber presentado la reclamación a Defensa fuera de plazo-. A otros dos no se la reconocieron porque sus muertes podían estar relacionadas con el tabaquismo.
El grueso de las indemnizaciones alcanza los cinco millones de euros. La cifra es levemente mayor, pero en alguna de las resoluciones del Consejo de Estado no se especifica con exactitud cuántos hijos tenía el fallecido, pero sí que éstos son beneficiarios de una compensación económica concreta, por lo que no se puede conocer el montante final. A la familia de un alférez de navío de la Armada se le indemnizó con 175.000 euros. A los seres queridos de un sargento primero, con 181.200 euros. Hay otros pagos de 122.000, de 100.000, de 97.400...
En EEUU, donde se han registrado miles de casos de envenenamiento por amianto en las dos últimas décadas, los tribunales han reconocido la responsabilidad de la US Navy y han condenando a multas millonarias al Pentágono mucho más elevadas que en España. La mayoría de los afectados eran mecánicos.
Aunque hasta 1990 Defensa estuvo retirando amianto de sus naves, el polvo de este material actúa con lentitud al ser inhalado por el ser humano. Tiene un periodo de latencia de entre 30 y 40 años. Pasado ese tiempo da la cara y, cuando lo hace, los pulmones comienzan a fallar y ya no hay remedio. O la persona se queda inútil de por vida porque le falta oxígeno, o fallece al cabo de dos o tres años.
El 19 de mayo de 2021, la esposa del almirante presentó una instancia ante el Ministerio de Defensa. Reclamó que el fallecimiento de su marido, con el que tuvo tres hijos, fuera declarado como ocurrido en acto de servicio
Pero el amianto no es un problema del pasado ni sólo afecta a personal de la Armada. Tampoco existe un estudio de prevalencia con el que saber si tiene mayor grado de afectación en este ejército que en otro. El lunes pasado, el periodista Juan Diego Madueño desveló en exclusiva en EL MUNDO que la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid), que depende del Ejército del Aire, está contaminada de amianto friable, la versión más peligrosa del aislante cancerígeno.
Lo denunció de manera pública en este periódico Diego González, operario de Amisur, una empresa especializada en la retirada de amianto. «Las tuberías están carcomidas. Es el sitio en el que me ha dado más miedo trabajar. Todavía no hemos empezado. Estamos haciendo algunas pruebas... Los trabajadores y quienes acuden a la base aérea no son conscientes del riesgo. Están expuestos. El amianto se ve por todos lados».
El presidente de ATME, Marco Antonio Gómez, solicita que Defensa haga «un estudio en condiciones de las unidades afectadas por el amianto, no sólo la de Torrejón de Ardoz», que los militares accedan a dicha información y que se envíe «a empresas cualificadas» a retirar todo el material contaminado. «La preocupación es máxima», subraya. «Tenemos que conocer si trabajamos en lugares donde estamos expuestos a ese cancerígeno».
Esta semana también se han conocido dos noticias relacionadas con este material. La primera, que el pasado 2 de agosto la Armada hizo público, a través del Boletín Oficial de Defensa (BOD), que el fallecimiento a finales de 2020 del almirante Francisco Javier González-Huix Fernández tiene consideración de muerte en acto de servicio. Un cáncer de pulmón acabó con su vida.
La otra noticia es que el periodista José María Íñigo, por el contrario, no murió por su exposición al amianto mientras trabajaba en los platós de TVE. Lo confirmó el Tribunal Supremo (TS), que rechazó un recurso de su viuda a la anterior sentencia del Tribunal de Justicia de la Comunidad de Madrid que ya descartaba «el nexo de causalidad» con la aparición de un mesotelioma maligno pleural.
La publicación en el BOD del reconocimiento como muerte en acto de servicio del almirante González-Huix Fernández, a la que Crónica ha tenido acceso, causó revuelo entre la clase militar, tanto de la Armada como de otros ejércitos. Mientras otros heridos o las familias de fallecidos en acto de servicio han tenido que emprender luchas de años ante la justicia para acreditar que habían enfermado en su puesto de trabajo, al ex JEMACON se le concedía después de que su viuda sólo presentara una reclamación administrativa.
El 19 de mayo de 2021, la esposa del almirante presentó una instancia ante el Ministerio de Defensa. Reclamó que el fallecimiento de su marido, con el que tuvo tres hijos, fuera declarado como ocurrido en acto de servicio. Un año después, el 13 de junio de 2022, la Asesoría Jurídica General de la Defensa dictó una resolución en la que se decía que la muerte tenía una «relación causal con el servicio». Tres semanas más tarde, aparecía en el BOD. Habrá que esperar para ver si también se le indemniza. A ella y a los descendientes del almirante muerto.
"MUCHACHO, LA ARMADA TE LLAMA"
En el portal de transparencia de la Administración del Estado se detalla que el ex JEMACON de la Defensa ingresó en la escuela naval militar en agosto de 1975 y obtuvo el empleo de alférez de Navío en julio de 1980. Poco a poco fue ascendiendo en el escalafón. En 1983, con 26 años, ya era teniente de navío. En el 92, capitán de corbeta. Se graduó en la Escuela de Guerra Naval en julio de 1995. Era submarinista y especialista en Comunicaciones. Hablaba inglés, francés, italiano, portugués y catalán. Había nacido en Barcelona el 2 de enero de 1957.
Justo dos décadas después, en 1977, el por entonces Ministerio de Marina, a través de TVE, publicó un anuncio para atraer a jóvenes a la Infantería de Marina española, unidad dependiente de la Armada. «Muchacho, la Marina te llama», decía la voz de la narración de aquella publicidad. «Muchacho de tierra adentro, ¿conoces la otra España? ¿La España marinera de los buques, las olas y los puertos? Cambia el rumbo de tu vida y vente con nosotros, los hombres de mar».
Lo que nunca les contaron en aquel anuncio a los jóvenes que se enrolaron en la Armada es que los iban a meter en «barcos matahombres», como se les empezó a acuñar a las naves contaminadas con amianto entre quienes enfermaron décadas después. Luego, muchos de ellos murieron. Estuvieron atinados con aquel apodo.
*Los apellidos usados para referirnos a los militares fallecidos, salvo en el caso del almirante González-Huix Fernández, son falsos ya que las resoluciones del Consejo de Estado de las que se han extraído sus historiales aparecen anonimizadas.
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