Allí donde nadie tiene los arrestos de adentrarse, se mete ella.
Allí donde la muerte va ganando terreno día a día, ella llama a la puerta, entra, saluda, levanta una barricada y se sienta en una silla. Y le dice al enfermo no estás solo. Y primero le coge la mano y luego, poco a poco, le va cogiendo el corazón.
Allí donde lo glacial se va adueñando, ella se prende.
Allí donde hay una persona que está muriendo a solas, esta mujer lleva diez años procurando que lo haga en compañía.
No ocupa mucho esta compañía, no se vayan a creer. Como mucho, 1,60 metros de altura. Como mucho, 53 kilos. Aparentemente poca cosa. Pero cómo lo llena todo al entrar en esa habitación.
"Estar delante de un milagro y no verlo, eso pasa a diario", escribe el poeta Jesús Montiel. Estar delante de Soledad Gallego y lo mismo. Eso pasa los lunes.
Los milagros de Soledad tienen lugar los lunes, decíamos. En el hospital público La Fuenfría, en la Sierra de Guadarrama (Madrid). Donde esta madre de 59 años lleva una década pasando las tardes enteras con los que se van a solas. En España, el tiempo medio de estancia en una cama de paliativos es de 17 días. Y al pie de la cama, ella.
Esta es la historia de una mujer que ha acompañado en su adiós a unos 500 moribundos. Una que ha estado con todos esos que, sin ella, habrían muerto solos. Los últimos ojos que vieron medio millar de personas a las que nos da miedo mirar.
-¿Por qué?
-¿Por qué qué?
-¿Por qué decidiste que buena parte de tu vida iba a consistir en esto? En estar con ellos hasta la muerte...
-Porque pienso que, lo mismo que la sociedad tiene normalizado que hay que asistir en los partos, debería de asistir también en la hora de morirse... Cada vez más gente muere sola en nuestro país. Y yo, de algún modo, quiero paliar esa carencia para el que la tenga. Sí, voy al hospital desde hace diez años porque si no toda esa gente habría muerto sola.
La cifras de la soledad dicen que, en España, ya hay más de dos millones de personas mayores de 65 años que viven -y muchas veces mueren- solas. Que sólo hay una tasa de 0,6 unidades especializadas por cada 100.000 habitantes (cuando lo recomendable es que haya dos). Que 80.000 fallecen cada año sin recibir atención médica al final de sus días.
Las cifras de Soledad Gallego dicen que tres horas acompañando a la semana durante diez años son más de 1.350 horas. Como dos meses enteros (con sus días y sus noches) oyéndoles decir que tienen miedo a la muerte. O tratando de infundirles valor en el último trance. O viéndoles llorar. O jugando a las cartas. O estando sin más allí sentada, cogiendo una mano que ya es un pájaro dormido.
Todos los nombres de sus muertos están en un hermoso cuaderno forrado de tela donde hace inventario. Soledad anota en sus páginas lo que pasó aquella tarde, cómo estaba Manuel, la frase tan bonita que le soltó Ana o lo que le ha pedido Rosa hace tan solo unos días. Por eso sabemos que son unos 500.
Historias que no olvida gracias a su libreta. Y que nosotros anotamos en la nuestra.
Una paciente con ELA que llevaba ya un respirador me escribió en una pizarra: 'Me quiero morir'
Una. "Me acuerdo de aquel hombre que tenía su habitación del hospital llena de libros como si fuera una biblioteca y que apenas tenía ya fuerzas para abrir uno... Culto, cercano. Le iban a ver sus dos ex. Hablábamos mucho de cocina porque le encantaba comer".
Dos. "He visto chavales de la edad de mis hijos... O madres jóvenes que van a morir y están muy angustiadas porque piensan qué será de sus hijos pequeños sin ellas. A las que tienes que tranquilizar y hacerles ver que su trabajo ya está hecho, para que baje su nivel de estrés".
Tres. "Recuerdo a otro hombre mayor de 90 años que estaba muy triste en paliativos porque no quería estar allí. Su pasión era escuchar música y había perdido el oído. Su pasión era leer y había perdido la vista. Yo trataba de leerle, pero no me oía. Decía que su vida no tenía sentido".
Cuatro. "Siempre me acordaré de aquella mujer que no quería compañía. Yo siempre llamo a la puerta, me presento y les digo que si quieren que esté con ellos. Ella me decía siempre que no. Hasta que un día me dijo que sí. Empezamos a hablar. Me contó que vivía con su nieta. Que sus hijos estaban lejos y solo podían ir a verla un día a la semana. Un día se derrumbó y no paraba de decirme: 'No me quiero morir, no me quiero morir'".
Cinco. "Tampoco me olvido de la primera vez que estuve con una paciente con ELA. Llevaba ya un respirador. Me escribió en una pizarra: 'Me quiero morir'".
Seis. "Aunque, para mí, lo más duro de todo fue tener que acompañar a un maltratador. Uno que no entendía por qué su mujer no iba a verlo...".
Y así hasta medio millar.
Fue maravilloso despedirme así de mi hermana, hacer el duelo anticipado, aceptarlo
Antes de ser presidenta de ACM112, una asociación que acompaña en el proceso de morir a personas solas o sin recursos, Soledad fue voluntaria de la misma.
Antes de ser voluntaria en ACM112, lo fue en Nadie Solo.
Antes de Nadie Solo, se formó y estuvo ayudando en las unidades de cuidados paliativos de las órdenes religiosas de los Hermanos de San Juan de Dios o de Los Camilos.
Pero antes de todo, fue aquella imagen infantil: "La primera vez que vi un cadáver fue el de una niña del colegio. Murió con ocho o diez años y fuimos a velarla".
"Yo la muerte siempre la he vivido con naturalidad y con cierta calma", hace balance. "Mi padre le tenía muchísimo miedo al trance, jamás vio un cadáver, le daba terror la muerte, y se murió sin saber que se estaba muriendo. Para nosotros fue muy gustoso que lo hiciese en casa y acompañado".
"Luego enfermaría mi hermana Belén. Cuando le detectaron aquello, tenía una hija de seis años y un hijo de tres. No hubo nada que hacer. Tenía 41 años y decidimos que pasara el tiempo que le quedaba en mi casa. Estuvo nueve meses. Organizamos su cuidado los hermanos. Fue maravilloso poder despedirse así, hacer el duelo anticipado, aceptarlo... Mis hijas (con 17 y 15 años) también participaron en el cuidado de sus primos y de su tía. Cuando a la pequeña le dijimos que había muerto, se tumbó a su lado, se acurrucó junto a su cuerpo, se tiró un buen rato allí... Fuimos conscientes de nuestro privilegio. Y también vimos que había mucha gente que no tenía la suerte de mi hermana Belén".
Hoy, en ACM112 son 23 arrimando los afectos al frío del otro.
Llegan, escuchan al paciente, van con él a dar un paseo, ven algo juntos, se quedan en silencio, algunos se desahogan hablando de esa sensación de miedo a la muerte que prefieren evitar a sus familiares.
"Y aunque estén inconscientes, les acaricio; a los que están peor, les digo: 'Te deseo un buen tránsito'. 'Ve tranquilo, estoy aquí'... Si me escuchan, eso que se llevan. Y si ya no, pues eso que me llevo yo".
La conclusión de Soledad es que este país está bien abrochado por el comienzo (hay un sistema sanitario para el momento de dar a luz), pero no tanto por las costuras del final (el momento de irse).
"La muerte se ha medicalizado. La inmensa mayoría de las encuestas dicen que preferimos morir en casa, pero lo hacemos en los hospitales. Un lugar donde no puedes acompañar de la misma manera. Ni por los horarios. Ni por los espacios. Ni por la intimidad", explica. "Las habitaciones no están pensadas para alguien que está todo el día encamado, para poder ver las fotos de sus familiares tienen que girarse hacia la mesilla y muchos no tienen ni fuerza para ello. Son muchas cosas. Algo tan elemental como poder morir con tu mascota cerca, por ejemplo, no es posible".
"Yo siempre digo en plan de broma que en este país nos morimos muy poco. Si mañana me caso, tengo un permiso de 15 días, pero si mi marido se muere, sólo tengo tres... Hay un permiso legal cuando una madre y un padre tienen un bebé. Pero es sangrante que no haya un permiso para el final de la vida. ¿Se está muriendo tu hija y no puedes acompañarla en sus últimos días?".
(...)
Soledad nos tiene que dejar porque es hoy es lunes, y los lunes están reservados para los que tienen menos tiempo que usted y que yo, para los que lo tienen tasado, para los que -a lo peor- no amanecen el martes.
Esos moribundos desamparados que, cuando ven a Soledad haciendo el ademán de marcharse -nos cuenta-, le aprietan la mano y le dicen: "No te vayas todavía, mujer, quédate un poco más".
-¿Has llorado con alguna muerte?
Qué forma de sonreír la de Soledad para contar cosas tristes.
-Sí, claro... Pero tengo la suerte de que desde el hospital hasta mi casa hay media hora en coche. Y entonces, cuando se acaba de morir alguien a quien he acompañado, me pongo música clásica. Lo reposo. Me desahogo sola. Y entro en casa de otra manera, no sé... Llena de vida.
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