Mendigos, niños trabajadores, obreros del metal, anarquistas y por supuesto prostitutas. También enfermos, viudas, huelguistas, emigrantes, perseguidos y ajusticiados. A tan amplia gavilla de marginados, el Museo del Prado consagra la que señala como su exposición más importante de la temporada.
Arte y transformaciones sociales en España. 1885-1910, realizada con el patrocinio de la Fundación BBVA, recoge 300 obras que incluyen lienzos, grabados, carteles, litografías, aguafuertes, fotografías y vídeos. La magnitud de la muestra la ha obligado a ocupar las cuatro salas que la institución dedica a exposiciones temporales.
En principio, el título de la exposición no parece demasiado tentador. Veamos. A finales del siglo XIX, España se vio sacudida por profundas transformaciones sociales. El desarrollo de la industria y su necesidad de mano de obra, con los consiguientes accidentes laborales, reivindicaciones y huelgas obreras, la aparición de focos de pobreza en las grandes ciudades y el desarrollo de la medicina, la emigración, el colonialismo, la prostitución, la mendicidad y los avances educativos fueron sus principales mimbres.
«Es una horquilla de solo 25 años, desde el primer gobierno liberal presidido por Sagasta hasta unos años antes del asesinato de Canalejas, pero en la que España sufrió grandes cambios», señala Miguel Falomir, director del Museo del Prado.
El reconocimiento del derecho a la asociación y a la huelga, la regularización de las vacunas, los desplazamientos masivos de población por motivos económicos, el desembarco de novedosos sistemas educativos comandados la Institución Libre de Enseñanza, en un momento en que el 71% de la población española era analfabeta, y la crisis del 98 fueron hitos de este convulso periodo.
Lejos de quedarse al margen de tal efervescencia, los pinceles entraron en convulsión y empezaron a subrayar los nuevos acontecimientos. «Fueron unos momentos en los que la vida cotidiana de las personas entró a formar parte del arte», señala Javier Solana, presidente del Patronato del Museo del Prado. La pintura histórica quedaba atrás, había nacido la pintura social.
Los artistas recogieron aquella nueva realidad recurriendo a la pintura naturalista, en un afán por ser lo más objetivos posible. La pintura y la recién nacida fotografía, pero igualmente el cine, establecieron entre ellos una suerte de vasos comunicantes que los retroalimentaba.
La mayor parte de las obras reunidas, tanto del Prado como de los numerosos prestadores, nunca se habían mostrado en público. De todas, solo una, ¡Aún dicen que el pescado es caro!, de Joaquín Sorolla, se ha exhibido en el Prado. «Esta exposición quiere ofrecer aproximaciones a momentos y artistas que no han recibido el reconocimiento que a nuestro juicio merecen», explica Falomir.
«Por una supuesta falta de decoro, aparente trivialidad o carencia de interés eran pinturas que el Museo del Prado no había considerado», remacha Javier Barón, comisario de la expo. Una de las razones de esta magna exhibición ha sido mostrar la relevancia de sus colecciones. Son obras desconocidas que componen la cara B de la pinacoteca madrileña.
Muestra el músculo que guardan unos almacenes que son una suerte de cueva de Alí Babá que esconde tesoros inagotables. Su último ¡Ábrete Sésamo! deja con la boca abierta. Sólo hay que repasar la nómina de solistas: Pablo Picasso, Juan Gris, Joaquín Sorolla, Pablo Gargallo, José Gutiérrez Solana, Isidro Nonell, Santiago Rusiñol, Julio Romero de Torres, Darío de Regoyos y así.
Mientras la mujer ocupa parte importante en las obras expuestas: obreras, enfermeras, religiosas, meretrices, madres, pobres... todas se recogen bajo el punto de vista de ellos, apenas hay pinturas realizadas por mujeres artistas. En la exposición solo hay dos, hecho que refleja una circunstancia crucial de aquel tiempo: el denostado papel de ellas. «Las mujeres tenían vedado el acceso a este arte narrativo, debían conformarse con géneros menores», explica Falomir.
Este es otro de los intereses que tiene la exposición: «Brinda la oportunidad de analizar cómo nos han contado la historia. También de reflexionar cuánto hemos cambiado y cuánto no. Se ha evolucionado para bien, pero siguen presentes la emigración, la prostitución, los accidentes laborales...», subraya el director del Prado.
Cara B de Las Meninas, de La Anunciación, de Los fusilamientos y de El Jardín de las Delicias, ya lo hemos dicho. Pero la sinfonía que el Museo del Prado nos brinda con esta exposición hay que disfrutarla a todo volumen.