Inteligente, culto y cultivador de viejas estampas de La Lidia. Luis Francisco Esplá (Alicante, 1957) gastaba trajes antiguos, un concepto luminoso y alegre, la idea de un espectáculo global. Adquirió rango de maestro en el dominio de la escena, sabio de los terrenos, conocedor del toro y los públicos. Creó una tauromaquia mediterránea que entroncaba con los juegos cretenses, la infancia en la escuela taurina de su padre que de noche funcionaba como cine de verano. Transcendió la imagen al uso del torero, estudió Bellas Artes y leyó a todos los estetas, buscó canales con otras disciplinas artísticas y prefirió la consideración de «toreador». De la vida y los ruedos. Se dejó en ellos 35 años de profesión y alcanzó la categoría de «torero de Madrid» en 90 tardes. Ninguna placa lo recuerda en Las Ventas. «Ni la quiero, no es soberbia», dice. Igual habla con Miquel Barceló de las fuerzas centrípetas y centrífugas de los círculos del toreo que con el Rey de España de los secretos de la bravura en una barrera de la plaza de Valencia.

"Yo soy el que mejor ha toreado de todos los tiempos"

"Ya nadie dice la verdad"
- ¿Qué relación ha sostenido con los animales?
- Íntima. Mi acceso al toreo es por vía de la etología. Viví en Alicante en un mundo especial. Un sitio que por la mañana funcionaba como escuela taurina y por la noche como cine de verano. Las vacas invadían cualquier acontecimiento con su presencia. Y eso te va involucrando en una forma de vida. Una de mis pasiones era penetrar en ese mundo animal. Me ponía en los comederos y me cubría de paja. Las vacas me iban descubriendo según se la iban comiendo. Me daba un cague que me moría. Esas historias fomentaron mi relación con el toro.
- Se da en usted el libro de Ortega, La Caza y los Toros.
- Siempre mantuve una ética muy exigente con el animal. Cazar no era el simple hecho de abatir un animal. Era rececharlo, descubrirlo y pensar, descender a lo más básico del ser humano como animal. Somos en definitiva una criatura más. Y ese descender a lo más básico suponía descubrirte en ese aspecto totalmente primario.
- En qué momento la sociedad le dio la espalda a la muerte?
- Un periodista comentó a José María Pemán en una entrevista que en España se hablaba muchísimo de la muerte. Y Pemán respondió: «En España se habla de lo que se sabe». La relación con la muerte empieza a perderse cuando el hombre se hace totalmente urbanita, cuando pierde la relación con la naturaleza, con los ciclos, con la vida y con la muerte. A partir de ese momento, la muerte empieza a crearle al ser urbanita un conflicto grave.
- Los muertos se dejan de velar en las casas. ¿Nacen los tanatorios para evitar cualquier contacto?
- Es que la muerte en el campo era un hecho natural. Velar al muerto en la mesa del comedor no generaba ninguna aprensión. Después se volvía a comer allí. Ahora tú pones un muerto en la mesa del comedor y hay que quemar la mesa y el comedor. Si no sabes convivir con la presencia de la muerte, tienes un problema existencial.
- ¿Por qué se sucede el alejamiento de la izquierda del mundo rural y los toros?
- Es que ha cambiado completamente la izquierda. La izquierda antes estaba más cerca del campo. Incluso nace en el campo. Todos los movimientos de izquierda se inician primero en el campo y después en la industria. Pero primero en el campo, que era donde más miseria había. La industria garantizaba cuanto menos un sueldo. Ahí empieza a fallar la izquierda, en su olvido del campo. Hay una vuelta a la ecología pero es una ecología fatalmente planteada. Es una ecología de laboratorio con un componente de piedad hipócrita.
- ¿Le ve futuro a la fiesta brava?
- Sí porque contradice absolutamente todo lo que la ciencia, la sociología y la industria proponen. Es todo lo contrario. Nos reconocemos en los toros porque participamos en una ficción. Todas estas ficciones nos ayudan a sobrellevar nuestros problemas existenciales. El hombre ha vivido mintiéndose constantemente. La religión, el arte, todo eso son esas mentiras que lenifican la vida. Tendremos que vivir como los cristianos en Roma, los judíos en Alemania y los ucranianos a orillas de los rusos.
- Como un arte subversivo.
- Exacto. Y en tensión siempre. Además como el arte es inútil, no tiene ningún contenido práctico, sólo a nivel metafísico, nos proporciona sensaciones de beatitud. No tenemos argumentos para defender algo que no tiene una repercusión. Hay otra cuestión que me fascina. Y es que en el círculo mágico de una plaza de toros se pierde absolutamente la entidad política, de ideologías, de estatus social. O sea, el ser humano entra a la plaza de toros limpio y se convierte en un ente estético, única y exclusivamente.
- ¿Le costó mucho tiempo soltar el miedo acumulado durante 35 años de profesión?
- La relación con el miedo me ha hecho tremendamente feliz. Ese miedo me ha hecho vivir la vida de otra forma. Le daba importancia a las cosas mínimas. El café que me tomaba vistiéndome de torero tenía un sabor especial. Vivo ahora en una etapa de sedación desde que se acabó.
- Intuyo una nostalgia del miedo.
- Es que el miedo era vivir. Uno es consciente de que está vivo precisamente cuando acorta la distancia con la muerte. Es cuando vive con toda intensidad.
- Su tauromaquia constituía un tratado de filosofía.
- No lo sé. Al principio, como le ocurre a todos los artistas, estaba influido por muchas corrientes, muy curioso pero disperso. En aquel momento era un torero anacrónico. Fui censurado muchas veces. Me llamaban histriónico. Y poco a poco me fui desprendiendo de complejos para encontrarme por el camino.
- Gastaba trajes antiguos, revivía una tauromaquia en movimiento, un concepto de espectáculo total, gallista, y usaba palabras viejas como «destreza» y «habilidad» que entroncaban con el Mediterráneo y los juegos cretenses del toro.
- Es lo que viví en la escuela taurina de mi padre con aquellos taurinos de la época. Algunos de ellos hablaban con el toro. Estoy impregnado de la idea de espectáculo global. En la plaza, como en escena, no puedes dejar espacios en blanco. Todo debía tener una línea conductora. La lidia es un guión perfectamente articulado que el toro trata de desarticular.
- Entablaba también diálogos con el público.
- Y lo encabronaba a veces. Al final lo que haces es llevar una proyección tuya a escena y tienes que captar la atención del público, incluso provocarlo. No con intención de maldad, pero sí de crear un conflicto en el espectador.El artista que no crea conflicto en el espectador no interesa. Es un artista plano. Yo quería ir siempre un poco más allá con todo, en el tercio de banderillas, en los quites...La transgresiones han de ser ordenadas para que se encajen en el público. Una transgresión demasiado acentuada se puede convertir en una especie de provocación agria.
- ¿El arte contemporáneo ha sabido captar toda la potencia de la tauromaquia?
- Es más exacto hablar de artistas. Cada artista se conmueve ante una faceta del espectáculo. Francis Wolff dice que esto es un vacío donde hay religión, arte, ballet, valor... Los aficionados los percibimos de forma global, pero los artistas se mueven por determinados elementos de la lidia. Y esto es lo que a mí me ha hecho descubrir estancias del toreo que hubiesen permanecido toda mi vida veladas si no hubiese sido por la mirada del artista. Esto es lo fabuloso, que cada artista sea capaz de concebir un mundo original en el toreo. Miquel Barceló insiste en cómo el toreo puede transformar la materia.
- ¿Cuál es la influencia de sus estudios de Bellas Artes?
- He vivido obsesionado por ver realmente qué acercaba el arte al toreo y qué acercaba el toreo al arte. Descubrir ese sincretismo entre una disciplina y otra. He leído todo, te garantizo que me quedan muy pocos estetas por leer, escarbando en los vasos comunicantes. A nivel escénico influyó en los colores elegidos y los trajes. Buscaba la identificación, la comodidad, sentirme reconfortado. Necesitaba esa estética (chaleco bajo, hombreras anchas, la casaquilla recta). Nunca me he catalogado como un torero de arte. La naturalidad era importante.
- Había una influencia de los Bienvenida en esa naturalidad.
- Disfrutaba cuando las cosas salían bien. No soy un torero valiente, pero tampoco he pasado miedo en la plaza. He visto toreros muertos en el patio de cuadrillas que luego se arrimaban como leones. No voy a dar nombres, pero muertos. Yo disfrutaba. Cogía un par de banderillas y era un deleite, sumergido en esa atmósfera. Hedonismo puro. Me enseñaron a hacer fácil lo difícil. Estoy imbuido de esa naturaleza sin aspavientos
- ¿Ser rara avis le llevó a manejarse mejor con los artistas de otras disciplinas que con compañeros y taurinos?
- Hay una parte en la que congenio perfectamente, que es la parte de la tauromaquia. Pero en la mayoría de los casos no tengo nada que ver con esa gente. No porque sea un ser superior, sino porque mi conversación va en otra dirección. Cuando dejabas de hablar del campo, la vaca o la ganadería, se acababa todo. Me ha costado trabajo estar inmerso constantemente en el mundo del toro. Por eso apunto que he sido toreador.
- Explíquelo.
- El toreador se ciñe a la escena. Y el torero tiene que vivir «en torero» dentro y fuera de la plaza. Esto es un concepto bienvenidista, pero incompatible en estos momentos con la sociedad. En tu ámbito puedes seguir viviendo «en torero», pero si lo haces fuera de tu ámbito, eres un mentecato. No puedes ir de matador por la vida. Ya somos raros por haber elegido esta profesión en la sociedad actual, y no quiero trascender por esa anomalía.
- ¿Para seguir idolatrando a los mitos conviene no cruzarse con ellos de paisano?
- Es mejor crear cierta distancia en el momento que admiras a alguien. El ser humano a veces defrauda su producción.
- ¿Qué torero de hoy es el que más te atrae?
- Morante, sin lugar a dudas. Reconozco en él la tauromaquia casi global. Tiene el valor que no demuestra, la técnica que no exhibe. No se puede ser más auténtico. Sus excentricidades brotan de lo más profundo del alma. No hay sobreactuación. Me emociona del mismo modo que ciertos pintores y ciertas obras de arte. Morante es un torero para derramarse en lágrimas.
- Respondió usted a la idea de torero de Madrid.
- Sí, porque Madrid tiene un concepto que equilibra muchísimo el toro y el torero. Incluso con sus brotes psicóticos. Pero hay un equilibrio total entre lo que aporta el toro y lo que soluciona el torero. Fue como estar casado con una estrella del rock. Está lleno de idas y venidas, de momentos dulces y momentos muy tortuosos.
- ¿La faena de su vida se dio en su despedida madrileña, con Beato, en 2009?
- El artista está movido por la insatisfacción y sobre todo en un toreo donde hay un elemento que nunca gobiernas: el toro. Si pongo en una cuartilla lo que deseaba esa tarde, me hubiese conformado con muchísimo menos. Fue una tarde complicada y, al final, se convirtió en un sueño. Despedirme así fue una lotería.
- ¿Tiene placa en Las Ventas?
- Ni la quiero. No es soberbia. La gente a veces se interpreta mal cuando digo "no quiero premios, no quiero nada". La Callas necesitaba salir a que la adulasen. Y es lo que he querido evitar en el toreo, siempre. Y si yo hubiese tenido siete vidas como los gatos, una se la hubiese dedicado completamente a los toros para mandar en esto. Descarté vivir obsesionado por mi profesión.
- Ahora que las facultades merman, ¿le da miedo la vejez?
- La vivo como el agricultor. Me hago viejo mirando el árbol. Quiero decir con esto que lo que quiero es que el árbol fructifique, que el árbol crezca, y mientras me voy dando cuenta de que el que está cumpliendo años no es sólo el árbol... A partir de cierta edad no hay futuro.
- ¿Teme a la muerte?
- No le tengo ningún escrúpulo desde mi agnosticismo, ni miedo siquiera. Sé que soy una nube en el tiempo. Nunca me ha preocupado trascender. He venido aquí a divertirme, mientras físicamente responda. Me da mucha pereza morirme porque vivo muy bien.