Ahora que el tema está de moda, analicemos una falsedad que se ha venido repitiendo acerca del presidente. Aclaremos: una falsedad elogiosa. Porque Pedro Sánchez considera malintencionadas aquellas opiniones que transmiten una imagen negativa de él, cuando es de justicia examinar también las que dan una imagen positiva. Seguro que el propio presidente estaría de acuerdo: solo un narcisista piensa que todo lo malo que se dice sobre él es mentira, mientras que todo lo bueno es verdad. Y quién duda de que es una insidia llamar narcisista a Sánchez.
Analicemos, entonces, la tesis -sostenida tanto por sus defensores como por muchos de sus críticos- de que Sánchez es un político valiente. Esta interpretación de su trayectoria parece confundir la audacia con la valentía. Sin duda, el líder socialista ha tomado muchas decisiones arriesgadas. En todas ellas, sin embargo, la orientación ha sido la misma: mejorar sus posibilidades de alcanzar y retener el poder. Desafiar al aparato de su partido, montar la moción de censura contra Rajoy, convocar elecciones generales tras el descalabro de las autonómicas de 2023, normalizar a sus socios, indultar a sus socios, amnistiar a sus socios, reformar el Código Penal al gusto de sus socios... Ordenen como quieran el rosario de audacias, y luego pregunten en cada caso: ¿aquello iba en contra de sus intereses políticos o a favor de ellos? ¿Aquello dañaba o reforzaba sus posibilidades de hacerse con el control del PSOE, de llegar a La Moncloa, de seguir al frente del Ejecutivo?
Creo que nuestra idea de la valentía implica cierta nobleza, cierta capacidad de trascender el propio interés. No encontramos nada de ello en las decisiones dizque valientes de Sánchez. Tampoco lo encontramos en el estrambótico episodio de la carta y los días de reflexión. Lo que habría hecho un líder valiente, al publicarse noticias preocupantes sobre la actividad profesional de su cónyuge, habría sido dar una rueda de prensa -o animar al cónyuge a que lo hiciera- en la que expusiera los hechos y ofreciera sus motivos para creer que no había en ello nada reprochable. En vez de esto, el presidente ha compuesto una estrategia de defensa populista, paranoide y corrosiva. No ha habido explicaciones: ha habido argumentario. ¿Valiente reacción? Valiente farsa.