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Mark Zuckerberg, el negocio de cambiar la vida por su plagio

El Fundador de Facebook y Meta también se alinea ahora con los principios de Trump. Su compañía tiene 2.400 millones de usuarios. Ha renunciado a los verificadores de sus plataformas, permitiendo así la barra libre de bulos, de manipulaciones. Es su momento para el gran asalto

El fundador de Facebook y Meta, Mark Zuckerberg.
El fundador de Facebook y Meta, Mark Zuckerberg.AFP
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A los 20 años, Mark Zuckerberg inventó algo que no existía: Facebook. Una amable red social lanzada desde un cuarto de estudiante de la Universidad de Harvard, el 4 de febrero de 2004. Zuckerberg miraba el mundo con asquito, como a una reliquia, y se propuso ampliarlo por donde nadie lo había hecho: estirando la realidad hasta lo incalculable, hasta el destrozo. Facebook fue una idea monumental donde nada es lo que parece y todo parece dispuesto para escapar, como en las vacaciones, las fantasías y los devaneos.

Por entonces Mark Zuckerberg era el raro de clase con trazas de genio tecnológico y perverso entregado a armar una comunidad risueña. En poco tiempo, Facebook espigó hasta convertirse en una compañía imparable, manejada con ansia total, compleja y opaca, capaz de extraer de los clientes los datos necesarios (o sea, todos los datos) para conformar un negocio gigante: el de sistematizar los gustos de la masa, los apetitos de la masa, los secretos de la masa, los vicios y placeres de hombres y mujeres locos por buscarse y encontrarse en Facebook dejando sus huellas al aire. Tanto entregaron de sí mismos que ahora es más fácil saber qué buscan, qué quieren, qué dudan, y manipularlos un poco. Ahí está el eureka. Facebook fue el centro de alto rendimiento de un universo por estrenar, con 2.400 millones de probetas (usuarios) embriagadas por el placer de encontrar a ese amigo del que hace 20 años dejaron de ser amigo. Por decirlo en corto.

Con un aliño de criatura sobrenatural, Zuckerberg, tan cavernoso, estrenó una nueva astronomía. Pronto se encaramó a las listas de los multimillonarios siderales. Desarrolló una estética de sudaderas grises con capucha, vaqueros y zapatillas New Balance. Un disfraz como otro, pero con el que acuñó el tiempo millenial y reventó las costuras de un mundo viejuno que él y su banda estaban dispuestos a elipsar como un aro elástico. Cuando el invento de Zuckerberg no tenía marcha atrás empezó en verdad la fiesta.

Después estrenó Meta, algo ciertamente horrible. Un desarrollo de realidad virtual presentado como un parque de atracciones naïf preparado para desplegar y saciar instintos muy raros. Igual puedes ver un amanecer sin amanecer que reunirte con tus compañeros de trabajo para nada o participar en una masacre virtual que a lo mejor mañana decides trasplantar a este otro lado a ver qué. Meta es una juguetería infantiloide donde cualquier perversión es posible. Y es que las redes sociales y las arcadias virtuales, empezando por WhatsApp, conforman una golosa red de espionaje y una imparable panificadora de bulos. Todo en uno. Amenazan la libertad (individual, de expresión, de prensa) y, por defecto, derechos civiles, y por lógica democracias. Ahí está, a la vista.

Zuckerberg, Elon Musk, Jeff Bezos o Greg Brockman (de Open AI) son algunos de los activistas del volantazo en esta parte del mundo. Casi todos han mutado oportunamente sus credenciales políticas en estos cuatro años. Pecunia non olet (Vespasiano, dicen). El otro día acudieron en bloque a la ceremonia de investidura de Donald Trump. No están alineados con el cambio de paradigma: ellos son el paradigma del cambio. Ray Bradbury lo reproduce mejor en la Feria de las tinieblas: "¡Eh -gritó Will-, la gente corre como si ya hubiera llegado la Tormenta!... ¡Llegó -gritó Jim-, la tormenta somos nosotros".

Hace un soplo, cuando Trump empujó a los bárbaros al Capitolio, Zuckerberg dio orden de bloquear las cuentas de Facebook e Instagram de Trump para garantizar la democracia. Y lanzó un comunicado contra el asalto: "Implica el uso de nuestras plataformas para incitar a la insurrección violenta contra un gobierno elegido democráticamente". (El de Joe Biden). Por entonces algunos fangos lo cercaban: el tinglado de su moneda digital -llamada Libra-, la no verificación de anuncios políticos y el mercadeo con datos privados de Cambridge Analytica. El mozo es un ticket regalo.

Es difícil prever a dónde llegará Meta, la Inteligencia Artificial, los cohetes a Marte. Eliminar los verificadores de su red social (como si sirviesen de algo) es el aviso. ¡Viva la vida! En otro momento podríamos haber dicho que Zuckerberg es un traidor porque incumple las reglas originales con las que fundó el negocio, hoy al servicio de causas turbias y fantasmagóricas. Con Meta ofrece la posibilidad de vivir otras vidas, de probarse otros nombres. Él seguirá, mientras tanto, trajinando en la realidad. Cuanta más gente mire la nada con gafas estereoscópicas, mejor será el ataque por la espalda para colarse más adentro en su espesura, para desquiciar a cualquiera. No proponen una alternativa, sino una sustitución: la vida por su plagio. No ofrecen otra existencia, te sacan de la que tienes a cambio de una irreal que sólo está en tus ojos codiciosos, distraídos, que a su vez ven engañados.

Para Zuckerberg es el momento del asalto. Anunció Meta como una copia mejorada de la realidad, cuando en verdad es un proyecto de incautación, de falsificación. Lo vemos en las redes sociales, que son la sala de espera del desconcierto, del trampantojo, una redada contra la lógica o el sentido común. Valen más para odiar, mentir y justificar tonterías que otra cosa. Son una estrategia consumada de indefensión. De desmemoria. El negocio es formidable: jugar a ser dios con un fusible y un dedo. La barra libre empieza. Salud a todos.