Hasta el día de su muerte, acaecida en Nueva York el 5 de noviembre de 1973 a los 77 años, Joaquín Maurín, uno de los más destacados líderes revolucionarios de la primera mitad del siglo XX, teórico del marxismo ortodoxo y fundador del POUM un año antes de la Guerra Civil, "levantó controversia". Muchos, explica a La LecturaAlberto Sabio Alcutén en su reciente obra, Excomunistas (Galaxia Gutenberg), aprovecharon para "escupir odio sobre su nombre sacando a relucir la celda de lujo en la que estuvo. Diez años de prisión -¡y qué años y qué cárceles!- eran, por lo visto, un premio del franquismo a un servidor o agente suyo. Y hablaron también de su llegada a EEUU en 1947 en avión, lo que igualmente era falso. En el momento de la muerte echaron todavía más leña al fuego al esgrimir la prueba definitiva: una esquela, aparecida en La Vanguardia donde se pedían unas oraciones por el alma de Maurín, 'que murió en Nueva York habiendo recibido los Santos Sacramentos'. Falso: cayó derrumbado por una hemorragia cerebral, entró en coma y ya no salió. Tampoco faltaron quienes acusaron a Maurín de cometer asesinatos durante la guerra, cuando en aquella coyuntura no pasó de ser un indefenso prisionero que estuvo rodando de cárcel en cárcel de un extremo a otro de la Península".
Nacido en la localidad oscense de Bonansa el 12 de enero de 1896, el golpe del 18 de julio de 1936 sorprendió a Maurín, entonces diputado en Cortes del Frente Popular y secretario general del POUM, el partido que había ayudado a fundar en 1935 junto a Andreu Nin, en Santiago de Compostela, en uno de los actos del partido. Su silencio durante semanas hizo temer a todos que había sido asesinado. La realidad, sin embargo, era muy distinta. Escondido en La Coruña, donde habían triunfado los militares sublevados, con una identidad falsa, Joaquín Julio Ferrer, el líder comunista intentaba pasar desapercibido simulando ser un comercial. Se dirigió entonces a Jaca con la idea de cruzar a Francia, pero allí la Guardia Civil lo detuvo por sospechoso. Aún no sabían que se encontraban ante Joaquín Maurín. Estuvo encarcelado un año, del cual siete meses fueron de incomunicación, meses de incertidumbre presenciando el fusilamiento de decenas de personas. Al salir e intentar cruzar la frontera fue reconocido por un agente de la Brigada Social de Barcelona y detenido de nuevo. Volvió entonces a Jaca, de ahí a Huesca y finalmente a la Capitanía General de Zaragoza.
Es entonces, explica el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, cuando comienzan los ataques contra su figura desde las filas del comunismo más ortodoxo, concretamente del PSUC. "Al Partido Socialista Unificado de Cataluña", escribe Sabio Alcutén, "no le pareció casualidad que Maurín estuviese en Galicia el 19 de julio de 1936. Su particular conclusión era que Maurín era un agente de la Falange y que como tal había actuando y seguiría actuando 'si la vigilancia de la clase obrera y de todos los republicanos' no neutralizaba a ese 'agente de división a base de demagogia', en la cual, decían, era maestro 'el singular protegido de Franco'. Poco menos que estaban reclamando su liquidación".
Pese a defender la cosmovisión política de EEUU, nunca recibió dinero de la CIA y cuidó mucho la independencia de su agencia literaria
En el otoño del 37, Maurín fue trasladado a la cárcel de Salamanca bajo custodia directa de Serrano Suñer. Ingresó con nombre falso "para evitar riesgos y posibles venganzas". Entonces, comenzó a llamarse Máximo Ugarte Ortega de Portugalete (las siglas del POUM, al revés) y hasta 1940 estuvo en una celda aislado del resto de prisioneros. "En ningún momento", sentencia Sabio, "colaboró con el bando franquista ni traicionó a la causa republicana". Sabiendo que su esposa y amigos estaban intentado un canje por algún prisionero del bando nacional, "Maurín no debía estar tranquilo, porque de producirse corría el riesgo de caer en manos de los comunistas y de los agentes soviéticos que habían asesinado a su compañero Andreu Nin". E igual que le ocurrió a este, a partir de mayo del 37, cuando se ejecutan en España las purgas que había iniciado Stalin en la URSS con la liquidación física de los miembros del POUM (acusados de ser trotskistas) y la ilegalización del partido, aparecieron pintadas anónimas sobre Joaquín Maurín acusándole de estar de paseo "o en Salamanca o en Berlín". Sin embargo, como ha documentado recientemente Julius Ruiz en La Guerra Sucia (Espasa), en la desaparición de Nin colaboraron también algunos miembros del PSOE, y aunque Negrín, afirma el hispanista, nunca fue esclavo de los soviéticos, toleró las actividades del NKVD contra el POUM e incluso permitió que se prohibiese el partido y se juzgase en 1938 a muchos de sus dirigentes (los que quedaron vivos), que fueron condenados por intentar subvertir el orden republicano.
UNA NUEVA VIDA EN EEUU
Indultado en 1947, Maurín no dudó ni un momento en exiliarse en Nueva York, donde ya residían su mujer Jeanne y su hijo Mario. Para entonces, y mucho antes de que a mediados de los 50 lo defendiese el PCE, era ya partidario de una reconciliación nacional como forma de superar definitivamente los odios de la Guerra Civil. Y, sin renunciar al marxismo ni a su pasado como revolucionario y comunista antiestalinista (desde muy pronto se desencantó de la experiencia soviética, aunque siempre admiró la Revolución Rusa), inició un progresivo camino hacia la socialdemocracia y el europeísmo. "Largos años de prisión", explica Sabio Alcutén, "de vida en peligro, de incomunicación y aislamiento y de privaciones materiales no pasaron en balde. Además, Maurín pensaba que la peonza de la historia había dado vueltas a gran velocidad. El mundo anterior a 1936 se había descoyuntado y regímenes y convicciones que parecían asentados se habían desmoronado". O como escribió Maurín al comité directivo del POUM en 1947, cuando ya había recobrado la libertad: "Ideas que hace quince años parecían sólidas se han trocado en tópicos. La pulpa de muchas concepciones se ha secado y sólo queda de ellas la cáscara exterior".
Es a partir de ahí cuando Maurín muestra, pese a las críticas de sus antiguos camaradas, que "es más reflexivo que dogmático" y que su formación es la de un intelectual con un gran conocimiento de la Historia de España. Él, que durante unos meses había sido la máxima autoridad de la CNT en los años 20, que había militado en el PCE, que había viajado varias veces a la URSS y había fundado dos partidos, el BOC (Bloque Obrero y Campesino) y el POUM, que había sufrido las cárceles de Franco y estaba obligado a vivir en el exilio, comenzaba a simpatizar con Willy Brandt y la socialdemocracia, mantenía una excelente relación con el dirigente socialista en el exilio Rodolfo Llopis y se mostraba interesado en la reconstrucción del PSOE. Había cierta coherencia en esta evolución desde la decisión de marcar como línea de no retorno su rechazo al régimen estalinista. Para Maurín, apunta Sabio, "seguir las directrices moscuteras significaba sumisión y dependencia absoluta hasta degenerar en un colonialismo revolucionario, expresión que a Maurín le gustaba emplear".
"Su ideario entronca con el discurso actual que busca la cooperación en asuntos relevantes para construir mayorías con otros agentes políticos"
Después de trabajar como comercial y en el sector de la publicidad, en la agencia donde estaba su mujer, dedicó todos sus esfuerzos a la creación y consolidación de la American Literary Agency (ALA). Poco a poco fue tejiendo una red de contactos políticos y culturales hasta lograr una envidiable nómina de escritores e intelectuales como Miguel Ángel Asturias, Ramón Gómez de la Serna, Pablo Neruda, Ramón J. Sender, Salvador de Madariaga o Germán Arciniegas. La ALA, aclara Sabio, tenía dos objetivos fundamentales: crear conciencia continental en América Latina y, a través de la lengua castellana (que ayudó a difundir en EEUU) reforzar los vínculos culturales y políticos con Iberoamérica. Y defender la cosmovisión económica, política e ideológica de EEUU.
Es a partir de ahí cuando se produce una segunda estigmatización de su figura y comienza a ser señalado como agente de la CIA, por su cercanía al Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), al frente de la cual estaba el también ex dirigente del POUM Julián Gorkin, apoyado por la agencia de Inteligencia americana y financiado por la Fundación Ford. Estamos en plena Guerra Fría y la descripción de ese frente es la parte más novedosa de Excomunistas, ya que, entre otros muchos, Sabio Alcutén, después de muchos años de investigación, ha accedido al Hoover Institution Archives, en la Universidad de Stanford, y a las colecciones documentales de las universidades de Chicago y Miami. La guerra cultural que inició EEUU contra la URSS utilizaba a muchos antiguos comunistas heterodoxos. La CIA, según reveló The New York Times en 1977, participó en la elaboración de al menos 1.000 libros antisoviéticos, muchos de los cuales fueron difundidos en la España franquista, como el que escribió el propio Gorkin titulado El Campesino: Life and Death in Soviet Russia, una de las primeras revelaciones del terror de Stalin y que fue muy difundido en Latinoamérica.
Maurín, sin embargo, aclara Sabio, "nunca tuvo el mismo grado de implicación" con el dinero de las fundaciones norteamericanas, "como Gorkin, Araquistáin o Madariaga", y no participó en "ninguno de los libros patrocinados por la CIA". En carta a Víctor Alba de enero del 1952, Maurín afirmaba ser "contrario a buscar subvenciones. Aquello que no puede vivir por sí mismo, en el fondo es parasitario. Y está siempre pendiente de la ayuda exterior, que un día se acaba, y entonces se hunde todo verticalmente".
EL 'CONTUBERNIO' DE MÚNICH'
A pesar de que Maurín no recibió nunca dinero de la CIA, sí que participaba de los mismos valores y principios del CLC y su revista Cuadernos, en la que solía colaborar. Por eso no es de extrañar que participase en la organización del Congreso de Múnich, celebrado entre el 5 y el 8 de junio de 1962 en la ciudad alemana, donde Salvador de Madariaga y Gil Robles sellaron con un apretón de manos "el fin de la Guerra Civil". Sin estar en primera fila, Maurín ayudó a que la oposición interna al franquismo celebrase un encuentro destinado a la reconciliación nacional. "Los asistentes al contubernio", así se refirió a él el régimen franquista, "suscribieron una resolución donde se ponía énfasis en el 'establecimiento de instituciones representativas y democráticas' que garantizasen 'que el gobierno esté sostenido sobre el consentimiento de los ciudadanos'. Nada más y nada menos", sentencia Sabio Alcutén.
Y aunque Múnich no supuso la antesala de la Transición, para la que hubo que esperar unos cuantos años más, la evolución ideológica de Maurín merece, concluye el historiador, un reconocimiento especial: "Maurín", explica, "soportó años de hostilidad y de cárcel. Luego llegó a la severidad del juicio público. Él reconoció con elegancia su cambio con respecto a ideas anteriores, siempre dentro de la órbita progresista, circunstancia que humaniza al personaje. Su pensamiento entronca con el discurso actual que busca equilibrar la competición político-electoral con la cooperación en asuntos relevantes, en su caso a través de las alianzas obreras o del movimiento europeo para construir mayorías parlamentarias y sociales con otros agentes políticos. No parece mal conclusión para una biografía tan controvertida".