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La Europa postheroica

Trump, ese canalla de reality, tenía razón el viernes ante Zelenski cuando le espetaba que ya no tenía soldados

La Europa postheroica
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(Ejercitar) Pasé parte de la semana reuniendo informaciones y comentarios de militares españoles sobre la defensa y la guerra. Uno de ellos acababa nuestra conversación con la famosa frase de Jean Monnet, en su Mémoires (Fayard, 1976): «Siempre he pensado que Europa se haría en las crisis y que sería la suma de las soluciones que se dieran a estas crisis». En efecto, Europa no ha sido nunca el resultado de un solo acto. El militar añadía: «O esta crisis se resuelve con un gran acto de creación o se llevará por delante a la Europa que conocemos y amamos». Y es de este final del que voy a partir.
Cuando acabó la Guerra Fría, Europa tomó una decisión racional: reducir su inversión en Defensa. Había caído el Muro y había acabado la Historia, según la vulgata que se hacía de Fukuyama. El nacionalismo, que causó las dos guerras mundiales del siglo XX, y el autoritarismo eran amenazas del pasado. La democracia liberal había vencido. Los ejércitos europeos siguieron siendo ejércitos, pero en miniatura. Lo dijo bien Josep Borrell: ejércitos bonsái. Desde principios de este siglo los recursos de la defensa europea han estado por debajo del 2% del PIB. Al fin de las amenazas seculares se unía la justificación de que los americanos acudirían siempre al rescate. Los europeos trataron de pagar la deuda acompañando a Estados Unidos en su transitorio afán de democratización del mundo. Acompañándolos, pero sin apenas muertos. Nadie como España llevó la desinversión en defensa hasta el extremo. En 2019: 0,9%. En 2020: 1%. En 2021: 1%. Hoy está en el 1,3%. Los militares suelen tener en la cabeza a Napoleón. Sus tres necesidades imprescindibles para la guerra fueron: «Dinero, dinero y un poco más de dinero». Pero uno de esos militares, Teodoro López, jefe del Estado Mayor de la Defensa, matizaba hace unos meses que el dinero debe gastarse en el clásico Si vis pacem: «Aunque mantener una disuasión efectiva sin duda es caro, en términos económicos el conflicto armado lo es mucho más. Pero si encima se pierde, es absolutamente inadmisible» (La Verdad, 14 de marzo de 2024). Europa observó perpleja, con ejércitos subfinanciados y una cultura de defensa casi inexistente, la Ucrania invadida. De repente se veía a sí misma como la vio el citado Borrell: «Una herbívora en un mundo de carnívoros». La perplejidad ante la guerra fue la sorpresa de no tener con qué hacer la guerra.
Los ucranianos, sin embargo, no tuvieron otro remedio que hacerla. Muchos militares españoles han estado y están en contacto con sus compañeros ucranianos. Allí. Pero también aquí: instruyéndose en las unidades y curándose en los hospitales. Las cifras que revelan son desoladoras. La población, la primera: ha pasado de 40 a 30 millones en apenas tres años. Ocho millones de ucranianos han huido al extranjero. Otro millón está combatiendo. Y el último que queda son heridos, prisioneros o forman parte de la población de los territorios ocupados. Es verdad que Rusia no ha ganado la guerra y el avance de sus tropas es mínimo. Pero Ucrania encara un grave problema de reclutamiento. Trump, ese canalla de reality, tenía razón el viernes ante Zelenski cuando le espetaba que ya no tenía soldados. El gap entre sus necesidades y lo que puede reclutar es aproximadamente del 30%. Esta falta de efectivos se ha compensado en parte con la tecnología. Solo en lo que va de año Ucrania ha usado más de 40 mil drones en el campo de batalla. A pesar de ello, hay una palabra que se repite en Kiev y en todos los que llegan de Kiev. Es colapso. La ayuda norteamericana no va a continuar. Y la ayuda europea es insuficiente para proseguir la guerra. Tiene razón el canalla show: solo de Estados Unidos depende cuánta derrota se añada a la paz. Europa no tiene armas. Ni tampoco tiene hombres capaces de morir por Europa. Desde 2022 todos los que han muerto por Europa son ucranianos: ahí acaban todas las declamaciones.
La cándida pereza europea no solo afecta a la inversión. Hay un problema profundo de mentalidad que aflora allá donde se excave. El Pacto Verde europeo, por ejemplo. Establecía regulaciones que excluían o limitaban la financiación a sectores que no se consideraban sostenibles o éticos. Entre ellos la industria de defensa. El resultado fue que bancos e inversores europeos abandonaron el sector o restringieron su financiación. Pero además de dinero hace falta investigación. Bastará este titular de hace 20 años del diario El País: «Once universidades renuncian a desarrollar investigación militar». Es muy instructivo leer los estatutos de la Universidad Autónoma de Madrid o de la de Barcelona. Esta frase, por ejemplo, del capítulo de contratación de la universidad madrileña: «Quedan excluidos aquellos contratos y cursos que sean de naturaleza bélica y cuyos resultados deban ser secreto militar». Y esta de los Principios de actuación de su homóloga barcelonesa: «La Universidad fomenta la cultura de la paz, el progreso social y la igualdad, y renuncia a la investigación directamente orientada a finalidades militares».
117.000 militares forman las Fuerzas Armadas españolas. De ellos, 75.000 pertenecen al ejército de tierra. No llenan ni donde Mbappé. La profesionalización de las Fuerzas Armadas –un resultado, por cierto, del Pacto del Majestic– coincidió con la austeridad a que obligó la adopción del euro. Lo que condujo a nuevas reducciones de unidades y personal, a la limitación del mantenimiento y a las dificultades de adquisición de nuevos materiales. El reclutamiento no funcionaba por las míseras condiciones económicas que se ofrecían en aquel tiempo de bonanza. Pero antes de mejorarlas se optó por una solución que lo dice todo, absolutamente: la reducción a 70 del coeficiente intelectual mínimo de los nuevos alistados. En las Fuerzas Armadas modernas queda poco lugar para estos coeficientes. Los medios son tecnológicamente complejos, incluso en primera línea de fuego. El reclutamiento mejoró a partir de 2006 con la Ley de Tropa y de Marinería y la crisis acabó haciendo el resto. Pero otra vez están surgiendo dificultades para completar la plantilla de las unidades que más sufren en combate. Y esto ocurre en tiempos de paz –relativa. Ahora cabe imaginar lo que sucedería ante una guerra, por limitada que fuera, en una comunidad de hijos únicos y perros ya con hermanitos. No es posible sostener un Ejército con la natalidad bajo mínimos. Otra vez Napoleón, ahora contemplando la inmensa línea de cadáveres franceses en Eylau: «Une nuit de Paris réparera tout cela».
La palabra ejército procede del latín exercitus, que significa «ejercitar mucho». La vida del Ejército no es la guerra, sino la preparación permanente para la guerra. En los últimos años se ha trasladado sin matices la legislación de la conciliación laboral a las Fuerzas Armadas. Un padre o una madre con hijos menores de 12 años está en su derecho de no acudir a maniobras. Se concilia. No se ejercita. Un inmenso despropósito. Valdrá el ejemplo imaginario de los bomberos, un servicio 24/7. El conductor concilia de 8 a 10, el responsable del grupo de presión de agua, de 13 a 14. Por lo que el turno de 8 a 15 solo está disponible para actuar de 10 a 13 y el resto de las horas no puede acudir al incendio. No solo un despropósito. Un fraude a la comunidad. Luego está la disciplina. España ha alineado su legislación militar disciplinaria con la de Europa. Para decirlo con suavidad: una legislación adecuada a la Europa postheroica en la que la cobardía es incluso un valor.
De modo que este es el escenario. Un protectorado abandonado por su protector. ¿Ejército europeo? Mark Rutte, el secretario general de la OTAN, cifra en cinco años la formación de ese Ejército. Un brindis al sol, que en cualquier caso no ilumina la siniestra zona de sombra en Ucrania. Hay ejército cuando hay Estado. Sin Estado, solo hay mercenarios. Mis militares creen que la única salida realista es fortalecer el pilar europeo de la OTAN. Por ejemplo, Europa ha de tener sus propios Awacs, los aviones de detección temprana de amenazas, o sus propios Himars, el sistema de lanzamiento de cohetes de artillería que, aun con las limitaciones impuestas por Estados Unidos, usa Ucrania. Esto exige mucho gasto. Adquirir las capacidades del que las tiene, que son inevitablemente los americanos, ahora sometidos al canalla Survival, e invertir en I+D para desarrollarlas autónomamente en el futuro. Pero hay una condición: Europa debe unir sus industrias de defensa. Y eso lo pondrá difícil el nacionalismo. Los nacionalismos.
Los europeos quisieron expulsar a la guerra de la realidad. En estos casos se echa mano de una frase –mejorada– de Ortega, de La rebelión de las masas: «Toda realidad ignorada prepara siempre su venganza». Va bien aquí Ortega. Unas líneas después escribía: «Europa será la ultranación». A diferencia de tanto imbécil de nuestra época, sabía manejar el prefijo.

(Ganado el 1 de marzo, a las 12:21, enterado de que Donald Trump va a hacer del inglés la lengua oficial de Estados Unidos, porque este rústico provinciano ignora que el inglés es la lengua oficial del mundo).