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No hay redención posible para Errejón

Íñigo Errejón en el Congreso.
Íñigo Errejón en el Congreso.ALBERTO DI LOLLI
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El turbio y escabroso affaire Errejón mostró en apenas 48 horas y con milimétrica perfección la lógica de funcionamiento del comunismo: un peón de la intelligentsia -la calidad del servicio está muy deteriorada- de Podemos lanzó, en un medio orgánico, una insinuación que se diseminó a lomos de rumores. El cerco se estrechó en seguida sobre el disidente -para Iglesias, Errejón no es un presunto abusador, es ante todo un traidor-. Inmediata y simultáneamente llovieron las delaciones. Los mensajes estaban orquestados. Muchos se distinguen porque sus emisores o bots recurrieron al mote. En Podemos, a Errejón le llaman Milhouse. La ridiculización y burla suponen para el sovietismo una sentencia. Convierten al disidente en un paria. En la lógica comunista, el factor sorpresa es esencial; la ejecución, apresurada; el golpe, certero: «Errejón es un abusador».

Errejón debió recordar la anécdota. Era el responsable de campaña en 2016. En un mitin en Córdoba quiso retirar las banderas con la hoz y el martillo. «Sólo motivos morados», ordenó; si acaso, y a regañadientes, algún souvenir republicano, aunque prefería no asustar a la audiencia. Iglesias y Garzón ya habían firmado el pacto de los botellines. A Podemos le fue mal pero a los dos les fue muy bien. Mayoral dio un codazo a Errejón: «Pero qué pasa, tío, ¿somos comunistas o qué?». Las banderas rojas ondearon. Podemos es comunista: posmarxista pero comunista; populista pero comunista; falsario pero comunista.

Como Errejón también es comunista [aunque de raigambre latinoamericana y, según el Podemos pata negra -los anticapitalistas de Urban- un oportunista protegido], entendió que, puesto en marcha su proceso sumarísimo, el disidente sólo tiene una opción; una ridícula esperanza: reconocer sus faltas, fechorías, ilícitos y culpa y mostrar propósito de enmienda. Errejón aseguró en su renuncia que defiende un «mundo nuevo» y las «ideas más hermosas y justas», pero admite que ha de reeducarse, curarse.

Nuestro Bujarin tampoco debería ignorar que una supuesta y fugaz rehabilitación constituiría únicamente una última humillación. No hay redención posible. Sobre todo porque el partido le acusa de quebrantar los fundamentos más rectos y puros de la organización: la ideología de género. Este MeToo es un rodillo. En el partido, los delitos de género no requieren de garantías procesales. En la teoría del Estado bolchevique, el Derecho y las instituciones son instrumentos represivos al servicio del partido. Una facción del partido, la social-reformista, encubrió a Errejón mientras pudo. La facción social-revolucionaria interpretó que se daban las circunstancias propicias para acabar con los chauvinistas de Díaz.

Las sucias y obscenas desviaciones que reconoce Errejón ofrecen alguna lectura política, pasada y presente. Podemos irrumpió en 2014 para sembrar ponzoña, generar división y exhibir impúdica hipocresía, con la remilgada y relamida complacencia -y negligencia- de un surtido de líderes de opinión. Podemos, Sumar, Más Madrid y todo satélite más o menos vaporoso son la misma cosa, que adquiere formas distintas en función de contextos, necesidades y prioridades. Díaz declina e Iglesias siembra el temor y desasosiego, descabeza y dinamita el grupo parlamentario, única estructura formal de Sumar. Vuelve Andros, vuelve el otro y genuino hombre. De repente, los Presupuestos penden de él.