La pregunta tiene algo de sacudida sísmica o incluso de golpe seco: «¿Y ahora qué vas a hacer?». No importa si te la hacen al terminar la EvAU, recién llegado de un descanso sabático o cuando acabas de dejar voluntariamente un trabajo envidiable por algún motivo. Se supone que la respuesta tiene que ser inmediata, sincera y sin amago de duda. Como si ofrecer una contestación satisfactoria fuera tan sencillo como elegir un nuevo hobby en vez de una de las decisiones más importantes de la vida.
Desde pequeños nos inculcan que la forma de alcanzar la felicidad en el ámbito laboral es seguir nuestra vocación a toda costa. «Haz lo que te guste y no tendrás que trabajar nunca» es el mantra con el que nos bombardean. Sin embargo, cada vez más expertos impugnan esta idea por considerarla la raíz de la eterna insatisfacción del mundo contemporáneo. O, como mínimo, uno de sus principales desencadenantes. Como escribió el artista Adam J. Kurtz, «Haz lo que te gusta... y trabajarás superduro todo el puto día sin descanso y sin límites y, además, tomándotelo todo de forma extremadamente personal».
Los nuevos libros de pensadores como Scott Galloway, Terri Trespicio o Cal Newport defienden las virtudes de dejar a un lado la dichosa vocación para que cada uno se centre en hacer básicamente lo que mejor se le dé e ir creciendo poco a poco. Un planteamiento que, además, funcionaría como antídoto frente a la desmotivación y la fatiga mental.
La escritora y conferenciante estadounidense Terri Trespicio ha dedicado incontables esfuerzos precisamente a desmitificar que la pasión deba ser el principal sustento de la carrera profesional y del propio sentido de la existencia. Trespicio profundiza en esta crítica en su recién publicado ensayo Deja ya de buscar tu ikigai(Diana), donde hace referencia al concepto japonés que remite a la combinación de propósito y satisfacción vitales... o al impulso que nos hace levantarnos de la cama cada mañana. La autora argumenta que perseguir dicha vocación no sólo es una tarea inútil, sino también contraproducente, ya que lleva a las personas a sentirse peor consigo mismas en lugar de mejor. «No porque seamos incapaces de encontrar nuestro ikigai, sino porque asumimos que debemos saber exactamente qué hacer a partir de ese ikigai», escribe.
Identificar una pasión que sea personal, económica o comercialmente viable para después perseguirla indefinidamente puede hacer descarrilar incluso a los más cualificados. «Siempre he sabido que me encanta escribir, pero encontrar mi razón de ser en la escritura no me ayudó a salir del bache en el que caí al terminar la universidad, cuando apenas podía levantarme de la cama», explica Trespicio por videollamada desde Nueva York. En su libro, la autora comparte sus experiencias personales para señalar que, en aquellos momentos críticos donde la máxima prioridad era pagar el alquiler, por ejemplo, no fue la pasión la que le echó un cable. Para ella, semejante discurso «raya el elitismo».
Trespicio no está sola en su rechazo en la búsqueda casi obligatoria de El dorado laboral. Varios artistas y empresarios han decidido abandonar la narrativa romántica de la pasión para adoptar una perspectiva más mundana, insistiendo en que, con un trabajo constante y esfuerzo, el ikigai de marras llegará por añadidura.
Mark Cuban, inversor estadounidense y dueño de los Dallas Mavericks de la NBA, además de uno de los multimillonarios con presencia en la Lista Forbes, afirmó en una entrevista con el famoso psicólogo Adam Grant que «sigue tu pasión» había sido el peor consejo profesional que había recibido. A lo que él replicaba: «No, tu pasión, no. Sigue tu esfuerzo. Si hubiera seguido mi pasión, todavía estaría intentando jugar al baloncesto profesional».
Por su parte, Scott Galloway, uno de los mejores profesores de negocios del mundo, sugiere una alternativa en la misma línea: «No sigas tu pasión, sigue tu talento».
Trespicio opta por hablar de la pasión como una emoción más en lugar de como la base de nuestro yo futuro. «Se pone demasiado énfasis en la pasión, como si uno debiera sentirse apasionado todo el tiempo, todos los días. Pero, en realidad, la pasión es similar a enamorarse o a un momento de éxtasis o excitación», explica.
En ese sentido, la escritora destaca la naturaleza fluctuante de la pasión y la importancia de abrazar los vaivenes asociados a ella. «Debemos aceptar todo el espectro emocional. Aunque me encanta lo que hago hay días en los que estoy frustrada, aburrida, triste o incluso asustada, y eso no significa que esté haciendo lo incorrecto. No existe una vida incorrecta. Sólo hay una decisión tras otra, y creo que tomamos las mejores decisiones que podemos, pero convertir la pasión en el único faro que nos guía...», deja en el aire como muestra de desaprobación.
"Se pone demasiado énfasis en la pasión, como si uno debiera sentirse apasionado todo el tiempo. Pero, solo es una emoción"
El mantra de la pasión también envuelve a los valientes que se atreven a seguir su estela, mientras que desprecia a los amarrateguis que van a lo seguro. Uno de los principales portavoces de esta filosofía del inconformismo fue Steve Jobs. En 2005, durante su célebre discurso en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford, el gurú de Apple reiteró una idea que caló profundamente en varias generaciones de millennials de todo el mundo: «Vuestro trabajo va a ocupar mucho tiempo de vuestra vida, y la única forma de sentirse verdaderamente satisfechos es hacer aquello que creáis que es un gran trabajo. Y la única forma de hacer un gran trabajo es amando lo que hacéis. Si aún no lo habéis encontrado, seguid buscando. No os conforméis».
Si entre las 23.000 personas presentes ese día en Stanford hubiera estado el autor superventas Cal Newport, probablemente no hubiera aplaudido a Steve Jobs. Tal vez incluso podría haber expresado en voz alta que lo que acababa de decir era «un pésimo consejo», como apunta en su nuevo ensayo. Newport expone en Hazlo tan bien que no puedan ignorarte (Ed. Península) que este tipo de discursos, además de ser estereotípicos, resultan peligrosos. «Decirle a alguien que siga sus sueños no es sólo un acto de optimismo inocente, sino que puede ser la base de una carrera guiada por la confusión y la angustia», escribe.
Obsesionarse con esta búsqueda puede tener repercusiones negativas, desencadenando una serie de cambios de trabajo o cronificando la angustia cuando la realidad no cumple con las expectativas soñadas. Para Silvia Martínez, directora de la consultora de recursos humanos Gi Group Holding, «obsesionarse con encontrar una única pasión puede llevar a la ansiedad, la frustración y afectar negativamente tu salud mental y tus relaciones personales». «Es importante recordar que equivocarse es parte del proceso de aprendizaje y crecimiento. En lugar de enfocarnos en un solo deseo, es preferible explorar quién eres, qué es lo que te gusta o cómo te gusta trabajar y establecer metas realistas», señala por correo electrónico. «A lo largo de nuestra madurez, cambiamos y nos equivocamos. Buscar apoyo cuando uno lo necesita es vital para conocerse y entender las necesidades que uno tiene. Cada error es una oportunidad para aprender y ser más resiliente, y muchas veces, las mejores ideas surgen de los errores. Así, puedes descubrir lo que realmente te motiva sin la presión de encontrar 'la única' pasión».
"En lugar de enfocarnos en un solo deseo, es preferible explorar quién eres, qué es lo que te gusta o cómo te gusta trabajar y establecer metas realistas"
Trespicio lo explica de manera más gráfica si cabe: «Decirle a alguien que persiga su ikigai es casi como decirle: 'Si quieres triunfar, sigue a aquel coche'. ¿Cuál de ellos? ¿Cómo sé que es el indicado? ¿Lo sigo porque es veloz o porque es de mi color favorito? ¿O porque se parece a mi antiguo coche? ¿Es el coche indicado?». Semejante enfoque es restrictivo y da por sentado que debes elegir el coche indicado para terminar en el destino correcto. De lo contrario, estás perdido.
La película Soul (Pixar/Disney) exploraba en 2020 la frustración que genera esta búsqueda. El músico protagonista, tras una serie de peripecias, finalmente conseguía lo que había anhelado durante toda su vida: tocar el piano junto a la famosa cantante de jazz Dorothea Williams. Sin embargo, la realización de su sueño no le proporcionaba la satisfacción que esperaba. Entonces Dorotea le contaba la historia de un joven pez que se acercó a un pez más viejo y le dijo:
-Estoy tratando de encontrar eso que llaman océano.
-El océano es donde estás en este instante -le hacía ver el pez viejo.
Pero el joven insistía:
-¡Esto es agua! Lo que yo quiero es el océano.
De igual modo, la persecución incansable de nuestro particular océano puede llevarnos a olvidar lo que tenemos y a descuidar lo que es tangible y real. Trespicio lo remarca con una experiencia personal. «Yo era escritora, pero lo que aprendí por el camino y todos los diferentes objetivos me capacitaron para hacer algo que no estudié. Nunca he trabajado en marketing y, sin embargo, lo estoy haciendo. ¿Por qué? Porque presté atención», explica.
Los psicólogos Carol Dweck y Gregory Walton, de la mencionada Universidad de Stanford, han testado en una serie de experimentos si la creencia de la gente en sus pasiones como algo fijo o susceptible de ser potenciado afecta a sus intereses. Los investigadores descubrieron que quienes creían en las pasiones fijas eran más propensos a restringir sus intereses en otras áreas. Además, eran más propensos a esperar una «motivación ilimitada». Es decir, esa gente creía que la pasión por sí sola la motivaría de por vida.
Lo que pone de manifiesto el trabajo de Dweck y Walton es que tener una mentalidad fija hace menos probable que uno se disponga a buscar o descubrir otras cosas que podrían ser igual de emocionantes y satisfactorias. Por lo tanto, convencerse de que los talentos y las pasiones son inamovibles lleva a rendirse demasiado rápido sin haberse esforzado lo suficiente.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? En lugar de tratar el ikigai como un objetivo supremo que se debe alcanzar a toda costa, Newport sugiere adoptar «la perspectiva del artesano». Este enfoque, a diferencia del basado en la pasión, proporciona mayor claridad y reduce la ambigüedad. Alivia la presión reformulando la pregunta de «¿Qué puede ofrecerme el mundo?» a «¿Qué puedo yo ofrecer al mundo?».
"Es necesario reformular la pregunta de '¿Qué puede ofrecerme el mundo?' a '¿Qué puedo yo ofrecer al mundo?' "
Esta nueva perspectiva está basada en un famoso consejo del actor cómico Steve Martin. El protagonista de la película El padre de la novia (1991) o la serie Sólo asesinatos en el edificio (2021-2024) dijo: «Hazlo tan bien que no puedan ignorarte». O lo que es lo mismo, dedica tiempo a desarrollar competencias y habilidades. Tiempo suficiente, añade Newport, para ser mejor en lo que uno hace, lo que contribuye a desarrollar una sensación de eficacia, establecer lazos más fuertes y ver como el trabajo puede servir de ayuda o inspiración a otros.
Galloway coincide con ellos: «Determina qué se te da bien (pronto) y comprométete a ser bueno en ello. No hace falta que te encante, pero no lo odies. Si la práctica te lleva de lo bueno a lo excelente, el reconocimiento y la compensación que obtendrás harán que empieces a amarlo. Y, en última instancia, podrás moldear tu carrera y tu especialidad para centrarte en los aspectos que más te gustan».
La idea entonces es dejar atrás la presión, soltar amarras para siempre con la pasión y romper con la monogamia que adoptamos con una profesión a los 22 años creyendo que eso iba nuestra vida para los restos. Como propone Trespicio, adaptemos esta narrativa a nuevas formas de amor, que son aún más románticas porque «no están atadas a una única cosa». Y disfrutemos -y suframos- al moldear nuestra carrera como una pieza artesanal que está en permanente evolución.
Deja ya de buscar tu ikigai
Diana. 328 páginas. 18,95 euros. Puede comprarlo aquí