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Estoy que trino

Periodistas confundidos en Twitter

Twitter ha confundido al periodista haciéndole creer que era alguien trascendente en vez del tipo escurridizo, cínico, pelota, camuflado a ambos lados de la información, dispuesto a decepcionar

Elon Musk, el dueño de Twitter, ahora X, en una gala de Donald Trump
Elon Musk, el dueño de Twitter, ahora X, en una gala de Donald TrumpJoe RaedleGetty
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Empiezo a teclear mientras le hago el scroll a Twitter. El periodista tiene una pulsión por mantener una relación más cercana con la aplicación -la puerta del baño de Internet- que con algunos familiares. La adicción ha mutado a la especie. El periodista abandonó la crisálida del misterio y del humo y las madrugadas, de la calle y los personajes, y ya está en otro barrio, más cerca de las rutilantes estrellas televisivas; más limpio, tiene los movimientos ególatras de los futbolistas; más infantil, dilapida el crédito conseguido con un desliz megalomaníaco pegado a un hastag.

Twitter es el túnel de Lluvia de estrellas para una generación de hombrecillos y mujercitas de redacción que han hecho autorreferencial, incapaz de plantear preguntas, obstinado y aleccionador al animalillo con carnet de prensa. El periodista clásico era otra construcción romántica repleta de clichés, una mezcla entre Nosferatu y Pocholo que lo hacía confiable. Un periodista vale exactamente la confianza que traslade al otro lado del folio. Las cientos de horas invertidas en pasar del lector, contarle obviedades, engañarlo con algunos titulares o llevarle la opinión federada por los políticos han acabado con la relación más antigua del mundo.

Los periodistas más teóricos también encontraron en Twitter un modo más sucio de menoscabar su trabajo: dejarlo en mano de los lectores. Lo llamaron periodismo ciudadano. Consistía en recolectar vídeos y fotografías de los usuarios y pegarlos al tablón del periódico. Pensaban haber descubierto el secreto. Abrieron las puertas de este territorio, del imperio de los hechos y las opiniones con talento, a los salvajes. Los periodistas más vagos hallaron en Twitter la verificación: las operadoras factchequeadoras hacen a la verdad lo que esos pisos turísticos al centro de las ciudades.

Y en este punto, con todas las consideraciones clásicas derribadas, el periodista y los periódicos deciden huir de Twitter como víctimas y pierden el disfraz en la carrera como unos pobres payasos desahuciados. Son la mofa de los agentes no cualificados que practican la verificación con las notas de comunidad, el periodismo ciudadano impulsado por las cabeceras y ofrecen -a veces- algunos puntos de vista más originales sin estar mantenidos por ningún jefe de prensa. Twitter ha confundido al periodista haciéndole creer que era alguien trascendente en vez del tipo escurridizo, cínico, pelota, camuflado a ambos lados de la información, dispuesto a decepcionar.