Jorge Dezcallar (Palma de Mallorca, 76 años) ha estado al servicio de todos los presidentes de la democracia, salvo del primero (Suárez) y del actual (Sánchez). Fue el primer director civil del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), dirigió la embajada de España en Estados Unidos, la Santa Sede y Marruecos...
El próximo 16 de marzo publica Abrazar el mundo (La Esfera de los Libros), en el que reflexiona sobre adónde va el planeta después de dedicar su vida profesional a la diplomacia y la política exterior.
- Trabajó en 1997 en la misión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE)que mediaba entre el régimen de Milosevic y la oposición serbia para democratizar el país. ¿Le vienen ahora recuerdos de entonces?
- Estuve allí con Felipe González, efectivamente. Pasamos varios días. Hablamos con toda la oposición, con Milosevic, con Milutinovic, que era su ministro de Asuntos Exteriores... La idea era ayudar a poner fin a la tragedia yugoslava. La implosión de Yugoslavia dio lugar a una guerra terrible y a tragedias como la de Srebrenica. Era difícil pensar que una tragedia similar se produjera de nuevo en el corazón de Europa. Lo que está pasando en estos momentos es algo que sólo cabe en la mente de un megalómano alejado de la realidad. Putin puede hacerse con Ucrania y poner un gobierno títere o lo que sea, pero el coste que va a tener para él y el mundo va a ser brutal. Si es una victoria, será pírrica.
- Usted es siete años mayor que Putin. Él llegó a la presidencia de la Federación Rusia sólo unos meses antes de que usted fuera nombrado director del CNI. Luego usted fue ocupando distintas embajadas por el mundo mientras él se perpetuaba en el poder.
- Con un intervalo: el de la presidencia de Dmitri Medvédev, al que conocí en Washington.
- ¿Cómo fue ese encuentro?
- Estaba acompañando al presidente Zapatero, creo que en el curso de una reunión que había sobre armas nucleares que convocó Obama. Medvédev acudió y tuvimos una reunión bilateral. Lo recuerdo como un hombre pequeño, llevaba alzas en los zapatos. Y recuerdo también que estaba rodeado en la mesa por unos tipos grandísimos. Pensé si aquel hombre era realmente libre o tenía que hacer lo que estos otros le estaban ordenando. A Putin no le he visto nunca.
- ¿Cómo fue viendo su progresivo enroque?
- Putin ve como una tragedia la desaparición de la Unión Soviética, siempre lo ha dicho. Y le irrita mucho que consideren a Rusia como un país de segundo orden. Obama la llamó «potencia regional» y aquello fue una banderilla de fuego para Putin. Él quiere recuperar el nivel de gran potencia, ser tratado en un plano de igualdad con las otras dos: China y Estados Unidos...
- ¿Por qué cree que ha decidido actuar justo ahora?
- Hay un canciller alemán recién elegido, los franceses tienen elecciones, el primer ministro británico está metido en problemas por sus guateques, EEUU ha salido de Afganistán sin voluntad de lucha... Ha debido pensar que había una ventana de oportunidad por el momento de debilidad de Occidente, y se ha equivocado. Pero esto viene de atrás. Tiene que ver con la expansión de la OTAN hacia al este, que percibe como una amenaza directa.
- En su libro hace una detalladísima radiografía del contexto geopolítico en relación al conflicto entre Ucrania y Rusia prácticamente hasta el minuto previo a la invasión.
- A mí me preocupa no ya lo que pueda pasar con Georgia o Moldavia si Putin tiene éxito en Ucrania, sino lo que podría pasar con Finlandia, que no es miembro de la OTAN pero sí de la Unión Europea. Los dictadores acaban rodeados de yes men, gente que les dice lo que quieren escuchar, y eso les induce a cometer errores. Pienso en Sadam Husein, que fue un caso que conocí muy de cerca. Le voy a contar una anécdota. James Baker, que era el Secretario de Estado norteamericano, llamó al ministro Francisco Fernández Ordóñez y le convocó de noche a un hotel de Londres. Nos reunimos él, su assistant secretary para asuntos de Oriente Medio, el ministro y yo. Allí Baker nos enseñó fotos de todas las instalaciones que iban a atacar en Irak. Era el momento de la liberación de Kuwait, en 1991. Baker nos dijo: "Miren, me da la impresión de que Sadam se cree que vamos de farol, pero vamos de verdad. ¿Por qué no cogen ustedes, que tienen buena relación con algunos países árabes, y les hacen llegar el mensaje de que tenemos sus objetivos perfectamente localizados, que les vamos a dar por todos lados?"
- ¿Lo hicieron?
- Sí. Fernández Ordóñez y yo salimos del hotel y halamos de quién podía ser el más adecuado. Decidimos que Maaouya [Ould Sid'Ahmed Taya], el presidente de Mauritania. Ordóñez me dijo que me fuera a Nuakchot, hablara con el presidente mauritano y que éste a su vez hablara con Sadam y se lo explicara todo. Maaouya se quedó muy preocupado con lo que le conté. Se cogió un avión -Mauritania tenía entonces una estrecha relación con Irak- y se reunió con Sadam. Cuando regresó, me dijo: "Embajador, este hombre está fuera de la realidad. No escucha, no se cree lo que le he dicho, me ha dicho que todo eso era intoxicación americana...". Le pregunté si es que no tenía gente alrededor que le hiciera ver la realidad. Me dijo que sí. "¿Pero estaba Tarek Aziz [viceprimer ministro iraquí] y tal y tal?", pregunté. "Sí", me contestó Maaouya. "Todo el mundo se miraba los zapatos y nadie osó abrir la boca delante de él". Consecuencia: Sadam se metió donde no tenía que meterse y le dieron por todos lados. Creo que Putin está causando lo mismo: se ha creído que Ucrania y Rusia eran un solo pueblo, que tiene derecho a ocupar el país porque considera que su aproximación a Occidente es un riesgo existencial. Ha perdido el norte con consecuencias gravísimas.
- La ministra Ione Belarra declaró el fin de semana: «Hay que apostarlo todo por la diplomacia, por la paz». Su compañera en el Gobierno y en Unidas Podemos Irene Montero también se pronunció a favor de lo que llamó «diplomacia de precisión». ¿Qué margen para la diplomacia observa en este conflicto, del que se cumplen dos semanas y de cuya mesa de negociación entre rusos y ucranianos ni siquiera sale un acuerdo sobre los corredores humanitarios?
- La diplomacia se ha intentado hasta el último momento, y ahí están los esfuerzos de todos los líderes: Macron, Scholz, Borrell... Que no vengan con historias. ¿Diplomacia? No se puede ser imparcial entre quien ataca y quien es masacrado. Si ellas piensan que hay que estar en contra de la guerra, yo digo que sí, que eso es muy bonito, pero aquí estamos ante una agresión. No apoyar a los ucranianos es dejarles inermes frente a un matón.
- El teniente general en la reserva Gan Pampols, que fue director Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas, ha señalado en ese diario que en España hemos vivido «en una especie de limbo estratégico» y «con una visión un poco naíf» de la paz.
- Estoy completamente de acuerdo. Recuerdo que en EEUU me decían no en concreto sobre España, sino de Europa: ustedes son como un herbívoro bonachón incapaz de dar una cornada, y no se dan cuenta de que tienen a una Rusia expansiva a un lado y a un Mediterráneo desestabilizado al sur. De acuerdo, tienen las sociedades de bienestar más desarrolladas del mundo, son ustedes un depósito de valores... pero no son capaces de defenderse. La prueba es que en la crisis de los Balcanes tuvieron que intervenir los americanos; y en la crisis de Libia también. Aunque sacaron pecho, ingleses y franceses fueron incapaces de hacer las cosas.
- ¿Entonces?
- Europa corre el riesgo de sufrir el síndrome de Venecia. Era el lugar más rico de Europa en los siglos XIII y XIV, donde llegaban las especias desde Oriente. Hasta que Portugal dobló el cabo de Buena Esperanza y llegó a la India. Entonces los barcos con especias empezaron a llegar más deprisa y con mucho menos costes que cuando lo hacían a lomos de camello. En el mismo momento Colón descubre América. ¿Qué pasa? Que el centro de gravedad del mundo antiguo pasa del Mediterráneo al Atlántico y Venecia se queda fuera de juego. A Europa le puede pasar lo mismo en un momento en que el centro económico del mundo se va al Pacífico. Con el 6% de la población mundial no podremos mantener el 50% del gasto social de todo el planeta. O somos capaces de hablar con una sola voz y defender nuestros intereses con una política exterior común y una política de defensa mucho más integrada, o desapareceremos del mundo.
- Hay historiadores como el británico Anthony Beevor que defienden que Occidente no se ha portado bien con Rusia, especialmente Estados Unidos. Usted también afirma en su libro que en 1991 no fuimos capaces de aplicar con Rusia la misma generosidad que los vencedores de Napoleón dieron a Francia después de Waterloo. ¿Qué se debería haber hecho tras el colapso de la URSS y no se hizo?
- En aquel momento se consideró, erróneamente, que los derrotados eran los rusos y no el comunismo. Esto es muy fácil decirlo a toro pasado, pero en aquel momento de desconcierto, con Gorbachov y todavía con Yeltsin, había que haber intentado incorporarles a un esquema de seguridad en Europa compartido. Lo que se hizo fue dejarles aislados... Rusia nunca ha tenido democracia, a diferencia de Hungría, por ejemplo. Cuando cae el imperio soviético, Hungría recuperó la democracia que había tenido en los años 20. Pero Rusia nunca la ha tenido. Pasó de los zares y a los siervos de la gleba a la revolución comunista y al momento actual, con el intervalo cortito de Gorbachov y Yeltsin. No ha conocido otra cosa. ¿Podíamos haberles tratado de otra manera? Creo que sí. Igual que también creo que podíamos haber sido un poco más cuidadosos en la expansión de la OTAN hacia el Este. Pero nuestros valores nos dicen que la soberanía y los países deciden cuál es su voluntad y lo que desean. Si lo desea y cumplen las condiciones, ¿por qué no va a entrar Ucrania en la Unión Europea o la OTAN, porque se lo impide el vecino? Entonces estaríamos dependiendo siempre de la voluntad del vecino poderoso. Eso no es un mundo con reglas de multilateralidad en el que nos gustaría vivir. Es un mundo en el que el pez grande se come al chico y un mundo donde las grandes potencias pueden actuar a su antojo.
- ¿Occidente está incurriendo, en el caso de China, en el mismo error que incurrió respecto a la Unión Soviética?
- No lo creo. Es un caso muy diferente. China siempre ha sido un gigante, sólo que ha estado dormido. Marco Polo tuvo que ir hasta allí a descubrir la pólvora y el papel, porque a ellos no les interesaba nada saber lo que pasaba en Europa. Tenían la brújula, pero no les interesaba mandar barcos por el mundo. Eso ha cambiado y China en este momento quiere ocupar su lugar en el mundo, quiere cambiar las reglas de juego para hacerlas más acordes con sus intereses. Está apostando y jugando muy fuerte. Cuando eres la segunda economía del mundo pero vas camino de convertirte en la primera; cuando tienes una cuarta parte de la población mundial dentro de tus fronteras... No estamos hablando de un país más.
- ¿Hay que atender sus demandas?
- No cabe duda de que las reglas con las que hemos jugado hasta ahora, que son las reglas de 1945, fueron impuestas por Occidente de acuerdo con los valores de Occidente. Hoy en día sería imposible aprobar por unanimidad la Declaración Universal de Derechos Humanos como se hizo en 1948. Sería imposible porque los árabes dirían: un momento, que respecto al papel de la mujer no estamos de acuerdo. O los asiáticos dirían: disentimos en lo que se refiere al papel del individuo. Ellos no han tenido un Renacimiento que haya puesto al hombre en el centro del universo, ni una Ilustración que haya puesto la duda en el centro del debate. Los chinos piensan que el principio de autoridad y el respeto a los mayores son más importantes, y los árabes piensan que la religión debe tener un papel en la vida pública que nosotros hemos relegado a la vida privada.
- ¿Qué habría que modificar?
- Ellos dicen: oiga, vamos a hacer otras reglas de juego más acordes con nuestros principios, y no sólo con los suyos. Creo que esto no va a haber más remedio que hacerlo, porque no tiene mucho sentido que Francia esté en el Consejo de Seguridad de la ONU, con todos los respetos, aunque sea potencia nuclear, porque la India también lo es y además tiene 1.400 millones de habitantes. Hay algunas cosas que necesariamente tienen que cambiar y ser acomodadas a los tiempos actuales. No va a ser una tarea fácil. Creo que estamos en un fin de ciclo histórico, en un cambio de paradigma. Como decía Gramsci: "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos". Y los claroscuros con los monstruos son muy peligrosas. El caso de Rusia es paradigmático. Está poniendo en juego el sistema de reglas que regía la seguridad europea desde 1991, cuando desaparece la Unión Soviética. Quiere otra organización diferente porque no está de acuerdo con aquella. Claro, cuando las cosas no te gustan, no las puedes cambiar por la fuerza, hay que cambiarlas con la negociación.
- ¿Qué se le viene a la cabeza cuando piensa en la extinta URSS y en Rusia?
- Que es un gran país, con una historia, una cultura y una tradición espectaculares, con una riqueza monumental y artística y una gente encantadora. Se me viene a la cabeza una anécdota. Un día estaba hablando con un colega soviético. Me decía: nos pedís que nos democraticemos, pero no os dais cuenta de que es muy difícil tomar decisiones. Tengo un cuñado que es director de una fábrica de tornillos y hasta ahora siempre le han dicho que tenía que hacer tantos tornillos, le mandan tantas toneladas de acero, le dicen como tienen que ser los tornillos y una vez que los ha hecho se los vienen a buscar, se los llevan y ya está. Y ahora mi cuñado tiene que decidir qué tornillos hace, con qué calidad, cómo son las estrías, dónde comprar el acero, dónde los vende... y no está preparado para tomar estas decisiones. No estamos preparados para tomar las decisiones que implica vivir en un mundo que no esté ordenado de arriba a abajo, de una forma autoritaria. Creo que eso desgraciadamente no ha cambiado en Rusia. Y la prueba es que cuando han intentado abrir un poco la mano lo que pasó fue que hubo una carrera por hacerse con las riquezas del país. Apareció este tipo de gente que se ha quedado con las petroleras, con los bancos, con las finanzas, con todo. Y los pobres rusos siguen viviendo, imagino yo, cómo vivían antes.
- ¿Qué nivel de alerta tenían los asuntos relacionados con Rusia durante su etapa en el CNI (2002-2004)?
- Sin violar el secreto que me impone la ley, puedo decir que los servicios de Inteligencia rusos siempre nos han dado trabajo.
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