Comentarios sobre libros, sexo urgente y sórdido, inseguridades como escritor y como persona, desengaños amorosos, soledad, noches de alcohol, insomnio, vértigos. Y la muerte de François, su novio francés, de sida. Apenas refleja Rafael Chirbes momentos alegres, la mayoría en París, cuando le visitaba, «con su aspecto de tosco obrero». «Poco a poco, el otro mundo se va llenando de gente conocida», anota.
Estos Diarios. A ratos perdidos 1 y 2 (Anagrama), que abarcan confesiones entre 1985 y 2005 (a la espera de un segundo volumen), impresionan. Casi asustan. Son descarnados. Pero se leen sin desmayo. Cautivan. Y complementan sus libros.
Depresión y suicidio
La depresión fue habitual en él, «como si no pudiera vivir sin raciones diarias de inseguridad, miedo y sufrimiento. Siempre estoy curándome de algo que me ha herido» (abril de 1984). Sí, Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949-2015) fue un hombre herido, frágil, pero con coraje. Sólo así puede entenderse que escribiera novelas como Mimoun, La buena letra, Los disparos del cazador, Crematorio (Premio de la Crítica) y En la orilla (Premios Nacional de Narrativa y Francisco Umbral), entre tantas. «Hacía años que no atravesaba una depresión parecida (...) Han vuelto los síntomas que me llevaron a un intento de suicidio en la adolescencia».
Dos novelas sin publicar
En estos diarios desvelan que escribió dos libros antes de la publicación su debut, Mimoun, en 1988: «Una novela sobre el internado, que no se publicó, pero que quedó finalista de un premio; y otra que no han leído más que tres o cuatro personas en las que hablo de oscuras tragedias familiares».
Internado para huérfanos
Rafael Chirbes sufrió el internado en colegios de Ávila, León y Salamanca como huérfano, muy pronto, de hijo de peón ferroviario. Algunos de ellos se volvieron a ver en Madrid 40 años después. El reencuentro es uno de los episodios más tristes del libro. «Seiscientos niños sin padre a cientos de kilómetros de su familia, sometidos a una disciplina con frecuencia más cruel que rigurosa». Con dificultades para reconocerse recuerdan a los que han muerto: a uno lo encontraron tirado al pie de un terraplén, otro le confiesa: «Yo no me mato porque soy un cobarde, pero no hay nada en la vida que me interese». Y así. Y remata: «No hay medicina que cure el origen de clase, ni siquiera el dinero que pueda llegar luego, o el prestigio social que se adquiera».
Contra García Márquez, Reverte...
Galdós es, quizá, el autor español al que más respeta. Destaca varias veces Si te dicen que caí, de Juan Marsé, y de los extranjeros, Robert Musil («emprendo la lectura de El hombre sin atributos por tercera vez»), Hermann Broch, Proust... No le tiembla el pulso cuando un libro no le gusta. A Belén Gopegui la zarandea tanto cuando publicó Lo real («resulta artificioso, hasta rozar la cursilería») como con El lado frío de la almohada («La Gopegui es de las que nos entrega un plan, nunca se entrega ella misma»). No se libra Muñoz Molina («ese afán suyo por exhibir un cosmopolitismo de pie forzado»), pero con Pérez-Reverte se ceba con motivo de su Cabo Trafalgar: «Me resultan insoportables los diálogos», «está convencido de que como novelista puede hacer lo que le salga de los cojones (por usar el lenguaje que le gusta)», «derrocha dosis de populismo y demagogia»... No se libra García Márquez a propósito de Memoria de la putas tristes, «un libro que me parece patético (...) Se diría que esconde una sospecha del autor sobre sí mismo (soy un fracaso), que se resuelve llevando el libro al otro extremo del movimiento: mirad lo grande que soy, soy el gran escritor, el Nobel, contempladme, me necesitáis».
Cerca de Mao y Stalin
«Volver a leer Sobre la contradicción, el libro de Mao que era texto de cabecera en la Federación de Comunistas en la que milité fugazmente (...) No me queda ni uno solo de los libros del Gran Timonel, al que admiré de joven». En 2014, cuando está repasando los diarios de (quizá no únicamente) 1985, elogia el discurso de Stalin del 3 de julio de 1941: «De verdad espléndido». Y en otra entrada: «Por culpa de Marx decidí estudiar historia». De ahí que sea muy duro con los socialdemócratas (1987): «La clase media franquista que tanto odiábamos, ahora se ha refugiado en el socialismo». No oculta su paso por Carabanchel.
El oficio de escribir
«¿Por qué tener pudor también aquí en la intimidad de un cuaderno escrito para nadie?». Sus dudas como escritor son constantes, desde 1986 («cada día me cuesta más escribir y me gusta menos lo que escribo»), como en la última página de este volumen, 2005: «Si no escribo ahora la novela, más adelante ya no podré hacerlo. Cada día me falla más la memoria». Vendrían después, afortunadamente, Crematorio y La otra orilla, pese a que le costaba, y mucho, sentarse a la mesa. «Lo que he querido toda mi vida ha sido ser escritor».
Sexo, sida, alcohol
«A veces voy a un cine de ambiente -muy de tarde en tarde- y me hago una paja a solas, mirando a alguien, o dejándome toquetear por él». «Con lo del sida (...) ahora se juega a la ruleta rusa, un polvo es una apuesta a vida o muerte». Las frases sobre el alcohol son muy numerosas. Ésta casi es la última del libro: «Pero si la mitad de las noches vuelvo a casa harto de gin-tonics».
El primer libro
Carmen Martín Gaite fue, sobre todo al inicio, su máxima defensora, quien envió a Jorge Herralde el manuscrito de Mimoun, inspirado en su estancia en Marruecos. Pese a una crítica demoledora de Juan Carlos Suñén, el eco fue unánime. Sí, pero: «Que la gente me diga que la novela está bien me asusta y me paraliza. ¿Y si, al final, con casi cuarenta años, resulta que sí, que puedo ser escritor?».
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