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Nadal, el triunfo de la épica en el deporte

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Rafael Nadal es grande dentro y fuera de la pista: en unos tiempos en los que la fama o la relevancia pública no suelen ir acompañadas de altura ética, su deportividad, su elegancia en el trato al contrincante y su sentido patriótico hacen de él un excelente embajador de la marca España.

Rafa Nadal, con el trofeo en sus manos.
Rafa Nadal, con el trofeo en sus manos.FIONA HAMILTONAFP

Rafael Nadal ha vuelto a romper la lógica de lo probable. El mejor deportista español de todos los tiempos adquirió ayer la categoría de leyenda al ganar el Open de Australia y se convierte en el primer tenista en la historia que suma 21 títulos de Grand Slam. Mas allá de este icónico hito, las circunstancias que rodean esta última victoria del manacorí engrandecen aun más la gesta: Nadal jugó con una fractura irresoluble en el pie, lo que ha convertido el dolor en una constante en la pista y en su vida; por si fuera poco, pasó recientemente el covid y aún sufre las secuelas de la infección en forma de problemas gástricos y cansancio, entre otras limitaciones físicas. Y, en una remontada espectacular de las que hacen afición, se hizo con el partido tras perder los dos primeros sets, una hazaña solo vista en este tipo de finales en seis ocasiones anteriores desde que existe el gran circuito del tenis.

Es por ello que con Rafael Nadal todos los adjetivos se quedan cortos, todo es poco; hasta los superlativos son insuficientes para tallar la magnitud deportiva del gigante balear. Es algo que este diario tiene claro desde hace mucho tiempo y por ello lo nombramos Personaje del Año en 2019, «un tributo a su carrera y una señal de gratitud y admiración», como publicamos entonces.

En el momento de recapitular lo que Nadal supone para el deporte, más allá de su competencia en la pista o quizá precisamente por lo que demuestra sobre ella, resulta oportuno destacar el bagaje de valores personales y cívicos del tenista, que bien pueden ser propuestos como ejemplarizantes a una sociedad siempre amenazada por el recurso a la indiferencia y la búsqueda del éxito fácil. Más aún entre los jóvenes, tantos expuestos a la tiranía del postureo en redes sociales y desarmados por el desprecio a la cultura del esfuerzo. A ellos, y a todos, hay que recordar que ayer Nadal consiguió hacer posible lo que parecía imposible gracias a su disciplina personal, su capacidad de sacrificio, su tolerancia al fracaso y la búsqueda de la excelencia, entre otros valores.

Rafael Nadal es grande dentro y fuera de la pista: en unos tiempos en los que la fama o la relevancia pública no suelen ir acompañadas de altura ética, su deportividad, su elegancia en el trato al contrincante y su sentido patriótico -del que da cuenta con serenidad, sin alharacas- hacen de él un excelente embajador de la marca España por todo el mundo. Finalmente, conviene recordar aquí su responsabilidad ante la pandemia y las palabras con las que respondió al envite de Djokovic al Gobierno de Australia: «El mundo ya ha sufrido lo suficiente como para no cumplir las normas».

A estas alturas, queda claro que ya es imposible escribir la historia del deporte sin consignar un capítulo a glosar la figura del tenista español. Valga de muestra la corta pero rotunda afirmación de otro grande del tenis, John McEnroe, tras la clasificación de Rafael Nadal para el Open australiano: «No es el mejor tenista, sino el mejor deportista que he visto nunca en cualquier disciplina».

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