Thomas Matthew Crooks, el hombre que disparó a Donald Trump el pasado sábado y que mató a un asistente al mitin de los republicanos en la localidad de Butler, en Pensilvania, había buscado también información y detalles sobre otras citas públicas del ex presidente, así como de la Convención Nacional que lo demócratas celebrarán en agosto. En su teléfono se encontraron muchas fotos descargadas de otros líderes políticos, como Rudy Giuliani, el ex alcalde de Nueva York y abogado de Trump. O de los líderes de la mayoría y de la minoría en el Congreso, Mike Johnson y Hakeem Jeffries. Los investigadores han encontrado rastros de búsquedas desde primavera, pero ninguna va acompañada de nada que pudiera resultar amenazante a primera vista.
Su rastro digital es mínimo, completamente inhabitual para un joven de 20 años que ha salido del instituto y logrado un titulo universitario. Sobre todo con conocimientos informáticos. Los técnicos federales analizan ahora la parte encriptada para intentar encontrar una motivación, ya que tras más de 200 entrevistas no ha salido un motivo, un factor ideológico, alguna radicalización reciente. Había, según los responsable del caso explicaron el miércoles a los congresistas y senadores, también búsquedas en internet sobre "trastorno depresivo grave" y sus síntomas. No se aventuran a establecer ningún vínculo, pero el hecho de que fuera mencionado indica que no está descartada esa vía.
Es lo que contaron la responsable del Servicio Secreto, Kimberly Cheatle; el director del FBI, Chris Wray, y su segundo, Paul Abbate. Varias fuentes han explicado a la CNN y otros medios el grueso de lo que se sabe hasta ahora. Poco sobre el motivo, pero mucho sobre los fallos se seguridad. Mucho, sonrojante y peligroso. La directora del Servicio Secreto viajó el propio miércoles a Milwaukee, donde se celebra la Convención Republicana, y donde hay decenas de agentes. Y cuando fue identificada por los pasillos, fue increpada y perseguida nada menos que por dos senadores, John Barrasso y Marsha Blackburn, molestos, furiosos, y que no dudaron en publicar en sus redes las imágenes con la cara más que de circunstancias de la responsable última de garantizar el bienestar de los cargos más importantes del país.
Razones no faltan para la indignación. Según el relato que sale de ese briefing del FBI, se sabe que el tirador visitó al menos dos veces el lugar del ataque, una de ellas ese mismo día, y durante más de una hora, según datos del GPS de su teléfono. Mike Lee, senador de Utah, no tuvo reparos en compartir uno de los detalles más increíbles en su cuenta de X, lo que antes se llamaba Twitter. Habían identificado al tirador como 'sospechoso' 19 minutos antes del tiroteo", publicó. Porque eso es lo que la investigación ha confirmado.
En realidad, es todavía peor. Los testimonios y registros de llamada indican que la primera vez que un agente local avistó a alguien que hacía cosas raras fue casi una hora antes del primer disparo. El Servicio Secreto fue notificado, pero en situaciones de tensión como esas suele haber alertas. Casi todas quedan en nada, pero esa no.
Casi 40 minutos después, uno de los francotiradores localizó a esa persona y llegó a hacerle una foto para compartir. "Estoy consternada al saber que el Servicio Secreto sabía de una amenaza antes de que el presidente Trump subiera al escenario", lamentó la senadora Blackburn, de Tennessee, después de una reunión informativa privada con el Servicio Secreto y el FBI y antes de perseguir a la directora del organismo con reproches.
La historia de uno de los grandes fracasos confirma que después de esa identificación, los vigías lo perdieron de vista. Un policía local, alertado por testigos, logró trepar al tejado donde resultó estar apostado, pero al ser apuntado con el arma semiautomática, se retiró rápidamente. "El agente estaba en una posición indefensa y no había manera de que pudiera atacar al sospechoso mientras se aferraba al borde del techo. El agente se soltó y cayó al suelo", explicó el alcalde. Dio una alerta inmediatamente, pero los disparos empezaron instantes después.
El detalle que nadie entiende es por qué el equipo avanzado del Servicio Secreto, que visitó la zona días antes, decidió que el complejo de edificio, parte de una fábrica de componentes de laboratorio, quedó fuera del perímetro de seguridad, pese a que evidentemente, al estar a poco más de 100 metros, quedaba en el radio de alcance de un arma larga.
Al tomar esa decisión, la zona quedó bajo la responsabilidad de la policía local, ya que el Servicio Secreto sólo cubre la parte más cercana, y deja las zonas en teoría menos peligrosa en manos de cuerpos menos especializados.