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Trump 2.0: el mundo visto como un gran Monopoly

En la segunda era del republicano, el planeta deja de ser el tradicional tablero geopolítico y se convierte en una lucha por el control de la riqueza.

El presidente electo, Donald Trump.
El presidente electo, Donald Trump.GETTY
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El mundo al que regresa mañana Donald Trump como presidente, por segunda vez, de los EEUU es el mismo que deja Joe Biden, pero la forma de dirigirlo está en las antípodas.

"Donde Biden y su equipo ven un gran tablero de ajedrez, con amigos y enemigos buscando ventajas geopolíticas en regiones en disputa, Trump ve un gran juego de Monopoly, en el que múltiples rivales luchan por el control de la riqueza", señala el profesor Michael Klare en Le Monde Diplomatique.

Aunque la práctica, sobre todo en Oriente Próximo, en los últimos cuatro años, ha estado muy lejos de los principios -el Estado de derecho, la democracia y los valores consagrados en el Tratado de Washington (OTAN) y en las otras alianzas-, lo que cuenta en política exterior para Trump y su equipo es obtener más beneficios económicos y más ventajas estratégicas.

Trump 2.0 vuelve a la Casa Blanca obsesionado por poner a "los Estados Unidos primero", superando (palabras del nuevo secretario de Estado, Marco Rubio) "los fantasmas idealistas" y defendiendo, por encima de todo, "los intereses nacionales esenciales", pero la concreción de esos intereses y la forma de defenderlos son aún una nebulosa, con luces más que preocupantes, como su injerencia descarada en los asuntos internos de países como el Reino Unido y Alemania en apoyo de la extrema derecha.

Más allá de todas las contradicciones -los discursos de Rubio, del nuevo jefe de Seguridad Nacional, Michael Waltz, del polémico nominado para dirigir el Pentágono, Pete Hegseth, y del magnate Elon Musk son difícilmente compatibles-, todos coinciden en su lealtad a Trump y en cuatro objetivos: perpetuar la primacía de su país consolidada tras la Guerra Fría y puesta a dura prueba desde entonces, frenar a China, flexibilizar las alianzas y priorizar la explotación de recursos.

A pesar del caos y de la catarata de dimisiones y destituciones de su primer mandato, con objetivos similares Trump 1.0 aumentó sustancialmente con apoyo demócrata los gastos en defensa, paralizó la Organización Mundial de Comercio, descolocó a propios y extraños con su sospechosa admiración de Vladimir Putin y sus bandazos con Kim Jong-un, consiguió los Acuerdos de Abraham con Arabia Saudí olvidándose de los palestinos e impulsó el pivote contra China y los controles de la inmigración, que, en lo esencial, Biden ha continuado y reforzado.

En su análisis para Foreign Affairs, a la historiadora Margaret MacMillan Trump 2.0 le recuerda la Mula de La Fundación de Isaac Asimov, el mutante con extraordinarios poderes y millones de fieles devotos que amenaza con derrocar el orden, prescindiendo de normas, instituciones, funcionarios, medios críticos y todo lo que no convenga a sus intereses.

A diferencia del presidente 45, el 47 llega con mayoría en las dos cámaras del Capitolio, un Supremo hecho a su medida y una prensa debilitada. En 2017, recuerda el ex primer ministro australiano Malcolm Turnbull, los principales dirigentes del mundo, empezando por Xi Jinping, creyeron que Trump presidente, embridado por el sistema, sería muy distinto del Trump candidato y se equivocaron.

"Como presidente", advierte Turnbull, fue "todavía más destructivo" de lo que apuntaba en la campaña. El segundo error, cometido entonces y que se está cometiendo de nuevo, es rendirle pleitesía y transformarse en sicofantes. "Otro gran error, pues Trump es un narcisista que sólo respeta a quienes le hacen frente", advierte Turnbull. "Cuando se cede o ignora a los acosadores, el acosador se crece".

La cabalgata de dirigentes que han peregrinado a Mar-a-Lago a besar el anillo del único presidente estadounidense convicto es un pésimo augurio. No se puede tener una buena relación con Trump si no te ganas su respeto y no te ganas su respeto actuando como un sicofante. Está rodeados de ellos y los despide a la mínima crítica, pero a un dirigente extranjero no lo puede destituir.

Cubrir a Trump de flores, pasearlo por los mejores campos de golf japoneses y aceptar con resignación, abrazos y sonrisas forzadas no libró a Xinzo Abe de varapalos como la ruptura unilateral del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) o subidas estratosféricas de las tarifas al acero japonés. Deberían aprender todos, aliados y adversarios.

Si lo que busca un dirigente extranjero en Trump es una relación personal afable, lisonjera y de palmaditas en la espalda, el modelo Abe vale. Es inútil si la prioridad es obtener resultados y defender los intereses de tu país. Toda relación diplomática exige una cortesía mínima, pero lo cortés no quita lo valiente ni lo inteligente.

En ese sentido, las respuestas de los dirigentes de México, Dinamarca, Panamá y Canadá a las butades o amenazas del nuevo presidente emulando a los imperialistas del XIX parecen lo correcto.

Esas amenazas son un pésimo comienzo de la nueva Administración. Si los EEUU, como afirma el nuevo presidente, tiene derecho a quedarse, por las buenas o por las malas, con Groenlandia o el canal de Panamá, ¿qué fuerza moral y legal tendrá para oponerse a la conquista de Taiwan por China o de Ucrania por Rusia?

El doble rasero practicado por su antecesor, Joe Biden, con la democracia y, sobre todo, con Israel es un juego de niños comparado con el efecto devastador que dichas amenazas están teniendo ya en el liderazgo internacional de los EEUU. Es la ley de la fuerza llevada a sus peores extremos.