Los chicos de la Cañada Real están acostumbrados a escuchar que acabarán siendo pasto de la delincuencia, a que les miren como si fueran cocodrilos hambrientos y a tener que ir al despacho del director como sospechosos habituales para que aquel se haga un bolso con sus pieles cada vez que desaparece una sudadera en el instituto.
A todo eso están acostumbrados y a más. Pero para lo que no están preparados es para lo que está a punto de ocurrir.
El tipo que entra por la puerta no es un agente de policía mosqueado, ni una nueva trabajadora social llena de preguntas, ni un operario municipal con malas noticias.
El tipo que entra por la puerta es el presentador más famoso de la televisión española y ha venido a jugar a un sitio donde nadie pone el foco.
Porque hay quien se imagina nada más que oscuridad. Porque hay quien tiene miedo a entrar aquí. Porque son cocodrilos hambrientos. Ha venido al lugar donde nadie pone el foco porque -si no fuera por los inventos de cada cual- ni siquiera habría electricidad para encenderlo.
Así que ya lo decimos nosotros por él.
Empieza por la C: "Poblado chabolista más grande de Europa que está a tan solo 15 kilómetros de la Puerta del Sol de la capital". Respuesta: "Cañada Real".
Empieza por la L "Suministro cortado en el asentamiento desde hace más de cuatro años y que condena al frío y a la precariedad a mayores y a niños". Respuesta: "La luz".
Empieza por la letra E: "Señalado por el Consejo de Europa hace nada más que dos semanas por su inacción en todo lo anterior". Respuesta: "Estado español".
Empieza por la S: "Sector más degradado de toda la Cañada Real en el que viven 4.500 personas (casi la mitad menores) y en el que tiene lugar esta historia". Respuesta: "Sector seis".
Empieza por la R: "Presentador sevillano de 45 años, hijo de un trabajador de la construcción y de una ama de casa, que se emociona al ver a los críos que tiene delante porque son de la misma edad que los suyos". Respuesta: "Roberto Leal".
Un día, EL MUNDO contactó con él y le comunicó que los niños de la Cañada Real jugaban al Pasapalabra por las tardes en la asociación El Fanal y le propuso acudir por sorpresa una tarde para ver qué pasaba. Aquel hombre acertó con la respuesta.
Y lo que pasó el primer lunes de este mes de diciembre -medio centenar de asistentes y dos equipos concursantes- es el concurso más emocionante y menos visto en la historia de la televisión.
Este es un Pasapalabra con sonido de generador de fondo. Sin cámaras parpadeantes ni superlámparas cegadoras, pero iluminado con 16 modestos fluorescentes. Sin maquillaje, pero con piel. Un Pasapalabra que te deja mudo. Un rosco inédito donde el premio es que, con la letra D, no te digan delincuente o que, con la letra C, no te crean cocodrilo.
Hay chicas adolescentes que le piden fotos. Chavales que no se lo creen al verlo allí. Pero cómo estará de lejos el sector seis en el que estamos que hay niños -en cuyas casas no alcanza para encender el televisor- que ponen cara de no saber quién es este tío.
(...)
En Madrid, el alcalde acaba de encender casi 12 millones de bombillas navideñas en 230 emplazamientos repartidos por los 21 distritos de la ciudad, pero no ha dejado ni un puñadito de ellas para iluminar esta parte de la Cañada.
Desde que Naturgy decidió cortar el suministro en octubre de 2020 alegando una sobrecarga de la línea provocada por enganches ilegales y el cultivo de marihuana, aquí se podría escribir un nuevo ensayo sobre la ceguera.
Hablamos con Irene Pérez Cruz, codirectora de la asociación El Fanal, que lleva desde 2000 trabajando con las familias sobre el terreno y cuyo nombre no puede ser más significativo hoy en día. Léase la definición de fanal si no: farol grande que se coloca en las torres de los puertos para que su luz sirva de señal nocturna.
"Este sector pertenece a Villa Vallecas y es el más degradado de todos. Está cosido a la M-50, tiene la incineradora a lado, sufre de un tránsito masivo de camiones que van rumbo a ella y tiene que soportar los vertidos ilegales", nos ilustra Irene sobre este nuevo plató de Pasapalabra.
"Aquí no hay prestación de servicios, ni recursos educativos ni sociales, ni farmacias, ni tiendas, ni..." (la educadora podría tirar hasta el final de esta página enumerando lo que no hay). "Al no haber tampoco transporte, los chicos y chicas solo tienen dos posibilidades de salir: o bien van caminando hasta la carretera de Valencia para coger un bus atravesando una zona de drogas o bien van 40 minutos hasta Los Berrocales por un barrizal".
"La vida sin luz supone una carga emocional para todos, pero más para las mujeres, dado que son las principales cuidadoras"
Así, la intemperie es una navaja rota de doble filo.
No solo está la geográfica. Aquí todo está demasiado lejos. Los hay que, cuando se animan a ir a la ciudad, no dicen "voy a Madrid". Sino "voy a España".
Está también la intemperie anímica. Las mujeres han retrocedido en el tiempo. Nos cuenta Irene que el corte de suministro no solo se ha llevado los mínimos vitales, sino también el empoderamiento femenino. "La vida sin luz supone una carga emocional para todos, pero más para las mujeres, dado que son las principales cuidadoras. Las placas solares no cargan en los días nublados. No todas las familias tienen generadores. Hay que enfriar los alimentos, tienes que ir a comprar cada dos por tres porque no puedes mantenerlos en verano a baja temperatura, en invierno hay que calentar el hogar... Para las mujeres especialmente, el corte de la luz supuso no seguir avanzando. Porque ahora la primera inquietud no es ir a la clase español, pongamos, sino salvar el día a día de tu hogar".
Se llama Imane, es de origen marroquí, estudió un grado superior de Educación Infantil, tiene 22 años y empezó a ir a El Fanal para poder hacer los deberes escolares en silencio y bien cuando solo tenía seis. Y allí escuchaba a Irene y demás educadoras. Y quería ser como ellas. Y aquí la tienen ahora: desde marzo es la bibliotecaria de la asociación, sufrida vecina, boca que no se cubre, otra flor en la cañada.
"En el instituto jamás supieron dónde vivía. No lo sabía ni mi mejor amiga: el estigma", concede mientras se nos mete la noche.
Hoy la joven habla del día a día. "En mi casa hay placas solares, pero si pones la nevera no puedes poner la lavadora", apunta. Y recuerda aquel invierno de la Filomena en que estudiaba exhalando vaho por la boca, "envuelta en tres mantas", los dedos que subrayaban como témpanos de carne.
"Aquel año mi padre hizo fuego en la chimenea para calentarnos. Casi no lo contamos. Tuvimos mareos, dolor de cabeza... Era levantarnos y nos caíamos. Tuvo que venir mi tío a cuidarnos".
Empieza por la I. "Causa por la que estuvo a punto de morir Imane junto a su familia". Respuesta: "Intoxicación por inhalación de monóxido de carbono".
Hollín. Luz mortecina. Desasosiego. Falta de aire, ya sabes, muchacha.
Y de repente, el lunes 2 de diciembre de 2024, Roberto Leal.
(...)
Acaso ninguno del equipo verde sea como el mítico concursante Orestes Barbero (que se tiró en el programa 360 días). Acaso tampoco ninguna del equipo naranja sea como Rafa Castaño (que se llevó un bote de 2,2 millones de euros). Pero qué importa. Parecen niños alegres en una fiesta de pijamas en vez de gente que está dispuesta a hacer cualquier cosa por ganar.
Que si unas risas, que si unos codazos, que si algún "es él", que si "cuánto dinero me das si gano, eh"...
Tenemos que empezar ya porque la luz natural se irá rápido. Y, cuando se va la luz natural -nos cuentan-, las chicas y los chicos de aquí se marchan pronto a casa. Un poco como hacía Will Smith en Soy leyenda. Porque a partir del ocaso pueden pasar cosas. Porque uno puede ser un niño muy vivo de diez años de la Cañada, puede haber escuchado disparos o, en ocasiones, haberse cruzado con caminantes blancos por culpa de la heroína. Pero se caga lo mismo que un crío del barrio fino con la nocturna oscuridad.
"Si le ponen pasión, van a llegar. Esto no es ninguna utopía"
Así que Roberto Leal ya no es Roberto Leal sino Rober a secas, el hijo de la Mercedes. Que creció en una familia obrera -les va diciendo, por fin le dejan hablar-; que quería ser dibujante como una niña de la primera fila; que en cuanto se enteró de que existían, quiso venir a verlos. Que podría haber traído una caja de mantecados, pero que ha traído esto: varios juegos del programa. Que dice: "No dejéis que nadie os señale, sabed que tenéis un camino precioso por delante". Que aclara para quitar presión: "Yo tampoco me las sé todas, eh".
El concurso es lo de menos y el premio consiste en comprobar que le importan a alguien.
-Empieza por la F -se afana Rober a secas, el hijo de la Mercedes-. "Acumuló mucho dinero y consiguió una gran...".
-¡Fajo! ¡Consiguió un gran fajo!
El presentador dice que no, hay quien se lleva las manos a la cabeza entre risas y el público le pide otra y otra lo mismo que en los conciertos.
-Nooo. La respuesta correcta es... fortuna.
Probemos de nuevo.
-Con la J. "Comer muy deprisa es j...".
-¡Jodido!
-¡Jalar...! La respuesta es jalar.
-¿Halal? -pregunta una chica musulmana en referencia a los alimentos aprobados por su religión.
Y qué contagiosa es la risa. Y qué corta es la distancia en este instante. Y qué bonito es que las voces tapen el sonido del generador. Y menos mal que le dan un micrófono porque -si no- este hombre va a parecerse a don Vito Corleone en el próximo Pasapalabra.
"Muchos me han dado las gracias, pero el agradecido soy yo. Veo su humildad, pero no me refiero a la pobreza. Sino a lo que tiene que ver con querer crecer: la humildad del que quiere crecer", nos habla Leal. "Si le ponen pasión, van a llegar. Esto no es ninguna utopía".
"Es hermoso. Me contaba una educadora que muchos de los que han salido del barrio y logran un buen trabajo siempre acaban volviendo para visitar la Cañada, que les da dado mucho... Nunca se despiden del todo de este lugar".
(...)
Aquí, sentados en círculo después del concurso junto al cronista, los tres chicos -Musta, Hamid y A. E.- tienen el aire de unos testigos que han venido a denunciar después de pensárselo un rato.
Habíamos preguntado por tres menores de edad con los que charlar y han dado un paso al frente estos tres adolescentes.
Nos dicen antes lo que no quieren que lo que quieren.
No quieren a los periodistas que solo cuentan cosas malas de la Cañada Real. A los que retratan a sus vecinos como delincuentes. A los que solo les interesan las historias que salpican y lo dejan todo perdido.
-Entonces estamos de acuerdo -escuchan.
Y empiezan a hablar.
"Se piensan que somos animales. Todo el mundo cree que somos ladrones, que nuestro futuro es trabajar de ladrones"
El chico se llama A. E., se expresa con una elocuencia apabullante, ha cumplido los 17 años, quiere ser anestesista, tiene muchas cosas que decir, es guapete y -como único pero- hay que reconocer que viste un chándal blanco del Real Madrid.
Nos dice que le nombremos así. Con dos letras encriptadas: A. E. Nada más que A. E. De apagón eléctrico. O de apestados de Europa. O de animal extranjero. Un poco esa mezcla.
"Desde que nací, vivo aquí. Cuando dices que eres de la Cañada cambian la cara", suelta A. E.
"De tantas cosas que salen en la televisión tenemos la imagen de ser un barrio peligroso y conflictivo, pero no es como la gente dice. No solo somos yonquis y eso", nos cuenta Hamid. "Yo he escuchado a un profesor decirle a un chico de aquí, solo porque no hablaba bien español: 'A ti lo que te pasa es que has venido en patera'".
"Se piensan que somos animales", opina Musta. "Todo el mundo cree que somos ladrones, que nuestro futuro es trabajar de ladrones".
-¿Qué te gustaría que se sacara en claro de este reportaje? -volvemos con A. E. antes de irnos.
-Que ahí fuera sepan que somos buena gente.
Solo eso. Nada más que ese premio del rosco de Roberto Leal.
Un poco como aquello que contaba Eduardo Galeano en El libro de los abrazos:
"Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.
En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-Decile a...-susurró el niño-. Decile a alguien que yo estoy aquí".