ESPAÑA
El último escaño

Es la mentira, presidente

La foto de Sánchez y Aldama desmonta la patraña gubernamental de que los miembros de la presunta banda corrupta eran personas del todo ajenas al Ejecutivo socialista

El presidente Pedro Sánchez en su viaje a la India.
El presidente Pedro Sánchez en su viaje a la India.SIDDHARAJ SOLANKIEFE
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Antes de que el identitarismo de derechas y de izquierdas, el trumpismo y el wokismo -yin y yang de la misma inmundicia posmoderna- embistieran el orden liberal, uno de los parámetros que distinguían a las democracias consolidadas de aquellas que aspiraban a serlo (o ni siquiera eso) era la intolerancia de las primeras con la mentira de sus representantes. El engaño solía ser más castigado que algunos comportamientos inapropiados, porque rompía la imprescindible contrato de confianza que debe existir entre el ciudadano y sus gobernantes.

Un caso paradigmático de la dureza con los embusteros fue el final de Richard Nixon como presidente de EEUU. Su dimisión en 1974, dos años después de haber ganado las elecciones a McGovern, se debió a sus engaños respecto al espionaje del caso Watergate. Como la mentira de Clinton sobre su relación sexual con la becaria Monica Lewinsky, no tanto el escarceo en sí, y la de George W. Bush con las armas de destrucción masiva en Irak arruinaron sus respectivas reputaciones. Recientemente, en la dimisión de Boris Johnson como líder de los conservadores, más que la mala gestión de la pandemia, pesó el sentimiento de engaño de los británicos tras conocer que el primer ministro celebraba juergas con su equipo mientras a ellos los mantenía aislados y encerrados en sus casas.

Estos ejemplos de cómo la mentira acabó siendo de una manera u otra castigada sirven como ignominioso contraste con la gratuidad del embuste sistémico de Pedro Sánchez. En la entrevista a Felipe González publicada ayer por este diario, Pedro Simón le encaró con el reguero de mentiras que Sánchez ha ido dejando a su paso: «Con Bildu no se acuerda nada...»; «no voy a consentir que la gobernabilidad de España dependa de los independentistas catalanes...», etc. etc., que Moncloa justifica como necesarios «cambios de opinión».

No obstante, esta relación impune del socialista con la mentira resulta más difícil de excusar en el caso Koldo/Ábalos/Begoña, porque ser un corrupto o un encubridor de una trama de corruptos no es una cuestión meramente opinativa o de posición política. Razón por la cual el Gobierno está incurriendo en sospechosas y llamativas contradicciones al responder a los muchos indicios que apuntan a la existencia de un entramado de chorizos, mientras que el presidente va ampliando su lista de bulos: ocultó durante años que dio el visto bueno al viaje de la chavista Delcy Rodríguez y ha negado durante demasiado tiempo que conociese al comisionista Aldama.

La infantil campaña con la que el Gobierno intenta desacreditar la fotografía de Sánchez con Aldama, tomada por Koldo en la zona VIP de un mitin del PSOE y publicada por EL MUNDO, con un vídeo en el que aparecen decenas de retratos del presidente con personas anónimas, solo puede ser fruto de su desconcierto. Porque, en este caso, no importa tanto el grado de intimidad alcanzado entre Sánchez y Aldama, y que la investigación judicial deberá aclarar, como que la fotografía desnuda otra mentira gubernamental: sostener que los miembros de la banda presuntamente corrupta eran unos tipos del todo ajenos a la sala de máquinas del Ejecutivo socialista.

Es la mentira, presidente.