CULTURA
Master Sex (II)

Peggy Guggenheim, la coleccionista insaciable de arte y de amantes

Sus relaciones más exitosas fueron con sus perros y con la pintura, pero entre sus 'partenaires' sexuales se acumulan artistas y literatos célebres

Peggy Guggenheim, junto a una escultura de Alexander Calder, en 1961.
Peggy Guggenheim, junto a una escultura de Alexander Calder, en 1961.Ullstein BildGetty
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Jackson Pollock, que tampoco es que fuese un adonis, decía: «La única manera de follársela es ponerle una toalla tapándole la cara». Y eso que la receptora de la frase no sólo fue la responsable de su éxito (se fijó en su talento antes que nadie, le organizó su primera exposición individual, comisionó su mayor obra, Mural, y movió sus pinturas por todo el mundo), sino que le respetó hasta el punto de que Pollock fue uno de los pocos hombres heterosexuales a los que no quiso llevarse a la cama; básicamente, porque no soportaba la deriva alcohólica de este expresionista abstracto.

Peggy Guggenheim (Nueva York, 1898 - Camposampiero, 1979), empero, le daba la razón al pintor y reconocía que no era una mujer especialmente agraciada: había heredado de su familia, judíos de origen suizo que hicieron fortuna en Norteamérica con la minería, lo que denominaba «nariz de patata». Característica que le atormentaba pero que no la privó de ser una ávida acaparadora de amantes, con un afán que iba en paralelo al otro gran motor de su vida: el coleccionismo de arte.

Al igual que en la entrega anterior dedicada a Julio Iglesias, entrar en terrenos cuantitativos sobre la voracidad amatoria de Peggy es rebajar la dimensión del mito. Ella misma, en sus memorias Una vida para el arte habla de un millar de partenaires sexuales. ¿Verdad o pavoneo? A lo Mae West, ella solía responder con otra pregunta, como cuando le interrogaban por el número de maridos que había tenido: «¿A qué te refieres, a los míos o a los de otras mujeres?»

Canónicamente, Peggy Guggenheim tuvo dos: el primero fue Laurence Vail, un artistucho de tres al cuarto con el que tuvo dos hijos (Sindbad y Pegeen); tras él vino Max Ernst, uno de los grandes nombres del dadaísmo y el surrealismo, y del cual cayó prendida debido a tres razones: «Porque es muy guapo, porque es buen pintor y porque es muy famoso». Ninguno le duró cinco años.

Más allá de los formalismos legales, las relaciones íntimas de la socialité forman un recorrido por la cultura del siglo XX, con premios Nobel, críticos de prestigio y, sobre todo, revolucionarios de la pintura. Con Yves Tanguy intercambió fluidos y también ideas sobre el compromiso en el arte, que Peggy selló en la inauguración de su galería neoyorquina Art of This Century, en 1942, al lucir un pendiente diseñado por Tanguy y otro por Alexander Calder, uno en cada oreja, como demostración de su imparcialidad entre el surrealismo y la abstracción. Con el dramaturgo Samuel Beckett mantuvo un breve romance de 12 días que comenzó en París el día de San Esteban de 1939, mientras el autor de Esperando a Godot trabajaba como secretario de su paisano James Joyce. La cosa arrancó con 48 horas de frenesí inguinal en su lujoso apartamento de St Germain-des-Pres, interrumpido únicamente por las reclamaciones de Peggy para que Samuel bajase a por champán, y terminó cuando ella le preguntó qué iba a hacer con la relación: «Nada», contestó él. Así y todo, el romance fue fructífero para ella, en cuanto Beckett le recomendó a la entonces incipiente coleccionista que centrase sus esfuerzos en los artistas contemporáneos, a ser posible vivos.

Para saber más

Para el crítico cultural Stuart Jeffries, la figura de Guggenheim es comparable a otra gran protectora y mecenas del arte de la alta alcurnia, Catalina la Grande de Rusia, quien también es recordada por su voraz consumo de hombres. En el caso de la estadounidense, su ansia coleccionista podría deberse a una combinación de varios factores, aventura Jeffries: la baja autoestima debido a su aspecto físico, la muerte de su padre durante el naufragio del Titanic y la judeofobia que sufrió en su país y que ni siquiera el dinero era capaz de sortear. Peggy, amplía su biógrafo Anton Gill, nunca supo estar del todo en el mundo. O al menos en el mundo que estaba destinado para ella como rica heredera yanqui: En lugar de eso, vagó por el orbe, de París a Londres y de América a Venecia, donde compró el Palazzo Venier dei Leoni. Allí terminó de dar forma a su colección, mientras la de su tío, Solomon R. Guggenheim iba adquiriendo tamaño hasta convertirse en el legendario museo de Nueva York, más tarde replicado en Bilbao.

En su biografía, Gill subraya la profunda soledad de aquella mujer que tomaba el sol desnuda en el tejado de su palazzoen el Gran Canal, justo frente a las oficinas de la policía veneciana. De aquella época, su amiga Mary McCarthy señalaba que la actitud de Guggenheim hacia los hombres era la misma que tenía en el mercado comprando olivas. Disfrutaba más con la compañía de sus perros, que invariablemente eran de raza lhasa apso. «Sus relaciones más exitosas», sentencia Gill, «fueron con animales y obras de arte».

Guggenheim sabía que eso se decía de ella, pero siempre supo capear la crueldad. Como aquel mayo de 1940, después de que los nazis invadieran Francia. Dos factores se mezclaron entonces: la urgencia de los artistas por vender sus obras antes que Hitler entrase en París y la ausencia de compradores. Ella era una de las pocas y se jactaba de adquirir uno al día. Pero había un autor que se le resistía. Cuando Picasso vio entrar a aquella desgarbada ricachona en su atelier, se burló: «Señora, el departamento de lencería está en la segunda planta».

Peggy no le guardó rencor y atesoró picassos en su palazzo, donde está enterrada -al lado de los 14 lhasa apso que le acompañaron durante su vida- y que hoy acoge la Colección Peggy Guggenheim. Un monumento al acopio de belleza de una mujer insaciable.