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Es bueno tener dinero, pero cuánto se necesita para ser rico

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Hoy Jeff Bezos no come mucho mejor que un español de clase media, tarda lo mismo si tiene que viajar de Madrid a Barcelona y recibe un tratamiento médico similar si enferma de neumonía o le operan de la cadera. Si lo dudan, pregunten a John Cleese

Terry Jones y John Cleese (dcha.) en 'El sentido de la vida'
Terry Jones y John Cleese (dcha.) en 'El sentido de la vida'

John Cleese, ex Monty Python, conduce a sus 84 años un programa de entrevistas con el brillante título edadista de La hora del dinosaurio, en el que habla de lo que le da la gana con gente tan cachonda como él. Recientemente ha charlado con Stephen Fry, buen actor y mejor escritor, sobre la obsesión por el dinero de distinta gente con la que se ha encontrado en la vida. Se trata de aquellos del «nunca es suficiente» y adictos a la codicia , incluso cuando ya han alcanzado un nivel de prosperidad elevado y la libertad para hacer lo que quieran. Cleese y Fry son dos personas talentosas, de éxito (y ricas), pero que distinguen la comodidad material, que adoran, de la perturbación anímica.

El progreso ha permitido que las diferencias sociales se hayan reducido de forma drástica a lo largo de la Historia, aunque la gente no lo crea. Por ejemplo, no es comparable la distancia en nivel de vida que existía entre Carlos III en la España del siglo XVIII respecto a cualquiera de sus súbditos campesinos con la que hay entre el hombre más rico del mundo y usted. Hoy Jeff Bezos no come mucho mejor que un español de clase media, tarda el mismo tiempo si tiene que viajar de Madrid a Barcelona y recibe un tratamiento médico similar si enferma de neumonía o le operan de la cadera. Otra cosas son las comodidades, pero en lo importante estamos emparejados. Además él también es calvo.

Lo digo porque el bote de esta semana del Euromillones alcanza los 216 millones de euros. Una cantidad que acojona un poco y que merece si no ser ganada, al menos sí ser debatida. No sé si yo sería capaz de asumirla con decoro. Puede que en el caso de ser premiado comprara el Real Zaragoza para subirlo a Primera o quizás me volviera un Calígula presa de distintas toxicomanías y de mucho ácido úrico. ¿Cambiaría esta fortuna el trato con mis amigos? ¿Me querría la gente por mi dinero? ¿Intentaría alguien secuestrarme para pedir un rescate? ¿Tendría que guardar el secreto? Mi señora no tiene esos problemas y se ha comprado un boleto para el próximo sorteo. «¿Sabes que ese dineral tan disparatado seguramente nos terminaría separando?», le digo a modo de advertencia existencial. Ella me mira con ternura y me da un beso: «Creo que con 108 millones cada uno podríamos rehacer nuestras vidas y salir adelante», responde.

«Los ricos no se consideran ricos», me cuenta por teléfono mi amigo el vizconde de Encierros, que no es vizconde pero sabe mucho de grandes patrimonios. ¿Qué es entonces ser rico?, me pregunto. Supongamos que alcanzar este estatus es poder vivir con mucho desahogo de las rentas sin trabajar. Cuál es entonces la cifra mágica. Hay quien lo tiene estudiado. ¿Un millón? ¿Tres? ¿Tal vez 10? El vizconde me dice que eso no influye en la percepción propia del potentado. Sólo las grandes fortunas que todos conocemos se ven como tales. El resto, no. «Esto no sólo les sucede a los ricos, sino también a los pobres». Me habla de distintos estudios que explican esta percepción de confusión económica.

Al final, más allá de ideologías, quizás a lo que hay que aspirar es a un mundo bien gobernado en el que los ricos no sean demasiado ricos, ni los pobres demasiado pobres. Un lugar en el que todos juguemos al Euromillón e imaginemos qué hacer con el bote.