De los novelistas de la Generación del 98, aquel cul de sac diseñado por Azorín en un puñado de artículos, Pío Baroja es el único que aún se sigue leyendo. Alguien dirá: "¡Y Valle-Inclán!", pero en Valle las novelas son otra cosa. Pío Baroja es un escritor de austeridad rotunda. Hombre Impiadoso, tajante, de lengua larga. Repartía improperios en todas direcciones. Vivía en una soledad muy bien demarcada y podía ser desabrido y acogedor en la misma tarde. Nunca hizo por tener amigos, así que sólo se le acercaron devotos. Atrajo a algunos jóvenes escritores de los años 30 y 40. Le visitaban en breve formación de romería, entre el fervor y el miedo. Y él nunca les defraudaba, dispensando desdén y sustos. También les enseñaba que en literatura camina mejor quien acepta ir por la acera contraria.
Aquel Baroja ya cuajado de los años 40, días duros de postguerra, se instaló definitivamente en España después de un exilio intermitente entre Francia y el País Vasco. Para entonces tenía ya agrupadas sus novelas, a su capricho, en nueve trilogías y dos tetralogías: Tierra vasca, La lucha por la vida, El pasado, El mar, La raza, Las ciudades, Agonías de nuestro tiempo, La selva oscura, La juventud perdida y La vida fantástica. Saturnales, que pertenece en su temática a la Guerra Civil y dejó títulos inéditos al morir por obra y gracia de la censura franquista hasta que en el siglo XXI se publican las dos últimas entregas. Es decir: Pío Baroja era en la década de 1940 el novelista vivo más popular entre los novelistas de España. Tampoco el más famoso, sino el más presente. Y a su encuentro, admirados, iban algunos escritores nuevos. Entre ellos, un poeta de treinta años, Enrique Azcoaga, natural de Madrid (1912), que se hacía sitio en las tertulias de la Granja del Henar (liderada por Valle-Inclán) y la del Café de Pombo (capitaneada por el infinito Ramón Gómez de la Serna).
Azcoaga había ganado en 1933 el Premio Nacional de Literatura por su libro Línea y acento y en ese año fundó la revista Hoja literaria, con Arturo Serrano Plaja y Antonio Sánchez Barbudo. Pertenecía a la malograda Generación del 36. Cuando la República, a partir de 1931, Azcoaga se vinculó al fervorín intelectual de aquellos días y participaba en la actividad de las Misiones Pedagógicas. El Madrid literario de entonces lo dominaban (entre otros) Juan Ramón Jiménez por el costado de los poetas y Pío Baroja por el de los narradores. Baroja también dibujaba desapasionadamente y hasta se animaba con la caricatura: la propia y la de otros. El dibujo inconveniente y convenido, según qué buscase. El pintor de la casa era su hermano Ricardo, cuyos aguafuertes mantienen vínculo y estética con algunos textos de Pío. También se relacionó con artistas como Darío de Regoyos, Aurelio Arteta, Ramón Casas, Juan de Echevarría, Vázquez Díaz... Incluso con Picasso mantuvo un escaso (y áspero) vínculo durante la estancia madrileña del artista en 1901. Baroja dibujaba, a eso vamos. Y siempre con intención: por aliñar algunos de sus personajes, por resaltar alguna maledicencia en otros.
En una de las visitas que Rafael Azcoaga le hizo en 1943, acompañado de Camilo José Cela -quien un año antes pidió a don Pío un prólogo que éste declinó hacer para La familia de Pascual Duarte- hablaron de pintura, entre otros asuntos. Exactamente de Picasso y de Gutiérrez Solana, como en varias ocasiones recordó Azcoaga en alguna de las muchas horas que invirtió años después, desde la mitad de los años 60 y hasta su muerte en 1985, en la tertulia del Café Gijón a la que fue asiduo. "Fuimos a verlo Cela y yo una tarde a su casa de la calle Ruiz de Alarcón, 12. Camilo José marchó algo antes de la hora que nos concedía don Pío y me quedé a solas con él. Estuvo recordando sus desavenencias con Picasso, también hablamos de los pintores vascos que le gustaban. Por entonces yo hacía crítica de arte en algunas revistas y periódicos. Cuando se acercaba la hora de despedirnos se levantó, desapareció unos instantes y regresó con un papel. 'Mire, Azcoaga. Mire esto'. Me extendió un folio con su autorretrato. Nunca antes había visto un dibujo así de Baroja. Un autorretrato severo, de líneas duras, con una clara desolación gestual y el emblema de la boina bien exagerado. Le dije que era una pieza estupenda, sobre todo para alguien que no se dedicaba al arte", recordaba. "No sonrió, porque Baroja no sonreía, pero hizo una mueca de agrado. Apoyó el papel en su escritorio, cogió una pluma, lo fechó (era el 20 junio del 43) y me lo dedicó. Quedé impresionado. Dijo: 'Usted sí sabe apreciarlo. Es mi mejor autorretrato, tampoco he hecho tantos, y el de mayor de tamaño. Si me atreviese me hacía un cuadro al óleo, pero está bien como está. No hace falta que le advierta que ese dibujo es para usted, no quiero verlo luego en alguna de las revistillas con la que los poetas justifican el tiempo que pierden'. Tuve la enorme fortuna de que no lo sacara cuando estaba Camilo José, conocido por arrasar con todo lo que podía para su colección. Salí de la casa con un autorretrato inédito, excelente, que con el tiempo ha ganado en intensidad a la vez que la tinta se degrada. Y he sido fiel a don Pío. Casi nadie lo ha visto. A lo mejor, tres o cuatro personas. Es más, exagero si digo que lo conocen más de tres personas". Azcoaga lo confesó así a un puñado de íntimos en la tertulia del Gijón meses antes de enfermar.
El autorretrato ha perdido intensidad de línea, pero mantiene la fuerza. LA LECTURA ha tenido acceso a la pieza. Un dibujo que nunca antes se había mostrado, único, y que soportó numerosos cambios de lugar y una década de exilio bonaerense (de noviembre de 1951 a 1962). Estaba en el ingente archivo de Azcoaga cuando emprendió la salida de España en la segunda oleada de exiliados. Decidió cambiar de continente no tanto por la amenaza del franquismo como por la insoportable presión represiva a que eran sometidos tantos republicanos que escogieron quedarse. El miedo les hizo insoportable la vida. Cuando regresó a España con sus miles de papeles, "y tantos que otros de los que me tuve que desprender", decía, mantuvo en secreto el autorretrato. Lo conservó en la misma carpeta 40 años, hasta la muerte de Azcoaga. Es ahora cuando aparece por primera vez para dar cuenta de lo insólito que también era Baroja en el dibujo. El escritor Andrés Trapiello reconoce rasgos del novelista tierno, feroz y atrabiliario: "El autorretrato es interesantísimo. De Pío Baroja conocíamos alguna caricatura y algún otro retrato menor. La caricatura es un género muy difícil porque hay que acertar destacando sobre las demás una o dos cualidades del caricaturizado. Acertar con exactitud es difícil. Caricaturas hay mil posibles, pero retrato sólo uno. De ahí la relevancia de este hallazgo".
Baroja se ha retratado sucesivamente en libros y textos. Era feroz con los demás, hombre atravesado, pero tampoco del todo indulgente hacia él. Esta condición lenguaraz y deshilachada contra unos y otros le llevó a recibir también fuertes zarandeos. Con el poeta Rubén Darío, pope del modernismo, tuvo su fuego cruzado. Darío sentenció que "las novelas de Baroja tienen mucha miga. Se nota que ha sido panadero". A lo que Baroja respondió con otra media verónica: "Rubén Darío tiene muy buena pluma. Se nota que es indio". Y así todo.
Trapiello recuerda uno de los retratos literarios más impetuosos de Baroja, escrito en 1917, Juventud y egolatría. Entonces tiene 40 años. Un texto armado para molestar a todo el mundo. Y también un íntimo descargo. "Hay en estas páginas cierta aspereza contra él y contra el mundo", explica Trapiello, autor de Un poco de compañía: impromptu barojiano. "Y si nos fijamos en ese retrato refleja algo de su espíritu severo, ya cansado. Tiene la mirada apuntando hacia abajo, lo que subraya un cierto desencanto. En los autorretratos hay quien busca un parecido físico y quien intenta dar con el parecido psíquico o del alma. Es el caso de esta pieza, que dice mucho de él".
Enrique Azcoaga resistió la posguerra en Madrid y se mantuvo a prudente distancia de los círculos literarios vinculados a la dictadura, aunque publicó poemas y textos en algunas de las revistas del régimen o alrededores, como Escorial. Y en publicaciones de signo contrario como Espadaña, donde hizo defensa de la poesía social. Fue secretario de la Academia de Crítica de Arte que dirigió Eugenio d'Ors y soportó con dignidad los años de oscurantismo, de soledad intelectual. Los amigos de Azcoaga habían salido mayormente al exilio. Otros fueron represaliados en España, encarcelados. Y algunos, fusilados. Resistió hasta los primeros años 50 y, entonces sí, decidió marchar. Tenía mujer y cuatro hijos. El país escogido fue Argentina. La ciudad: Buenos Aires. Salió en barco. Era invierno de 1951. No pudo asistir al entierro de Baroja, que falleció en 1956. Llevó con él su selecta biblioteca y su archivo, que allá se hizo más abundante y prodigioso.
Enrique Azcoaga hizo vida de crítico de arte en Buenos Aires. Sobrevivió con muchos vientos en contra y estirando hasta lo imposible una capacidad de trabajo asombrosa. Fundó allá las revista Atlántida y Mairena y publicó cuatro libros de poemas: El canto cotidiano (1952), Cancionero de Samborombón (1960), El poema de los tres carros (1952) y Dársena del hombre (1957). Impartió decenas de conferencias. Escribió centenares de cartas. Llevó un diario estricto y continuado del que no se tiene hoy rastro y que podría acumular miles de páginas. También dio a imprenta la antología Panorama de la poesía moderna española (1953), con viñeta de Ramón Gaya en la portada. Y un ensayo sobre Goya (1956). El buen rastro de Enrique Azcoaga se traspapeló en las oleadas del segundo exilio, pero fue uno de esos hombres que si no determinaron la Historia sí resultan necesarios para completarla.
Otro riguroso barojiano, el ensayista Eduardo Gil Bera, autor de la inclemente biografía Baroja o el miedo, destaca cómo el autorretrato recobrado da cuenta de la situación anímica de Baroja en ese año de 1943, en medio de una realidad convulsa y aún más destemplado: "El dibujo está fechado el 20 de junio del 43 y en esos días se celebra una de las primeras jornadas de la tertulia que el escritor instaura por las tardes en su casa de la calle Ruiz de Alarcón, 12. Pío Baroja había regresado a Madrid después de reñir en Itzea [la casona familiar en Navarra] con su hermano Ricardo, al que no volvió a ver. Ricardo admiraba a Hitler, no menos que Pío, que en noviembre de 1939 articulaba en el periódico La Nación de Buenos Aires su preocupación por el canciller belicoso: 'No ha habido político moderno que haya tenido los éxitos de Hitler, ni país que en tan pocos años haya conseguido tantas ventajas como Alemania [...] Sin embargo, el canciller actual va a la guerra y se expone a que todos sus triunfos se vengan abajo'. El 10 de marzo de 1940 exponía en el mismo periódico su ideario hitleriano: 'El nacionalcomunismo es el que ofrece más originalidad de todos los sistemas totalitarios. En el fondo es germanismo y yo creo que también es mucho pesimismo. Es evidente que Hitler ha tenido un precursor literario que ha expuesto sus ideas en un campo puramente filosófico. ¿Quién? Nietzsche [...] ¿Usted cree que es un genio? [...] Yo creo que es un hombre de destino extraordinario [...] Nada es verdad, o si se quiere no hay más verdad que la alemana'".
Pero en aquel 1943 Pío Baroja había renunciado a sus malogradas simpatías y le incomodaba el discurso germanófilo. Ese es el tiempo en el que se dibuja a sí mismo. Y lo hace con cierto eco de derrumbe, con trazas subyugantes. Como explica Gil Bera, este autorretrato delata su soledad creciente y de alguna manera es un último testimonio gráfico: "No deja de ser un documento ambicioso. Remeda la imitación del Greco que solía practicar su hermano Ricardo. En la boina a la Zuloaga, la boca desencantada y la mirada perdida apunta el impresionismo, su punto fuerte". La misma boina, como apunta Trapiello, donde cargó la fuerza: "Quizá para apuntalar su condición de hombre rústico y alejado de las convenciones sociales. Se dibuja tal y como se ve, sin manierismo, recargando incluso el rasgo de pesadumbre. Eso es lo interesante".
Un retrato que recorrió miles de kilómetros, que salió una tarde de la casa del escritor en la calle Ruiz de Alarcón de Madrid protegido en la cartera grande de un joven poeta y crítico de arte, y acabó en el exilio americano, y regresó, y casi nadie tuvo noticia de que existía. Porque ese, hasta hoy, era el pacto.