Supongo que casos así se habrán dado antes en la literatura, pero quizá Juan José Millás sea el más insólito de los escritores de esta hora de España. No exactamente por el ajuar de manías, ansiedades, pánicos y demás arritmias, ni siquiera por la extravagancia de interesarse por casi todo con una curiosidad purísima que podría ser confundida con un comportamiento paranoide. Qué va, no es por ahí. Insólito es por la manera en que procesa la literatura dentro el cerebro. El suyo lo imagino sobrado de puertas que dan a espejos articulando una geometría de caparazón de artrópodo (por qué no) y de donde sale después una manufactura tan extraña que sólo puede ser cosa de Millás. Es a esto, de alguna manera, a lo que vulgarmente denominamos "estilo". El suyo está bien marcado y difícil de exprimir si no prestas atención, si te dejas confundir.
Así que ya tenemos algo: Juan José Millás es un escritor raro, un escritor distinto, un escritor que hace literatura tirando del hilo de sus sueños y de sus pesadillas: sueño y pesadilla son sus cuartos de jugar. Más o menos a la manera del mago que abre la boca ante el público y con las manos extrae muchos pañuelos de colores atados a una cuerda, porque sí. Millás es un escritor realista, aunque de la realidad de detrás de las cosas. Podemos llegar a decir, incluso, que está mejor integrado en los lugares de más difícil acceso de la imaginación. Si lees a Millás, si escuchas a Millás, si observas a Millás (¿no tiene cara de catedrático emérito en Filología Árabe?) aceptas que el timón de su vida lo maneja el subconsciente, pero a diferencia de la media de los seres humanos, no oculta el riesgo sino que lo aprovecha como motor de explosión, y además con el material de deshecho alimenta un anecdotario excitante, divertidísimo, contagioso, audaz, exótico, también propicio para infundir un terror imprevisto muy suavemente, al roce, como dispensan su veneno algunos animales.
Lo puedes leer de mil maneras, porque algo hay de cubo de Rubik. Leerlo combinando a placer los géneros: artículo, novela, cuento, reportaje, entrevistas en televisión o los asuntos de la Ser en el programa de Javier del Pino. Millás es una literatura que habla, por eso tiene todo el sentido en la radio. Durante años escribió en la biblioteca del Ateneo y allí estaba sentado cerca de Carmen Martín Gaite. Como sabe todo el mundo nació en Valencia para llegar de niño a Madrid y ser más de Madrid si cabe. Tiene 78 años. Conserva bien el pelo. Es flaco y de izquierdas.El camino lo ha hecho a solas, sin demasiados compañeros de viaje, su camino en las letras. Millás es más pariente de Kafka que de Camilo José Cela. Y más sobrino de Dostoievski que de Leopoldo Alas, Clarín, por ejemplo. No tiene una genética literaria fácil de vincular al territorio. Parece un autor español que podría haber sido francés y del grupo de Georges Perec; o italiano de la cofradía de Dino Campana; o portugués de la tertulia de Fernando Pessoa.
En 2020 inició una relación profesional con el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga. Millás empezó a preguntarle sobre asuntos remotos, cada vez más preguntas, y de aquella intriga ambiciosa, original e insatisfecha salió un primer libro formidable, La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara). Es el diálogo de dos hombres compensados entre sí por una inteligencia vibrante, afinada en distinto tono pero complementaria, dispuestos ambos a convertir la conversación aparentemente trivial en un manual de instrucciones para la existencia, en un espectáculo emocionante y también atroz. Los intelectuales de hoy son los científicos, pero Millás ni se arruga ni da el paso atrás en este diálogo de caverna platónica. En 2022 hablaron de esto otro: La muerte contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara). Y hace unas semanas regresaron con La conciencia contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara). Millás sale de paseo con unas gafas de sol, regalo de Arsuaga. Le quedan muy OK. Parecen su antifaz contra el desasosiego.
No me atrevo a decir que el territorio imaginativo de Millás viene en exclusiva del surrealismo. Decir eso es poco, como dejarlo sin cenar. El lugar de la literatura de Millás es la paradoja. Sin la extravagancia, lo imprevisto, lo irremediable y el pasmo habría quedado incompleto como escritor y como ciudadano, pues en cuanto a su discurso desconcertante y crítico no alcanzaría las cotas de autenticidad, costumbrismo lisérgico y sofisticación. Los mejores textos de Millás, a mi parecer, son una cacería por lo insólito. Y además un estado de alerta, porque la normalidad es el disimulo. La normalidad es una trampa hecha de pequeñas aventuras infames que él tiene el recato de presentarnos desde el humor. Cuida de no exhibirse en el pedestal, con el brazo extendido y señalando con el dedo índice el camino correcto de la historia. Sólo hay que leer con atención para adivinar cómo ha hecho del presente y sus desconciertos uno de los temas fundamentales de su obra. Sin voluntad de espectáculo levanta un antiteatro alejado de cualquier soflama de saldo, prefiere alumbrar el muestrario de daños. Millás -lo arriesgo todo- acumula trazas de realista social al que la realidad le ha jugado una mala pasada. Habrá quien lo vea sólo como un divertimento, pero la autopsia coral que hace es una lección muy seria.
Por fuera parece un tipo inofensivo, pero en cuanto aprendes a leerlo reconoces a alguien que ha aceptado no parecerse a nadie. Ni escribiendo ni hablando. Con lo que eso supone. Pero qué acierto. Y mientras ríes al leer o al escuchar sientes una espuma de pensamiento amargo, una sal adversaria. Es una de las manifestaciones de la legítima defensa. Por eso sigues riendo.