ESPAÑA
Libre de marca

Setas hoy, Rolex mañana

!Será el suelo judicial bajo los pies de Sánchez, pero no la mayoría de la investidura, que es la mayoría de la moción. Conviene recordarlo porque una mayoría va trabada con la anterior: son la misma mayoría"

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ayer, en la cumbre Luso-Española de Faro.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ayer, en la cumbre Luso-Española de Faro.Jose Sena GoulaoEFE
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Sánchez tiene una fijación, los Presupuestos. Son su próximo plebiscito. Y la última bala de Junts. Todo parece muy extraño pero resulta natural: fluye. Cuando en 2016 el PSOE autorizó a Sánchez a explorar las posibilidades de una investidura con Podemos, excluyendo a ERC y sólo si incluía en la terna a Ciudadanos, Sánchez se juró venganza y masculló contra el partido. Sigue rumiándola y encara el 41º Congreso Federal de nuevo en clave de resistencia. Sevilla es su ciudadela, que flota y se sostiene en el barro. De momento le basta. En ese marzo de 2016, Iglesias se descolgó con unas exigencias que ni aquel Sánchez -en fase germinal, con el Comité Federal viviente y en contra y sólo un puñado de diputados afines- se podía permitir.

Iglesias reclamó para su partido los ministerios de Hacienda e Interior, parte de Justicia -mediante una fiscalía y una comisión de la verdad- y RTVE. Eso o nada. Y eso, exactamente, constituye el dispositivo con el que Sánchez persigue ahora a la disidencia y oposición. Iglesias lo sabía. Probablemente Sánchez lo aprendió después. Lo mantuvo al ralentí; lo ha activado de golpe: Hacienda señala y delata; Interior husmea; la Fiscalía se postra; la máquina de propaganda divide y amenaza y RTVE reparte.

Todo esto viene a cuento porque parece que algo se mueve. Será el suelo judicial bajo los pies de Sánchez, pero no la mayoría de la investidura, que es la mayoría de la moción. Conviene recordarlo porque una mayoría va trabada con la anterior: son la misma mayoría. La moción expulsó al PP del Gobierno. Y la reciente investidura se erigió en torno al muro que erigió Sánchez para evitar el retorno del PP al poder. Lo expresó Otegi. La moción fue el primer ejercicio y manifestación del Pacto del Tinell en Madrid. Impedir la alternancia guía el fondo del quehacer de los partidos que lo suscriben; aunque no lo parezca en las formas.

Los movimientos y pactitos de estos últimos días son maniobras de distracción y técnicas de tortura: Sumar le dice al PP que si se porta bien tiene el sitio asegurado en la oposición, sin complicaciones. Y los dispositivos que enumeró y solicitó Iglesias en 2016 y que usa Sánchez en 2024 advierten al PP de que podría ser peor. Entretanto, el Ibex le pide a Puigdemont que ejerza de oposición en la mayoría de investidura y frene el impuesto a las energéticas. No es anecdótico. El sector, con Repsol y el peneuvista Imaz a la cabeza, ha interpretado que la concepción binaria de la política que ha implementado Sánchez impera. El PP permanece excluido. Pradales se queja de las medidas económicas del Gobierno, pero cómo de rehén se sentirá que recurre a Puigdemont para que lo defienda. La mayoría de la moción, que es la de la investidura, que es la de la exclusión no se resiente.

Para no parecer excluido, los de Feijóo han pactado dos iniciativas con Sumar. Errejón resumió el movimiento: "Me parece bien incorporar a cuantos más mejor (...). Cuando consigues que tus adversarios acaben votando tus propuestas (...) o viniendo al terreno de la agenda social" consigues "una victoria ideológica". En eso consisten las guerras de posición. Ganarlas permiten gobernar siempre, tras la derrota electoral y en minoría, porque establecen un marco mental. O sea, que Yolanda Díaz se pelea con Junts por el impuesto a las gasísticas y presume del corrimiento del PP. Ayer pareció estar a setas, pero Sánchez sabe que no pierde de vista el Rolex. No cambió de compañeros de viaje, sólo presumió de aquello de lo que carece: vida propia y autonomía.