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"Griezmann, muérete", gritó una y otra vez la parte cretina de la afición de la Real Sociedad, aunque asumo que en su caso sin la coma del vocativo, a quien fue su canterano, su estrella y jamás ha dejado de expresar agradecimiento hacia su antiguo hogar. Sucedió una semana después de que Courtois escuchara cánticos similares en el Metropolitano, desencadenando su celebración en el gol del Madrid y el lanzamiento de objetos que obligó a parar el derbi.
Como cabía esperar en esta sociedad donde todo dios clama por los síntomas en lugar de poner el foco del debate en la enfermedad, hoy se comparan las reacciones de las víctimas en lugar de hablar de por qué demonios normalizamos los insultos de esos gañanes. Griezmann se marchó mirando al suelo y sin dedicar gesto alguno a la grada. Courtois se giro hacia el Frente Atlético y le desafió. Por lo tanto, según los blanqueadores de ultras, Antoine lo hizo bien por no echar leña al fuego y Thibaut, mal por jalear la escalada. ¿Saben qué? Falso. Cada uno respondió como quiso, ambos en su perfecto derecho y ninguno mejor que el otro.
Hay una visión cavernícola del fútbol, la del patético "siempre se ha insultado en los estadios y no pasa nada" que defiende que el futbolista sólo es un gladiador millonario al que se lanza al verde para divertir al pueblo sin más derecho que su sueldo. "Con lo que les pagan, que se callen y jueguen", berrean, poniendo precio a la dignidad ajena al no poderlo hacer con la suya, pues carecen de ella.
El problema va a más, pues este tipo de infeliz, incapaz de comportarse como una persona civilizada con sus ex (no cuesta imaginar el tipo de relaciones tóxicas que tendrían de no ser incels), antes sólo encontraba su manada de iguales en el campo, pero ahora se retroalimenta en redes hasta el punto de llegar a creer que no es el pringado que avergüenza al resto de su afición que en realidad es. Eso sí, estaría bien que se les dejara claro ese desprecio en vez de justificarles en función de bufandas, que se condene cada cafrada sin añadir un "pero es que el otro también hizo lo mismo antes". ¿Soy optimista? En absoluto.
Aunque algo está cambiando. De Iñigo Martínez, que se bajó del coche a encararse con quien le insultaba, al episodio de Courtois, los futbolistas empiezan a hartarse de ser víctimas mansas. Y hacen bien. Responder no es provocación, es rebeldía ante la mugre institucionalizada.