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Bajad las armas

La España que soñaba el mejor periodista catalán

Gaziel, de cuya muerte se cumplen 60 años, no ignoraba que sus opiniones le enajenarían el favor del nacionalismo militante, pero fue fiel a su lema profesional: «Hablar en público como si lo hiciese ante mi conciencia»

El periodismo de 'Gaziel' se distingue por su elegancia y clasicismo.
El periodismo de 'Gaziel' se distingue por su elegancia y clasicismo.BIBLIOTECA DE CATALUNYA
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En la tórrida noche del 1 de agosto de 1914, todavía conmocionado por la noticia, un joven catalán se sienta a escribir la primera entrada del diario que lo convertirá en una estrella: «Hoy también hemos sabido que Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Ya no queda ninguna esperanza».

Se aloja en la buhardilla de una pensión parisina no lejos de la Sorbona, donde estudia Filosofía. Pero Agustí Calvet no será filósofo. Aunque a sus 26 años atesora una vasta formación humanística, experimenta también la pasión por la actualidad y la vocación de influencia. Su padre, tan fenicio como el de Pla, quiso que fuera notario; pero Calvet, como Pla, contestó sin reservas a la llamada de la literatura de observación: la expresión más noble del periodismo. Su nombre de guerra será Gaziel, y a los 60 años de su muerte aún brilla con fuerza en la constelación de los grandes cronistas de la Edad de Plata, que no solo iba a dar poetas, dramaturgos o pensadores: Pla, Chaves, Camba, Ruano, Fernández Flórez, Xammar, Barga o Assía. Todos maestros en el arte liberal de la distancia justa.

Gaziel es una retina prodigiosa asistida por el dominio absoluto del canon. El diario apenas abarca el primer mes de la Gran Guerra: no le hizo falta más. Sus notas son un sismógrafo ultrasensible que registra la intrahistoria de la Historia desde el microcosmos de su pensión, reflejo a escala del desconcierto mundial. Reportero de retaguardia atento a la mutación de la costumbre, nuestro estudiante documenta el vertiginoso paso de la inquietud al miedo, de la hospitalidad a la xenofobia, del pacifismo sincero al heroísmo marcial, del rancio clasismo a la emocionante solidaridad frente al enemigo que avanza hacia París. Cuando Miquel dels Sants Oliver leyó aquellas notas hizo exactamente lo que se espera de un director de periódico: ficharlo inmediatamente. Quizá no haya vuelto a tener La Vanguardia una firma como la suya. Y ha tenido muchas admirables. En las Pláticas literarias que en este año de efeméride ha editado el profesor Fuster yo he redescubierto el ritmo elegante de su estilo, más retórico que el de Pla, pero siempre implacablemente preciso, de una finura neoclásica y una plasticidad casi tridimensional. Pero sobre todo he admirado su honestidad de juicio, que no se casaba ni con los suyos, incapaces de elevarse hasta su posición crítica y autocrítica.

Catalanista de primera hora, en tiempos del noucentisme y de la Lliga, no dejó de fustigar el filisteísmo de esa burguesía ancestral a la que él mismo pertenecía. «Nuestra suave mediocridad, nuestro seny racial, nuestra pequeñez encenagada en la minucia del vivir cotidiano nos incapacita para experimentar las supremas tormentas del alma», anota a propósito de una representación de Shakespeare en el Romea. Coincide con la tesis joseantoniana cuando señala «toda la enorme facultad de añoranza de que somos capaces los catalanes, reputados de gente práctica y aferrada al negocio, pero escandalosamente sentimentales en el fondo». Y apunta a las fuentes mismas de la eterna insatisfacción catalana cuando reconoce: «La Renaixença es una rara clase de Renacimiento: tiende a la Edad Media». Gaziel no ignoraba que tales opiniones le enajenarían el favor del nacionalismo más militante, pero prefirió ser fiel a su alto lema profesional: «Hablar en público como si lo hiciese ante mi propia conciencia».

Su precoz descubrimiento de Madrid y de España entera («Ciudad que huela a vergel, en todo el mundo no hay más que Sevilla») le vacunó contra la mezquindad de los propios sin dejar por eso de anhelar más comprensión del centro hacia la periferia. Deplora, eso sí, que el liberalismo castellano haya sido antes una excepción que la norma. «¡Cuál podría ser todavía el destino de la Península Ibérica si en Castilla, la verdadera ama de la danza peninsular, florecieran los espíritus del tipo de Marañón! ¡Y si entre nosotros, los catalanes primero y los otros periféricos, hubiese también una gran comitiva plenamente comprensiva!», escribe en 1960, a la muerte del médico eminente que fue su amigo.

Quién sabe, efectivamente, qué hermoso destino español nos esperaría si todos honrásemos el pacto firmado 18 años después.