Hace dos años tuve la oportunidad de hablar con el doctor Ezekiel Emanuel, oncólogo que en su momento provocó un cataclismo en el ámbito médico y en la opinión pública cuando escribió un artículo en el que planteaba por qué quería morirse a los 75 años. No se trata de un iluminado. Emanuel es un referente mundial en el campo de la bioética y uno de los arquitectos de la mayor reforma sanitaria de la historia de EEUU.
«Es una decisión personal, no pretendo convencer a nadie ni que cambien las políticas públicas», me dijo con enorme claridad en la entrevista que le hice para un reportaje que escribí sobre la obsesión de Silicon Valley por la inmortalidad. Emanuel tenía una postura totalmente contraria frente a los que buscan prolongar la vida a toda costa.
Su idea es dejarse morir a partir de 2033, cuando alcance la frontera que se había marcado, que para muchos parece prematura. Cumplidos los 75 si enferma de cáncer ha decidido no recibir quimioterapia ni antibióticos si es presa de una infección. Tampoco aceptará vacunas. Su decisión la justifica al considerar que ha vivido una vida plena que no quiere contaminar con una decrepitud física e intelectual. Es un dejarse marchar respetable. Eso sí, Emanuel se muestra totalmente contrario a la eutanasia.
El pasado viernes a las tres de la tarde, Luis Acebal recibió en su casa de Madrid la asistencia sanitaria para morir que había solicitado. Este teólogo y ex sacerdote había hablado antes con el periodista Pedro Simón en este diario sobre esta decisión que definió como liberadora a sus 88 años y bajo la tiranía de un cáncer de vejiga y una insuficiencia renal.
Decía Albert Camus que el suicidio es una forma de rendición incompatible con la esencia del hombre absurdo y el único problema filosófico serio. Puede que se equivocara y que el conflicto realmente interesante no sea acabar con nuestra propia vida sino el suicido asistido.
Desde la aprobación en España de la ley de Eutanasia en 2021, se ha detectado que nueve de cada 10 casos son de eutanasia y no de suicidio asistido. En este proceso regulado con un estricto protocolo que exige la presencia y el control de un equipo médico, casi todos los pacientes eligen que sea el sanitario quien administre por vía intravenosa la sustancia mortal a ingerirla por vía oral ellos mismos. Esta delegación genera al parecer menos incertidumbre y más sentimiento de acompañamiento. Somos más proclives a delegar el suspiro final. Aunque sea a un desconocido.
Sobre este dilema habla una miniserie inglesa estupenda que se llama True Love y puede verse en la plataforma Filmin. Tiene un punto de partida tan cautivador como escalofriante. Un grupo de ancianos se reúne en el funeral de un amigo de la pandilla y llegan al acuerdo de ayudarse a morir si uno de ellos enferma gravemente y su existencia se hace insoportable. Tendrán que enfrentarse a un conflicto moral, al riesgo penal de ese acto y, sobre todo, demostrarse a sí mismos si matar a alguien que sufre es un acto de amor que puede procesar nuestra conciencia.
A Camus le habría gustado.