Una mañana en que pasaba consulta en un pueblo medio vacío, entró una labriega mayor que -al ver a una chica tan joven, al ver solo algunos de sus 30 tatuajes- le dijo que ella lo que en realidad quería era que la viera el nuevo médico.
-La nueva médica soy yo -le aclaró y sonrió.
En más de una ocasión le ha ocurrido otra escena que sigue: "Cuando voy de guardia con un compañero enfermero, siempre se dirigen a él creyendo que él es doctor y que yo soy la enfermera... Entonces les tenemos que aclarar".
Porque lo normal en el medio rural es que el médico tenga la edad de su padre. Y que acaso lleve corbata y no un tatoo de Dirty dancing. Y que todos le pongan el don al hablar: don José esto o don Juan lo otro. Y no esta rareza que tenemos delante.
Se llama Cristina, solo tiene 32 años, es médico de familia, en tres inviernos lleva ya recorridos una veintena de pueblos de Zamora donde a veces no hay escuelas ni bar y ejerce en un sitio en donde casi ninguno de su promoción querría ejercer.
No hablamos de estar en un quirófano bajo las bombas.
No hablamos de atender a heridos de bala en una favela de Río.
No hablamos de un hospital de campaña.
Hablamos de practicar la medicina en el medio rural.
En España hay unos 15.000 médicos de pueblo que atienden a unas siete millones de personas.
En un sitio donde el despertador es un gallo o el centro de ocio es un viejo frontón, la medicina también tenía que ser distinta.
"No llevo bata para no marcar distancia con el paciente", dice su vademécum.
"Les recibo en la puerta del consultorio, como una muestra de respeto y de generar confianza", prosigue, "al fin y al cabo es lo que haces cuando invitas a alguien a tu casa".
"No me pongo a escribir cuando está el enfermo delante, sino que lo hago después, porque quiero que vea que le miro a los ojos, que estoy con él", continúa.
Y remata: "El prototipo de mis pacientes es un ancianito pluripatológico, que muchas veces está solo, que es menos demandante que el paciente de la ciudad, que es mucho más duro, que en ocasiones no sabe muy bien lo que está tomando ni para qué".
-¿Qué es lo más bonito del día, Cristina?
-Cuando alguien que podría ser tu abuela te dice: "Es la primera vez que me siento escuchada".
(...)
Hija de una cocinera escolar y de un empleado de banca, la zamorana Cristina Rodríguez de la Pinta cursó Medicina en la Universidad de Valladolid, hizo el MIR en el Hospital Virgen de la Concha de su ciudad y, desde que terminó la residencia hace más de tres años, ha ido enlazando pueblo tras pueblo en su provincia como uno de aquellos titiriteros de los caminos.
Solo que a los mandos de un Hyundai de 90.000 kilómetros en vez de a pie.
Solo que escuchando a Marwan en vez del silbo de los gorriones.
Solo que con un fonendo al cuello en vez de con una pajarita.
Hablamos de Sogo, de Moraleja, de Villaralbo, de San Marcial del Vino. Hablamos de Entrala, de Pereruela, de Sanzoles, de Venialbo. Hablamos de El Perdigón, de Tardobispo... Y hablamos hasta de Santibáñez de Vidriales, adonde Cristina iba y venía cada día haciendo dos horas de coche.
Hoy estamos con ella en su consulta de Morales del Vino, el pueblo más grande que jamás ha pisado como doctora y donde acaba de estrenar plaza.
Ha puesto en las paredes recortes de mariposas y varias imágenes de la pintora mexicana Frida Kahlo, quien una vez imploró: "Doctor, si me deja tomar este tequila, le prometo no beber en mi funeral".
No es mal juramento hipocrático ese.
Esta mañana atiende a un hombre de mediana edad al que le duele al tragar y que trabaja desbrozando, a un vecino al que operaron de una hernia umbilical y que se levanta a las cinco para trabajar en una pescadería, a una anciana que solo ve "niebla, niebla y niebla en los ojos" y a la que habla acuclillada a su lado, cogiéndola de la mano, el tono de voz elevado junto a la oreja, pero dulce.
"El sistema está pensado para dedicarle diez minutos a cada enfermo, pero yo me niego a eso, yo me niego a no dar la atención, yo me niego a no tratar a la gente de un modo humano".
Así que qué esperaban: varios pacientes no la llaman "doctora", ni de "usted". Sino "hija".
Porque podría serlo de la paciente que tiene delante, claro. Y porque en el medio rural la anomalía es ver a alguien de su edad exorcizando los demonios de la salud.
Y entonces entra él...
-Tienes el colesterol disparado -observa Cristina mientras repasa los análisis.
-¿Sólo el colesterol? -contesta el hombre.
-¿No estabas tomando nada?
-Bueno, sí. Sí que estoy tomando... Tomo panceta, morcilla, chorizo...
Y entonces la doctora se parte de risa.
Y es como si Frida repitiera lo del tequila y lo del funeral.
Y parece que cuando te ríes, todo te duele menos.
La panceta, dice el otro... Si es que los tienes que querer igual.
(...)
Para comprender por qué lo suyo es tan especial, hay que mirar las estadísticas.
Según un estudio elaborado por el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, la edad media del ejerciente supera los 50 años. Casi un tercio tiene entre 50 y 60 y otro tercio supera los 60: los que se jubilarán antes de un lustro. Nueve de cada diez no percibe ningún incentivo por su trabajo actual y el 88% corre con los gastos de desplazamiento y cuidado de sus vehículos. El 60% se traslada a diario en coche. El 45% hace más de 50 kilómetros. El 25% hace más de 100. El 5%, más de 200.
Y luego está ella.
"Cuando me preguntan en qué te vas a especializar, salto y digo que lo nuestro ya es una especialidad. Nadie quiere ejercer de médico de familia en el ámbito rural. Es una medicina denostada: cosas como que un compañero de la ciudad mande repetir las pruebas que ya has hecho tú", diagnostica. "Se tiende a pensar que el medio rural es para cuando ya estás a punto de jubilarte, como si aquí se viniera a no hacer nada. Y es al revés. Eso me pone mala: hay tantísimo que hacer...".
Sabe bien de lo que hablamos la doctora Pilar Rodríguez Ledo. No tanto porque sea la presidenta de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (que también), sino porque ejerció durante 17 años en un pueblo de la Galicia profunda: 2000 pacientes repartidos en 56 poblaciones; un hospital más cercano a hora y media de distancia; 200 kilómetros al día (30 de ellos por alta montaña); tres horas de coche; un hacha en el maletero para quitar troncos caídos en la carretera...
"En estos momentos tan difíciles para la Sanidad española, el médico rural es el que encarna de un modo intacto lo que significa ser médico y no un mero prescriptor de pruebas", asevera Pilar. "Muchas veces trabaja en soledad profesional, y enfrentarse al paciente sin apoyos conlleva una sobrecarga de responsabilidad y una dificultad técnica y emocional".
Lo mismo piensa Albert Foo, médico venezolano que lleva diez años ejerciendo en Ourense y que ahora lo hace en el centro de salud de Laza.
¿La dificultad para ejercer en este entorno? "La accesibilidad, la dispersión geográfica, el envejecimiento y, por supuesto, la falta de incentivos económicos: comunidades como Galicia, Madrid, Andalucía o Extremadura no pagan kilómetros o mantenimiento del coche...".
¿El futuro? "El desafío es el relevo generacional: 4.500 facultativos del medio rural se jubilan en los próximos cinco años".
¿La recompensa? "Todos los días, estos ancianos tienen un temor: y es que tú te marches del pueblo, que el médico también les abandone. Porque si tú no estás, no van. A mí me dicen: 'Usted no se marche nunca, eh'".
¿El mensaje para que se animen los futuros médicos? "Les diría que el medio rural es la plataforma idónea para formarse debido a la proximidad con el paciente, que es un camino lleno de oportunidades únicas... Y que en los pueblos, el médico no solo evalúa, sino que es evaluado. Los pacientes son capaces hasta de ver tu estado de ánimo: con lo que la sensación de cuidado es bidireccional".
(...)
Pero volvamos a la consulta de Morales del Vino (Zamora), a las mollejas tan buenas que ponen a 100 metros del centro de salud, a las entrañas que arregla dentro la doctora.
La joven médica que ejerce en el lugar que siempre soñó no solo ayuda a vivir, sino que también lo hace a la hora de la muerte: Cristina está especializada en cuidados paliativos y ha ayudado a morir en paz en casas de pueblo. Además, es una de las dos médicos acreditadas en toda Zamora para ejercer la eutanasia.
"Una de estas asistencias fue en un pueblo. Es duro, claro. Pero sientes alivio. Porque estás ayudando a una persona a morir sin sufrimiento. Para eso estamos, ¿no? Para quitarle a la gente dolor".
No hay ni una sola cosa que no te diga sonriendo esta mujer.
Te lo dicen ellos, los que la tienen delante.
Al salir de la consulta, el hombre que tiene el colesterol disparado nos cuenta que su madre falleció en Navidad con un tumor cerebral. Que tardaron siete meses en hacerle un TAC. Que tardaron casi un año en hacerle la resonancia magnética. Y que, cuando la llamaron para operar, ya había fallecido. "El sistema sanitario español no es el mejor del mundo -dice-, pero tiene los mejores sanitarios". Y hace un gesto con la cabeza refiriéndose a ella.
También al salir de la consulta, Vicenta, la hija de la anciana que solo veía "niebla, niebla y niebla" se lamenta de la tendencia: "Todo está muy complicado para los médicos con los recortes... Entiendo que se vayan porque no se sientan valorados. Aquí se han marchado todos. Por eso da gusto que alguien joven se quiera quedar". Y hace un gesto con la cabeza refiriéndose a ella.
Hay una prueba del nueve en los pueblos para saber si te quieren o no.
Hay una muestra de afecto por encima de las demás.
Y ella ya la ha sentido.
Ocurrió cuando un paciente de confianza le pidió las llaves del coche un momento. Ella pensó que era porque lo tendría mal aparcado o algo parecido. Pero no era eso.
Cuando terminó, comprendió el motivo.
-Me había llenado el coche hasta arriba de productos del campo. Lechugas, tomates, huevos, calabacines, sandías, patatas... ¿Te lo puedes creer?