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Viaje a la Disneylandia de Confucio: "El régimen lo usa para legitimarse y vender a China como líder moral"

Tras la persecución de su legado durante la Revolución Cultural, Xi Jinping aprovecha hoy políticamente sus ideas para vender el actual sistema del partido-Estado. Su lugar de nacimiento recibe el peregrinaje de turistas y funcionarios

Estatua de Confucio, en Qufu.
LUCAS DE LA CAL
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Kong Zhong explica que cuando era niño, durante la tormentosa Revolución Cultural de Mao Zedong en la década de 1960, sus compañeros de clase le dieron una paliza al enterarse de que era descendiente de Kongzi, más conocido en Occidente como Confucio. «Yo era muy pequeño y no entendía por qué me pegaban. Los profesores, que en aquellos años borraban todo rastro confuciano en la enseñanza porque tenían miedo a ser castigados, también me hacían bullying. Me expulsaron de dos colegios por mi apellido. Por suerte, todo cambió más adelante, se recuperó el legado de Confucio y gracias precisamente a mi apellido conseguí dos trabajos y una posición de respeto».

Kong es profesor de Historia, pero de jueves a domingo trabaja escribiendo frases de Confucio en pergaminos que vende en una tienda de Qufu, la ciudad donde nació hace 2.500 años el más famoso filósofo, teórico político y maestro de la antigua China. En la provincia de Shandong, al este del gigante asiático, esta localidad de más de medio millón de habitantes ha prosperado en la última década gracias al turismo patriótico en torno a la figura de Confucio (551 a.C.-479 a.C.), rehabilitada de purgas pasadas por un gobernante Partido Comunista (PCCh) que ha adoptado la doctrina filosófica del pensador como eslogan político.

La entrada a la especie de parque de atracciones de Confucio que hay en Qufu cuesta al cambio casi 20 euros, aunque el acceso es gratis para los mayores de 60 años. Dentro hay un enorme templo con nueve patios, la residencia familiar y el cementerio donde está la tumba del maestro. La mayoría de los visitantes son jubilados. Pero también llegan a la puerta autobuses con funcionarios de otras partes del país. Al sur de la ciudad hay un monte donde, en el punto exacto donde se cree que nació Confucio, se levanta una estatua de 72 metros. La excursión a Qufu es obligatoria para los cuadros provinciales del partido después de que el presidente Xi Jinping rescatara el confucianismo como la piedra angular de la ética y la gobernanza de China en medio de una creciente competencia ideológica con Occidente.

El profesor de Historia que sufrió bullying de pequeño es uno de los cinco hombres de apellido Kong que venden pergaminos o trabajan como guías en el templo. Todos ellos se presentan como descendientes de la 78ª generación de Confucio. Son un reclamo turístico más dentro del complejo dedicado al fundador del confucianismo, la filosofía religiosa que ha sido el pilar sobre el que se ha construido la sociedad china durante gran parte de su historia. La misma por la que el padre de la China comunista, Mao Zedong, sentía aversión porque la veía como un obstáculo para el progreso, un símbolo de un viejo orden que mantenía al pueblo bajo control y que había que derrocar.

Durante los primeros años de la Revolución Cultural, se quemaron textos confucianos y se prohibieron las Analectas, una antología de pensamientos y dichos atribuidos al filósofo que fueron recogidos por sus discípulos. Muchos profesores terminaron detenidos y asesinados por pregonar valores confucianos como el culto a los antepasados y la virtud del ren (humanidad o benevolencia) que debían tener los gobernantes. Altos cargos del Partido Comunista fueron purgados tras ser acusados de intentar revivir estos mensajes. En Qufu, la tumba de Confucio fue destruida. Su figura fue erradicada como fuerza social y reemplazada por los principios revolucionarios del PCCh de Mao.

Las líneas maestras del confucianismo resurgieron bajo los líderes modernos y los Kong dejaron de esconderse. El Gobierno chino trazó un árbol genealógico del apellido y ahora hay hasta una asociación mundial de descendientes de Confucio. Cada año, durante el Festival Qingming, el equivalente a nuestro Día de los Muertos, miles de descendientes de todas partes de China se juntan en Qufu para participar en una ceremonia y realizar ofrendas frente a la tumba de Confucio, que se encuentra en el cementerio familiar más grande del mundo: más de 100.000 miembros de la familia Kong están allí enterrados.

Para saber más

«Cuando Confucio murió, fue enterrado en una tumba sin nombre, lo que era común en su época. Tres siglos y medio después, los emperadores de la dinastía Han adoptaron sus enseñanzas como ideología de Estado. Fue entonces cuando se identificó y marcó su tumba para ser venerada. Casi todos los descendientes masculinos hasta la 76ª generación también están aquí enterrados», explica la señora Tang, que lleva 12 años trabajando como guía en el cementerio. «El complejo se conservó gracias a la devoción de los sucesivos emperadores durante más de 2.000 años, pero hubo que reconstruir gran parte tras la ola de destrucción durante la Revolución Cultural. Muchas reliquias de la época de Confucio desaparecieron».

Tras la muerte de Mao en 1976, el Partido Comunista comenzó a rehabilitar de nuevo la figura de Confucio. Con el reformista Deng Xiaoping, muchos altos cargos viajaban anualmente a Qufu para participar en ceremonias para honrar el cumpleaños del filósofo. Bajo el mandato del presidente Hu Jintao, China abrió su primer Instituto Confucio en Corea del Sur en 2004. Pero ha sido el actual líder supremo, Xi Jinping, quien ha encontrado un uso más político a los principios confucianos.

Muchos académicos señalan que Xi está convencido de que, al vincular la ideología del PCCh a una tradición de dos milenios de antigüedad, eso le confiere legitimidad como gobernante porque, a diferencia del marxismo-leninismo como la corriente que ha marcado la base ideológica para otros líderes, el confucianismo es una filosofía local, procesada también como una religión -aunque no encaja en el concepto occidental de religión porque no hay dioses y no se centra ni en la creación de la vida humana ni en el más allá-, y eso engancha a un pueblo cada vez más nacionalista.

«China se tiene que gobernar con ideas chinas, esa es la base de la estrategia del partido. Hay elementos de la cultura tradicional que las élites políticas actuales son conscientes que les pueden resultar útiles para legitimar su proyecto de gobernanza. Se abraza ahora el confucianismo no porque el Partido Comunista sea confuciano, que no lo es, sino porque entiende que lo necesita para legitimar el actual sistema de partido-Estado. Se utiliza la visión pacifista del confucianismo vendiendo que China puede ser un líder moral en todo el mundo porque predica con el ejemplo, no con la fuerza. Se toma el despotismo ilustrado versión Confucio, siguiendo el modelo de un gobierno paternalista que se preocupa por el pueblo», explica Mario Esteban, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, donde es director del Centro de Estudios de Asia Oriental, e investigador principal del Real Instituto Elcano.

Esteban, que lleva más de dos décadas estudiando y viajando por el gigante asiático, publicó este año un libro, Introducción a la China actual (Alianza Editorial), en el que dedica un epígrafe a explicar la influencia del confucianismo en la política actual de la segunda potencia mundial. «La ideología que tiene hoy el PCCh es un nacionalismo muy conservador. La gente en China no es comunista, pero sí es muy nacionalista», continúa el académico. «El nacionalismo chino siempre ha tenido dos caras: una más victimista, antiimperialista y de reafirmación de la cultura nacional. La otra es más beligerante, con ciertos ramalazos supremacistas. Pero ahora se han dado cuenta de que esa narrativa agresiva contribuye a un contexto internacional más hostil para China, y eso es un problema. Entonces, lo que están haciendo ahora es apelar al otro tipo de nacionalismo más centrado en la cultura tradicional, en Confucio, que se centra en la cohesión interna y no genera reacciones díscolas en el exterior».

El año pasado, una televisión local china comenzó a emitir una serie animada protagonizada por los personajes del filósofo alemán Karl Marx y Confucio, quienes conversan en un bosque de bambú, intercambiando impresiones sobre el vertiginoso desarrollo de China. «El marxismo ha sido la ideología oficial del partido desde la era de Mao, pero ahora se recurre al confucianismo, elevándolo al mismo nivel, para consolidar la identidad nacional», señala Tao Zhang, profesora en la Universidad de Nottingham Trent, en Reino Unido. «En Pekín se inició hace tiempo una campaña para sinizar el marxismo a través de la cultura tradicional china».

Xi Jinping fue el primer presidente chino que visitó Qufu, en 2013, para participar en las celebraciones para conmemorar el nacimiento de Confucio. «El confucianismo es clave para entender las características nacionales de los chinos», soltó el líder, subrayando que esa filosofía podría ofrecer soluciones para la paz y el desarrollo global. Uno de los eslóganes actuales más famosos del Gobierno de Xi, la llamada «comunidad de futuro compartido para la humanidad», utiliza los valores confucianos de armonía y coexistencia para promover la idea de que es posible un nuevo orden mundial alejado de la hegemonía occidental, del dominio estadounidense, en el que países como China tengan cada vez más voz en un escenario multipolar.

"De niño me pegaban y me expulsaron de dos colegios por culpa de mi apellido", cuenta un descendiente del filósofo

Desde EEUU, conscientes de que sus muchos fracasos diplomáticos han abierto una enorme autopista para la expansión de la influencia china, han denunciado que el régimen de Pekín, para lograr sus propósitos, utiliza varias herramientas de poder blando, concretamente la red de Institutos Confucio. Según una investigación de un comité del Senado de EEUU en 2019, estos centros, que promueven la lengua y cultura china por todo el mundo, son «brazos de propaganda estrechamente controlados del Gobierno chino».

En Qufu, la cuna de Confucio, hay otro Kong descendiente del filósofo que hace de guía turístico para un grupo de funcionarios del Partido Comunista. Frente a una estatua de su antepasado que está rodeada por varias tablas de piedra con grabados, el hombre sostiene que hay que combinar la tradición china con la lealtad al partido como estrategia del éxito para el futuro del país. Después de un largo sermón, el Kong guía intenta convencer a sus oyentes de que lo acompañen a una tienda donde otro descendiente Kong vende bajiu, un licor local, en botellas con el rostro de Confucio.