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Lola, la infancia rota en un centro de acogida: "La noche de Reyes, la Policía entró tirando la puerta buscando a mi padre"

Su padre era atracador y su madre estaba muy enferma. Por eso acabó con sus hermanos tutelada por la Administración en un centro y en una residencia. Allí pasó cerca de 3.000 días y sufrió abusos sexuales. Hoy, la trabajadora social alerta: "España duplica la media europea de niños viviendo en centros"

Lola, la infancia rota en un centro de acogida: "La noche de Reyes, la Policía entró tirando la puerta buscando a mi padre"
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Si había una educadora que entendía a los niños de aquel lugar, esa era ella. Si había una trabajadora social a la que se dirigían algunas niñas de pasado encriptado, esa era ella. Si había una referente que funcionaba como un mapa que te sacaba del laberinto, esa era ella.

Y eso porque Lola les contaba la verdad: que también había estado tutelada por la Administración (como ellos); que también había tenido un padre horrible y una madre muy enferma; que también -mientras se pasó la infancia entera en un centro de acogida- sintió soledad y miedo.

Hay varias formas de empezar a contar la historia de la trabajadora social Lola Sinisterra.

Una es rescatando el primer recuerdo con su familia biológica: «Me veo gateando con las manos y las rodillas ensangrentadas por las astillas del suelo».

Otra es viajando a las peores Navidades de su vida: «En Reyes vinieron los pajes a casa, pajes mal pintados con camisetas de Cáritas. A mí me regalaron una muñeca enorme pintarrajeada con boli. Mis hermanos y yo nos fuimos a dormir con emoción y nos pusimos juntos en un colchón desde donde se veía la puerta de la entrada, con la esperanza de no dormirnos y ver entrar a los reyes. Para mi sorpresa, no vimos entrar a los reyes magos, sino a la Policía tirando la puerta abajo buscando a mi padre... Mientras yo estaba abriendo los regalos de los pajes, él estaba atracando un banco».

Para saber más

Hay varias formas de empezar a contar la historia de la trabajadora social Lola Sinisterra -hemos escrito- y solo hay una forma de terminarla: aquella niña que fue tutelada por la Administración desde los tres años hasta los 11 encontró una familia de acogida, se formó como integradora, estudió la carrera de Trabajo Social y regresó como educadora al centro donde empezó todo.

«Muchas niñas me recordaban a mí. Les decía: 'Yo también estuve en un sitio así. Yo también viví lo que tú'. Con los ojos muy abiertos contestaban: '¿En serio?'».

(...)

Pero ella solo recuerda las astillas de los tres primeros años en Barcelona: «El clavarme cosas gateando. El hacerme daño jugando en el suelo de aquella casa».

Pero ella solo recuerda levantar la mirada y verlos allí: «Mi madre empezó a consumir muy joven y tenía crisis depresivas muy fuertes. Había temporadas en que no se levantaba de la cama. Vivía atormentada con su bipolaridad. Mi padre era peor: cotizaba como camarero, sí, pero era ladrón».

Pero ella solo recuerda cómo se les iba todo entre las manos: «Papá sacaba el dinero en cuanto cobraba la ayuda social, se marchaba unos días hasta que se lo gastaba en drogas, juegos y fiestas, y después volvía arrepentido».

Así era la vida para los tres hermanos. La más pequeña, ella. La más vulnerable, también. No iban al colegio ni al médico. La casa era un tablero lleno de trampas. Una vez, Lola se sube a un balcón y casi se mata. Otra, sufre un corte tremendo en la mano mientras le arregla el pelo a una Barbie. Otra, su hermano está a punto de morir asfixiado jugando con un globo. Otra, sus padres se dejan encendido el fuego de la cocina. Es el infierno, piensa ella. Y van a arder en él.

La trabajadora social que hoy es habla de la situación de aquella familia que fue: «Había demasiados indicadores de riesgo en aquella casa nuestra, una evidente negligencia continuada. Y ocurrió lo inevitable».

Unos policías acuden una mañana al colegio, sacan de clase a los hermanos y, con la mochila a la espalda, son montados en la patrulla que los llevará a su nuevo hogar: un centro de acogida en la comarca del Maresme.

Lola no ha cumplido los cuatro años y no para de llorar. El primer día lo pasa sin soltarle la mano a uno de sus hermanos. Por la noche, trata de ir a la cama de ellos. Tiene prohibido el paso. Vuelve a llorar. Será lo único que haga durante días. Eso, arrastrar una muñeca pintarrajeada de boli y preguntar por su madre.

(...)

Todo lo desmenuza en su cuenta de Instagram Marionetas del sistema, en charlas que da en universidades e institutos y en Cuando la cigüeña se equivoca, un libro donde narra su experiencia como niña tutelada, la peripecia de una cría que pasó su infancia y adolescencia dentro del sistema de protección y que hoy ejerce como activista por los derechos de esos niños que tanto le recuerdan a ella.

Aunque hay algo de lo que procura no hablar.

Le ocurrió con 10 años. Por entonces, ya había dejado el centro de primera acogida y había sido enviada con sus hermanos a uno residencial de Aldeas Infantiles. Allí descubrió un mundo nuevo, aprendió las rutinas escolares, los hábitos de higiene y del cuidado domésticos y tuvo la oportunidad de conocer el Parque Atracciones: mil veces subió y bajó.

Hasta que simplemente sucedió.

«Sufrí abusos sexuales», confiesa hoy. «Hacía gimnasia deportiva. Lo hizo una de esas personas que me acompañaba en idas y venidas. Una que estaba muy cerca de mí. Siendo mayor puedo entender que no tuve la culpa, pero en aquellos momentos creía que eso era lo normal, que guardar el secreto era lo bueno aunque me hiciera sentir mal». Y concluye: «Es la primera vez que me he atrevido a decirlo y lo hago para intentar que no le vuelva a suceder a ningún niño nunca más».

Supo que se hacía mayor por cosas como aquella. Y también por lo que empezó a sentir cada vez que venía su madre al nuevo centro.

«Mamá seguía viniendo a vernos cada 15 días. Yo ya me iba dando cuenta de cómo estaba. Ya tenía una edad y creía que iba a cuidar de ella. Que tenía esa obligación. Empieza ese peso como hija: el de la carga y la responsabilidad».

Y entonces, igual que cuando un niño pobre encuentra el billete dorado de Willy Wonka, vino la última posibilidad de cambio.

«Nos llamaron. Nos dijeron: 'Si queréis, podéis ir con un matrimonio'... Mi hermano mayor, Marco, tenía 17 años y para él aquello ya no tenía sentido, pero mi hermano César, con 13, lo vio claro. Me dijo: 'Mira, si no nos vamos ahora en acogimiento familiar, por la edad que tenemos nos vamos a tener que quedar aquí siempre'. Era nuestra última oportunidad».

La niña llamada Lola llevaba casi 3.000 días viviendo en un centro.

(...)

Si le preguntas a la especialista en el sistema de protección que hoy es, reclama que «no haya ni un solo niño en espacios institucionalizados y que estén en familias de acogida». Y lanza un dato: «España duplica la medio europea de niños viviendo en centros». En efecto, en 2022 había 210 menores de edad por cada 100.000 en residencias en nuestro país, frente a un promedio continental de 105 por cada 100.000.

Si le preguntas a la niña de 11 años que llegó a aquella familia, te dirá que no fue sencillo: el matrimonio que les acogió había perdido a tres hijos adolescentes por fibrosis quística.

Lola, César.

Sus dos maletitas baratas.

Y aquella triple sombra de ausencia nada más cruzar la puerta.

«Los primeros tiempos fueron bien, porque mi vacío se llenó con cosas materiales. Era una familia de clase media alta y me dieron todo lo que nunca tuve. Hasta una habitación propia. Una fantasía».

Así que llegó la pubertad y la tranquilidad saltó por la ventana.

«Aquella familia no había pasado el duelo. Con mi hermano fue todo estupendo, pero conmigo no fue así. Empiezas a hacerte mujer y hay cosas que no entiendes. No nos acabábamos de comprender... Mi madre estaba cada vez peor [el acogimiento conlleva visitas de la familia biológica y la adopción no], mi padre entraba y salía de la cárcel y no sabía casi nada de mi hermano mayor... Entonces peté con ellos. Toda mi rabia fue contra ellos. Se me metió en la cabeza que no podía estar con mi madre por su culpa. Fui muy injusta y cruel. Vivía enfadada. Suspendía todo. Y los gritos eran diarios. Rompía cosas. No sé ni cómo me aguantaron. Les decía: '¡Venga, pegadme, que os denuncio!'. Lo pienso ahora y me da vergüenza».

(...)

Aquellos pedazos rotos se barrieron. Las astillas de las rodillas se las sigue desclavando en terapia una a una. Le cuesta hablar de ciertas cosas. Pero hoy tiene una buena relación con aquel matrimonio que no solo le dio la vida, sino también el futuro.

Primero fue un grado medio de Educación Infantil. Luego vino un grado superior de Integración Social. Después, su empleo en centros de acogida con niños del sistema de protección. Más tarde, la carrera de Trabajo Social en la Universidad de Barcelona. Finalmente, su plaza como trabajadora social en el Ayuntamiento de Pineda de Mar, donde se sienta delante de familias heridas que son como un espejo que la reflejan a ella.

«Si en los centros de acogida veía el final del proceso en los niños, ahora trabajo en el comienzo de todo con las familias», cuenta. «Estoy con una madre que me recuerda a la mía, con una niña en brazos que podría ser yo, tratando de ayudarla... Y veo que no va a acabar bien».

Resta mucho por hacer. Dentro y fuera de ella.

De toda esta historia, hoy queda una trabajadora social llena de marcas que no se ven. Por ejemplo, dice que, en las relaciones de pareja siempre tiene miedo al abandono, a no ser suficiente. Por ejemplo, odia las Navidades y los cumpleaños. Por ejemplo, cada vez que ve un niño sufriendo se agacha para hablar con él.

Hace no demasiado, la pequeña Lola tuvo una regresión. La cuenta es su libro: «Fue mientras estaba en una de mis sesiones de terapia, se me desbloqueó un recuerdo. Era de aquella época, yo estaba en una habitación de un hostal bastante feo, en la cama con mi padre y otro señor, imagino que un amigo suyo; no logro recordar mucho más que estar en medio de los dos, con mucho roce y olor a alcohol, pero el sentimiento que me invadió en ese instante fue muy desagradable, haciendo que mi corazón se acelerara y teniendo un ataque de ansiedad».

Entonces se despierta y echa de menos a su madre.

Entonces va a acostarse y lo mismo.

«Si había bebido, venía muy colocada. Si venía más tranquila, no se le entendía nada porque estaba supermedicada... Pero nunca faltaba en las visitas. Aunque no tuviera un duro para coger el tren, allí estaba ella. Para vernos. Muchos de aquellos niños no tenían visitas y nosotros sí. Hay muchas maneras de ser ejemplar -se le corta un poco la voz-. Y eso que hacía ella es algo que admiro mucho de mi madre».