MACROECONOMÍA
¡No doy crédito!

Trump y las tecnológicas

Trump y las tecnológicas
Lucía Martín
PREMIUM
Actualizado

El fundador de Amazon, Jeff Bezos, ha sumido en la pesadumbre a la redacción de The Washington Post y a parte de la profesión periodística al vetar el apoyo del periódico a Kamala Harris. Bezos es propietario de la compañía aeroespacial Blue Origin y su decisión se conoció el día en que uno de los directivos de esta empresa se reunía con Donald Trump.
The Washington Post y cualquier otro medio son muy libres de pedir el voto para un candidato concreto o no. Puede ser interpretado como una falta de neutralidad, pero también como un gesto de coherencia del diario con su línea editorial y de transparencia hacia sus lectores. Bezos se ha justificado en que su veto no movería un sólo voto de su audiencia hacia un candidato u otro. El propio Trump ha presumido de que sus electores lo seguirían siendo aunque se pusiera a disparar en medio de la Quinta Avenida. Son cosas de la polarización.
Diga lo que diga, el magnate de ancestros vallisoletanos ha dado todo su crédito a la victoria del candidato republicano en la recta final de la campaña, auspiciando el efecto del caballo ganador al que se suben los indecisos. De hecho, los mercados se incorporaron a las pocas horas a esta narrativa, expresada en la evolución de la deuda norteamericana. Si un hombre con esa mayúscula fortuna no tiene agallas para frenar a quien su periódico considera "un peligro para la democracia", quién lo hará.
Los demócratas se han mostrado dubitativos ante Silicon Valley. Sin embargo, la postura de Trump es inequívoca: si no me apoyas, te destruiré; si lo haces legislaré a tu favor. Ocurrió con uno de los inversores norteamericanos de Bytedance, dueña de TikTok, que pasó de ser el demonio chino a un amigo de la familia tras dar una megadonación. "Mi enemigo real es Meta", se excusó Trump, quien tiene en Elon Musk su escudero más fiel.
La influencia del líder republicano a través de las tecnológicas discurre por otras vías indirectas, de las que no se hacen responsables. La Communications Decency Act convierte a sus canales y redes sociales en plataformas impunes respecto de las (des)informaciones que circulan por ellas. Pese a los controles, son un coladero de bulos y realidades alternativas del universo Trump.
Las actividades de estos gigantes en materia de comunicaciones militares (Musk y Starlite), energía (Google y sus reactores nucleares) o libertades públicas (Bezos y el Post) parecen propias de estados establecidos dentro de los propios estados. Quién sabe si para influir en ellos o para sustituirlos poco a poco.