COLUMNISTAS
Cristal de bohemia
Opinión

El PP va a romperse en Galicia, otra vez

PREMIUM
Actualizado

Nunca sabremos con certeza si el nuevo aparato de Feijóo fue lo que posibilitó sus cuatro mayorías absolutas

Alberto Núñez Feijóo, Alfons Rueda y Mariano Rajoy.
Alberto Núñez Feijóo, Alfons Rueda y Mariano Rajoy.JAVI MARTÍNEZ

Entiendo que esto sonará a comentario apurado de bar o, crimen peor, de tertuliano de Canal Red; pero juro por cada uno de los antiguos dioses que existen -Pablo Iglesias incluido- que la frase que aquí sigue fue cierta, al menos, hasta que se demostró lo contrario. Va: hubo una época de dragones en la que los analistas pensaron que el PP empezaría a derruirse por Galicia.

No hace tanto tiempo de aquello. Fue en la última campaña de don Manuel, que tenía menos calles de las que presumía. Y lo sabía, que diría Julio Iglesias. Entonces Xosé Cuiña, delfín de Fraga que aspiraba a jubilarlo, lideraba el sector rural del PP, las llamadas boinas. Era escuchar los mítines de Cuiña y cualquiera percibía que el fin del dominio popular se acercaba. Meu galano. Poco después, se forjaba el bipartito de Touriño y Anxo Quintana, y el resto es la historia de siempre desde Lenin: los traidores se señalaron entre la izquierda. Lo que pasó, pasó, por decirlo como Daddy Yankee, por si alguien no se sabe quién es Lenin.

Es interesante ver cómo se reconfiguró el PP en ese periodo de barbecho. Ni Cuiña ni López Veiga ni Barreiro ni tonterías. El heredero fue Feijóo -y eso hizo llorar a Rajoy. De la emoción. «Estoy que me salgo», confesó el presidente-. El Congreso de la sucesión lo permitió papá Fraga desde Perbes y, aunque se vendió como un ejercicio de respaldo de la militancia, fue más un dedazo de última voluntad. Sólo votaron 2.400 compromisarios en una fiesta de la democracia interna que, para evitar la división, se celebró cumpliendo con el deseo de Fraga: con Barreiro y Feijóo uniéndose. Golpe maestro para un 96% del apoyo.

Pero a la nueva cúpula le faltaba lo difícil: reglar los continuos equilibrios del PP gallego entre la dirección y los líderes provinciales y de las diputaciones, que con la sucesión explotaron. Ocurrió lo siguiente: hubo un cambio generacional que Feijóo -un birrete, el alma urbana del PP, que nació en un pueblo, dominado por las boinas- aprovechó para ascender a jóvenes casi desconocidos y erigirse como auténtico señor da rúa, para envidia sana de Fraga. Fin de la dependencia de los apoderados, a falta de Baltar. Siempre Baltar.

Nunca sabremos con certeza si este nuevo aparato fue lo que posibilitó sus cuatro mayorías absolutas. Pero sí que quien lo dirigía era Rueda. Y ahora que los expertos vuelven a coquetear con el resquicio de que el PP pierda en Galicia -es decir, no logre la absoluta-, será interesante ver cómo se desenvuelve Rueda -que hasta hace un año era un desconocido para gran parte de los gallegos- ante la nueva posibilidad de que el PP se rompa, otra vez, huérfano de su padre.