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Bajad las armas

Unamuno no venció, pero aún sigue convenciendo

Se distanció de Azaña y rechazó por igual los acercamientos de Falange cuando ganaron las derechas en 1933. Pero entre las dos trincheras ya no quedaba espacio para su tercera España

Unamuno no venció, pero aún sigue convenciendo
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Es justo que la Biblioteca Nacional dedique una exposición al hombre más libre de una España de fanáticos. Diez años tenía Miguel de Unamuno cuando vio entrar a las tropas liberales en Bilbao y sintió que su corazón de «niño viejo» cabalgaba con ellas como si fueran contradicciones. En el laberinto de causas políticas y controversias históricas que fatigó el menos cerebral de nuestros intelectuales parece fácil perderse, pero es más fácil encontrarse si tiramos del hilo intacto de su espíritu, que siempre toma partido infalible por el individuo y no la masa, por la dignidad y no la ideología.

Su congénito liberalismo le instaba a denunciar las inercias feudales de la Monarquía, el Ejército y la Iglesia, pero también «los radicalismos anticristianos y las progresistadas». Concurrió a una cátedra de euskera y se doctoró con una tesis sobre los orígenes de la raza vasca, pero eligió el teatro Arriaga para enterrar la utilidad cultural del vascuence, que debía desaparecer en favor del castellano. Procedía de comerciantes prósperos, pero arremetió contra el bizkaitarrismo del PNV por ser «instrumento de la burguesía reaccionaria». Se afilió al PSOE en protesta contra la explotación de los mineros, pero se negó a fundar una agrupación en Salamanca cuando se lo pidió Pablo Iglesias porque se sentía un «díscolo irremediable». Conoció, en fin, la condena a cárcel y el destierro en Canarias por sus feroces artículos contra Alfonso XIII, torpe avalista de una dictadura, sin dejar de apreciar la institución que «ha hecho la nación española, que ha establecido nuestra unidad».

La limpia vehemencia de Unamuno cifra un coraje moral que contagia incluso a sus contradictores. Reaccionando con furia al papanatismo de Ortega, propone españolizar Europa en lugar de europeizar España. Ortega lo llama «energúmeno». Pero cuando ocho años después el vasco es destituido injustamente de su cargo de rector en Salamanca, el madrileño le envía una carta: «Cuente incondicionalmente conmigo, con mi pluma y con mi mal genio».

La biografía de todo pensador honesto es una paradoja inagotable. La revista satírica El Diluvio titula en 1906: «Habló por fin Unamuno y no contentó a ninguno». El menos corporativo de los rectores esculpe en mármol «las tres principales preocupaciones del catedrático: el escalafón, el libro de texto y las vacaciones». Cuando Primo de Rivera lo sentencia a ocho años por delitos de imprenta, él se niega a pedir el «infamante e injusto indulto». Y desde Hendaya, pese a que el régimen llega a detener a su esposa Concha, redobla la violencia de sus invectivas: «No es lo peor de esta dictadura de generales que sean sifilíticos borrachos y jugadores, sino que son imbéciles, casi analfabetos, respirando odio y envidia a la inteligencia».

Pero el crítico más brutal de la monarquía evita sumarse al carro ganador de la asociación impulsada por Ortega y Marañón. Pudiendo haber optado a presidente, se conforma con ser concejal y diputado a partir de 1931. Y muy pronto la deriva particularista y el odio anticlerical le enajenan el afecto por la experiencia republicana. Durante el debate del Estatuto catalán, proclama: «No soy un diputado de partido ni uno castellano ni uno republicano, sino un diputado español». O también: «El autonomismo cuesta caro y sirve para colocar a los amigos de los caciques regionales». Abandona el escaño en septiembre de 1932. Se distancia de Azaña y rechaza por igual los acercamientos oportunistas de Falange cuando ganan las derechas en 1933. Pero entre las dos trincheras ya no queda espacio para su tercera España.

Se adhiere al levantamiento franquista en defensa de la civilización cristiana, que ve amenazada. Azaña lo expulsa del rectorado. Franco lo repone en él. Pero enseguida le espanta la simétrica vesania de los sublevados: son los «hunos» y los «hotros». En tal estado de ánimo improvisa su célebre elegía de la razón desde la tribuna del paraninfo, entre Carmen Polo y Millán-Astray. El rector es cesado de nuevo y sometido a arresto domiciliario hasta que muere dos meses después. Franco orquesta entonces un funeral propagandístico, seguro al fin de que el cadáver no se levantaría para contradecirle.

«Temo que mueran mis palabras en los libros», nos confiesa su voz grabada al final del recorrido. La voz que nunca venció y que sigue convenciendo.