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La Navidad de Guillermo, un adicto a las compras: "No podía llevar ni dos euros en el bolsillo, porque saltaba la chispa y la liaba otra vez"

Guillermo, de 47 años, se gastó "300.000 euros" en todo tipo de objetos que no quería para nada. Es el rostro de una adicción creciente y que acecha en estas fechas de derroche. "Vivía perseguido por acreedores y me la sudaba todo"

La Navidad de Guillermo, un adicto a las compras: "No podía llevar ni dos euros en el bolsillo, porque saltaba la chispa y la liaba otra vez"
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Podríamos hablar de que a Guillermo Rojas, 47 años, natural de y residente en Sonseca (Toledo), casado desde hace 24 años y padre de una chica, no le gusta «un pelo» llevar dinero encima. Podríamos retrotraernos a hace dos años: «Fue cuando me decidí a salir de verdad de esta mierda, y no podía llevar ni dos euros en el bolsillo, porque saltaba la chispa y la liaba otra vez».

Podríamos hablar, y lo haremos, de que su hija Nerea, con 18 años, es «la guardiana de todo». Pero de todo-todo. «Si ella no firma en el banco, a mí no me dan ni un duro. Esta mañana he cobrado 90 euros y lo primero que he hecho es escribirle un whatsapp: 'Acabo de cobrar 90 euros, los llevo en el bolsillo'. Y ella toma nota, para que luego cuadre».

Podríamos hacer una loca contabilidad: la de la «burrada de mierdas» en la que se gastó el dineral que quemó a lo largo de unos 30 años. «Yo calculo que habré gastado entre 200.000 y 300.000 euros, casi todo del negocio de mis padres, que al final fueron los paganinis de todo esto». Pero, ¿en qué? «En lo que fuera: coches, motos, caza, cualquier chorrada. Yo tenía dos euros en el bolsillo, veía lo que fuera y, ¡ñaca!».

Podríamos, en fin, hablar de la cantidad de veces que, como dice él, la lió «parda» gastando «lo que no tenía». De las idas y venidas con sus padres y hermanas, a quienes estuvo «a punto de perder un par de veces...». «Bueno, y mis hermanas todavía desconfían un poco de mí», añade.

De su mujer, Milagros: «No se quiere creer que me pasa lo que me pasa, que soy un adicto, que si me dejo ir un poco no me controlo».

Podríamos arrancar de la manera más obvia: contando que Milagros no hace más que pedirle a Guillermo, cuenta él, que vayan a Madrid esta Navidad. «Porque quiere ir a Zara o al otro, cómo se llama, el Primark... Y yo le digo, ¿pero cómo coño nos vamos a meter ahí? ¿Y si la armo otra vez?», dice, como si para él las luces de Navidad fueran fentanilo en estado puro.

Pero lo más interesante de la historia de Guillermo, lo que él cree «más importante», es más sutil: «Es el tema de la mentira. Eso es la hostia. Cómo mentimos, somos expertos en mentir, es alucinante las cosas que llegamos a inventar... Jajaja... Eso es increíble y te aseguro que no hay manera de contarlo como realmente es».

Para saber más

Vamos a intentarlo. Guillermo quiere hablar, parece que se quita un peso de encima al hacerlo, pero a la vez es como si no quisiera. ¿Cuál fue la mentira más gorda, la más mentirosa? «Bufff... Tantas... Yo cogía dinero de algún cliente, me lo gastaba y luego mi padre se lo reclamaba a ese cliente. Que le decía: 'Pero si se lo he dado a tu hijo'. Y yo lo negaba todo. Negaba que lo hubiera cobrado. Negaba que el día era día y la noche, noche. Todo».

Guillermo Rojas de la Cruz, pues, negó durante 30 años ser lo que le ha traído a estas páginas: un adicto a las compras, un comprador compulsivo, un shopaholic, como han acuñado los anglos.

«Me sudaba todo la polla, yo pensaba que vivía bien, quemando dinero... Pero no tenía ni idea, eso no era vida». Hace dos años dijo: hasta aquí.

«Para personas así», nos cuenta el psicólogo José Antonio Tamayo, 47 años, como si hablara desde el interior del cerebro de nuestro protagonista, «el acto de comprar es un mecanismo para aliviar tensiones, cubrir inseguridades o buscar satisfacción inmediata. Cuando la conducta se vuelve compulsiva domina la vida cotidiana. El refuerzo positivo es la euforia que provoca la compra, y cuando desaparece deja tras de sí culpa, frustración o problemas económicos. Que se intentan aliviar con más compra. Y vuelta a empezar».

"Me sudaba todo la polla, yo pensaba que vivía bien, quemando dinero... Pero no tenía ni idea"

Guillermo Rojas

La prueba de lo poco estudiado de este fenómeno es el baile de cifras sobre cuántos españoles podría sufrir adicción a las compras: de 400.000 personas a entre un 3% y hasta un 16% de la población, dependiendo de la fuente.

«Sobre todo son muy peligrosas estas fechas», dice Rosana Santolaria, psicóloga de la Federación de Jugadores de Azar Rehabilitados (Fejar), 48 años. «Parece que comprar nos va a dar la felicidad, como si dar o recibir regalos vaya a hacernos sentir mejor».

El consumismo desatado asociado al reflejo condicionado de las luces de Navidad «se suele asociar más a mujeres», admite Santolaria, «pero no te creas: veo muchos chicos jóvenes que han generado deudas y siguen gastando todos los meses en sudaderas, zapatillas o tecnología». Es época de extremos. Las prestaciones sociales salvan de la pobreza a 11 millones de españoles según la Red de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión social, pero la OCDE dice que España es la única gran economía europea que crece, y lo hace en gran medida gracias al consumo interno, desatado según algunos expertos.

Y Guillermo que no puede llevar ni un chavo en el bolsillo. «Uff... Para mí la Navidad es... No, no. No soy de piedra», acierta a decir.

Su historia comienza unos años antes de su propio nacimiento. Cuando Juan, su padre, abre la primera tienda de televisores que hubo en Sonseca. «Fue en los años 60 o por ahí. Mi padre siempre ha sido la leche para los negocios, arrasa con todo. Compraban partes de televisores en la calle Barquillo de Madrid, los llevaban a Sonseca y allí los montaban. Fue un boom. Tuvieron tiendas más grandes, y acabaron con una de 700 metros cuadrados, la más grande de la comarca».

Por Electrodomésticos Ruiz y Rojas, que ya no existe, empezó a corretear Guillermo en los primeros 80 hasta que comenzó a currar: «Primero montaba antenas y cosas así. Cuando saqué el carnet empecé a repartir».

"Veo muchos chicos jóvenes que han generado deudas y siguen gastando todos los meses en sudaderas, zapatillas o tecnología"

Rosana Santolaria, psicóloga de la Federación de Jugadores de Azar Rehabilitados

Un poco de psicología de Hacendado: eso de ver gente comprando sin parar en su propia casa -«la tienda tuvo mucho éxito desde el primer día, en aquella época cualquier negocio tiraba p'alante»-, ¿no dejaría una huella más profunda de lo esperado en él? «Mis hermanas, Miriam y Carolina, vieron lo mismo, y no les ha pasado», despeja.

Total, que con 17 años, habiendo dejado el cole en la EGB, empieza a trabajar, y a ganar «100.000 pesetas al mes», 600 euros al cambio. «Con eso en Sonseca era el rey, imagínate. Pero para mí era poco. Yo tenía que gastar mucho más».

La primera «gran liada»: «Me compré una moto con dinero que no tenía, con 18 años». ¿Qué moto? «Bueno, fue un quad, el primero y único que ha habido en Sonseca, un Yamaha 350 bicilíndrico. Un millón de pesetas... Dinero que no tenía». ¿Y de dónde lo sacó? «¿De dónde crees?». De la caja de la tienda. «Claro».

Con 23, a punto de casarse, se le fue «la olla» de nuevo: «Me gasté un dineral en una sauna... Tres mil euros. Creo que la usé dos veces. La acabé desarmando y dejando por ahí tirada». ¿Es Guillermo uno de esos compradores compulsivos que ni abre los paquetes y acaba rodeado de sobres de Amazon? «No, pero casi. Igual usaba las cosas una vez, o dos. Y luego me preguntaba: 'Pero, ¿yo para qué coño quiero esto?'».

Sus dispendios, en esos casi 30 años en manos de la adicción, siempre terminarán ahí: en la cartera de sus padres. «La responsabilidad de todo lo que pasó es mía, desde luego, pero lo de la tienda ayudó, claro: como en el pueblo todos nos conocían, todo el mundo me fiaba. Compraba cualquier cosa y dejaba el dinero a deber. Claro, luego iban a mi padre con mis deudas...».

Durante más de una década, cuenta Guillermo, él fue para su familia simplemente «un jeta», alguien que vivía «sin pagar absolutamente nada, y quemando dinero». Fue «más o menos cuando tenía 30 años» cuando sus padres se dieron cuenta: su hijo no era simplemente un cara, sino un enfermo. «Me forzaron a ir a terapia. Pero no duró mucho. Estuve un par de años y lo dejé. Hacíamos terapia grupal, pero nadie había pasado por lo que yo, eran todo adictos al juego. No me sentí identificado y me fui, pero al menos estuve una época bien. En ese tiempo ya no estaba en el negocio de mis padres, pero al poco, en el sitio donde me contrataron, volví a caer. En cuanto me dejaron tocar dinero volví a las andadas. Me echaron y pasé a currar instalando alarmas en Securitas Direct».

Con treintaypico años, ya padre, Guillermo seguía comprando como si lo fueran a prohibir por ley. «Empecé a gastar burradas en caza. Yo he cazado todo lo que se puede cazar, y eso es carísimo. Me he gastado miles y miles de euros que no tenía en cotos de caza, subastas, aparatos que luego regalaba».

«Como cualquier adicción comportamental», explica la psicóloga Santolaria, «tras esto suele haber personalidades con tendencia a perder el control de impulsos, conductas poco reflexivas, a veces baja autoestima. Se busca, como chupete emocional, que lo llamamos así, algo que en principio parece inocuo, porque no es drogarse, por ejemplo. En muchos casos es intentar dar la imagen de parecer quien sé que no soy. Luego, cuando pasa la adrenalina de conseguir el objeto, llega el bajón: Pues no era para tanto».

«Es verdad», admite Guillermo, «que había mucho de fardar, de aparentar. Me compré un Nissan Patrol de 34.000 euros, que no lo podía ni pagar, y encima le puse las ruedas más grandes que encontré, dentadas, 2.000 pavos en ruedas. La gente me decía: 'Qué pasada'. Y yo pensaba: 'Ya, pero si ni siquiera están pagadas'».

«Muchas personas que luchan con esta adicción», dice José Antonio Tamayo, de Activa Psicología, «usan las compras para llenar una sensación de soledad, desconexión o falta de propósito. Y la presión social por consumir es enorme. Las compras son un símbolo para mejorar la autoestima, sentir pertenencia a un grupo o escapar de la monotonía diaria».

Guillermo aún tuvo otro semi intento de rehabilitación «a los 40 años». «Pero no me lo creía y duré dos meses». ¿Cómo consiguió salir del todo? «Pues fue hace sólo dos años, con 45. Suelo subir mucho a los pinos de Marjaliza, que están al lado de mi pueblo y se ve toda la comarca.Es un sitio muy especial para mí, donde suelo encontrar paz. La había armado muy gorda y me dije: 'Hasta aquí hemos llegado'».

¿Cómo de gorda? «Como 5.000 euros de gorda. Fui a mis padres y les dije: 'Ahora sí que esto se acabó. Claro, tuve que abrir el cajón de mierda, y fliparon. Vivía perseguido por acreedores, con gente en la puerta de mi casa todos los días, y me la sudaba todo. Ahí sí que fui a Fejar. Ya conocía allí a todo cristo, y todo cristo a mí. Y de ahí a hoy. Te digo la verdad, no me considero en absoluto curado, porque creo que de esto no te curas en la vida». ¿Cómo consigue controlar? «¿La verdad? Pensándolo dos veces. No dejando que se me lleve el primer impulso. Diciéndome: 'Pero, ¿pa qué quiero yo esto? ¡Pa nada!».

"Las compras son un símbolo para mejorar la autoestima, sentir pertenencia a un grupo o escapar de la monotonía diaria"

José Antonio Tamayo, Activa Psicología

«Los más expuestos», dice el psicólogo Tamayo, «son quienes pasen por momentos de inestabilidad emocional, jóvenes muy vinculados a influencers y tendencias por redes sociales, mujeres por el marketing de moda y belleza, y hombres con la tecnología y el coleccionismo. Comprar hoy es símbolo de éxito social y estatus, muy vinculado a la facilidad de hacerlo online: con un clic no se siente el impacto del gasto». ¿Y cómo se saca a los adictos de semejante pozo? «Abordando los vacíos emocionales subyacentes, y modificando hábitos».

«Solemos trabajar la abstinencia», admite Rosana Santolaria, «pero así como en el juego, que es una compulsión parecida a esta, puedes cortarla de raíz, esto no, porque comprar siempre vas a tener que comprar. Entonces usamos personas de referencia, de control».

Llegamos al «ángel» de esta historia: «Es verdad que Nerea es mi pilar, la que mejor me entiende», explica Guillermo, que trabaja como fontanero y electricista, y que hace un año, en un desatranco, perdió un ojo por un ácido sulfúrico traicionero que le saltó a la cara -de ahí las gafas de sol-. «Se lo pedí y menos mal que aceptó: desde que tiene 16 años me controla todo, y menos mal».

El hombre admite que su descontrol con el dinero -«robar, porque es robar, ponlo así»- le ha perjudicado «gravemente» en lo profesional: «¿Quién se va a fiar de alguien así? Si es que es normal... A mí no me da dinero ni un sólo banco, estoy en todos los ficheros de morosos».

Pero el final es, de momento, feliz: ha encontrado el camino. «Sólo gracias a mi familia, que por suerte no me mandaron a tomar viento... No sé cómo aguantaron tanto». Y acaba: «De esto, aunque te controles, la realidad es que nunca sales. Tienes que tenerlo siempre en mente: eres un enfermo».