Tan pronto descarriló la intentona secesionista de 2017, los maestros cantores del catalanismo hicieron virar el relato -es decir, la ficción- que daba combustible ideológico a su defraudada base social. Si en la década previa las tintas se habían cargado en el trato vejatorio que España dispensaba a Cataluña -el famoso «España nos roba»-, el postsecesionismo redujo el foco de la diatriba al centro de la meseta: a Madrid, para más señas. Conforme al renovado estribillo, el proceso independentista había sido culpa de la capital española, fortín de egoísmo entallado por la M-30. Ya no era España el peor problema de Cataluña, sino un Madrid insolidario el más acuciante problema de toda España, en particular de las postergadas ciudades medias del interior (el cambio de partitura hizo que brotara del alma de más de un comentarista barcelonés una súbita inquietud por los destinos de Soria o de Zamora). La consigna prendió, ayudada por la claque sociata, incómoda con los denuestos a extremeños o andaluces, pero pronta a zurrar a la más ínclita región recusante del credo sanchista.
Para prevenirnos de los chichones mentales que la nueva cantinela puede causar, hay que leer con avidez Madrid DF, ensayo del joven arquitecto y urbanista Fernando Caballero. Es uno de los libros más importantes aparecidos en España últimamente. Cabe resumir su tesis así: el crecimiento de Madrid no está exento de contraindicaciones, pero hay que verlo ante todo como una gran oportunidad para todo el país. Caballero nos sitúa en un mundo donde las economías de aglomeración propulsan a un selecto haz de ciudades globales. Siendo esta tendencia inexorable, Caballero razona, con sentido común armado, que a cualquier español le interesa que su ciudad global de referencia se halle a tres horas de autobús y hable una lengua familiar. Si queremos evitar que muchos españoles cualificados emigren a destinos lejanos e inhóspitos, el área metropolitana de Madrid debe ganar una masa crítica de diez millones de habitantes, concertando su crecimiento con las regiones limítrofes. Para estas, Madrid será un astro que calienta o un agujero negro que succiona en función de su mejor o peor conexión con la capital. A Segovia, Toledo o Guadalajara, el desarrollo de Madrid les hace ganar población; la pierden las peor conectadas Ávila, Talavera o Sigüenza. Rico en matices y atento a toda objeción, justa o injusta, que se pueda hacer a su propuesta, el libro de Caballero inspira, por lo demás, cierta melancolía por la España que pudo ser: un país organizado alrededor de sus grandes y maravillosas ciudades y no en torno a sus altivas y ensimismadas regiones. Al vínculo con Barcelona, ciudad que Caballero admira, dedica el autor bastantes páginas, convencido de que la cooperación entre ambas metrópolis españolas es posible. Así lo sugiere que este libro-manifiesto lo haya editado Arpa, pujante sello barcelonés, mostrando que es posible volar por encima de las consignas y huir del deprimente cerco que nos impone el pensamiento de suma cero.