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Arabia Saudí no existe

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Cristiano, durante un partido del pasado septiembre.
Cristiano, durante un partido del pasado septiembre.AP

Piqué ya no juega y Rubiales ya no manda, pero la Supercopa de España se ha disputado otra vez en Arabia Saudí(ta), simultáneamente al Dakar, nombre de la capital de Senegal. El dinero corrige la geografía y mancha la ética.

El blanqueamiento político por medio del deporte (sportwashing) ha convertido a las naciones del Golfo Pérsico, teocracias dinásticas, monarquías absolutistas, dictaduras coránicas, en capitales deportivas, reinas del detergente. Y a la cabeza de las lavanderas, Arabia. Ninguna modalidad escapa o escapará de la voracidad centrifugadora suní-wahabita. El país, incluso, organizará en 2029 los Juegos Asiáticos de Invierno en la futurista, delirante, en construcción, ciudad de Neom, en las orillas del hoy incendiado Mar Rojo.

El dinero es aconfesional y, en contra de lo que se afirma, no es inoloro. Huele muy bien, según qué receptivas pituitarias. Y brilla mucho. Su aroma embriaga y su resplandor ciega. Arabia está comprando el deporte mundial. Pero no existe como potencia del ramo. Es difícil citar a un deportista saudí realmente descollante en cualquier disciplina. Ya que hemos mencionado el Dakar, quizás Yazeed Al-Rajhi, ese ricachón a bordo, por otra parte, de un coche japonés, un Toyota, marca del mayor vendedor mundial de automóviles en 2023. Al-Rajhi, por cierto, abandonó el jueves, cuando lideraba la general.

Propietaria del deporte, pero no protagonista, Arabia Saudí es una advenediza en el fútbol, imán y ventosa para veteranos sin futuro y jóvenes sin pasado que rellenan una Liga artificiosa que parece flaquear: el gubernamental Fondo de Inversión Pública, que financia a los cuatro grandes clubes del país, ya ha impuesto límites y condiciones para los fichajes de invierno.

Pese a sus entusiastas e interesados propagandistas, la saudí es una Liga de purpurina. Pura fachada. No puede suscitar interés ni infundir respeto ni dar miedo una competición que contribuye a hacer del crepuscular Cristiano (39 años el 5 de febrero) una especie de Toyota portugués, máximo goleador mundial de 2023, a base sobre todo de penaltis.

El toque a balón parado es lo último que se pierde. Ronaldo podrá seguir metiendo penaltis hasta los 60 años (a esa edad, Luis tiraba las faltas mejor que sus pupilos). En cierto modo, Cristiano, como Arabia, no existe. Ambos son un espejismo.