HISTORIAS
Historias

Por qué la basura sigue devorando el planeta: "La industria de los residuos es un negocio opaco a propósito"

El periodista inglés Oliver Franklin-Wallis destapa en 'Vertedero' el opaco negocio del reciclaje mundial y el colonialismo tóxico de los países desarrollados: "Gran parte del reciclaje que exportamos ha terminado quemado o vertido en el mar"

Un grupo de niños en la cima de un vertedero.
Un grupo de niños en la cima de un vertedero.GETTY
PREMIUM
Actualizado

La humanidad está de mierda hasta el cuello. Cada objeto que tocamos, cada producto de nuestro ingenio infinito, está predestinado a convertirse en basura, y ya no cabe más. Se ha colado en los glaciares del Everest y en las fosas oceánicas. La chatarra ha conquistado la Luna y orbita alrededor de nuestro planeta. La gran mancha de basura del Pacífico ya mide el triple que Francia. Llueven microplásticos y corren por nuestro riego sanguíneo.

El marcador geológico del antropoceno es la basura. Más que suficiente para rebautizar la Tierra como el periodista ingles Oliver Franklin-Wallis tituló su último libro: Wasteland (Tierra de desperdicios), que acaba de traducir al español Capitán Swing como Vertedero: la sucia realidad de lo que tiramos, a dónde va y por qué importa. Un libro de terror. Una historia de la humanidad contada desde las cordilleras de basura de Delhi y el gran vertedero tecnológico de Ghana. "Cuando comencé mi andadura mi primera sensación no fue de indignación, sino de culpa. Con ingenuidad había asumido que con nuestro grupito de contenedores codificados por colores los residuos eran uno de esos problemas que la vida actual había más o menos resuelto".

Pues ahí va la verdad. Apenas se recicla el 20% de nuestros residuos domésticos. Seguimos gestionando la mayoría como lo han hecho los humanos durante milenios: enterrándolos y quemándolos en vertederos. Esas instalaciones construidas casi siempre cerca del mar, en las que mezcla un batido de todas las sustancias químicas que puedan imaginarse: antibióticos, ácidos, bifenilos policlorados, dioxinas, venenos, carcinógenos y metales pesados como el plomo, el mercurio y el zinc, que van filtrándose a nivel freático hasta los ríos, mares y torrentes de Europa. "Los vertederos son un experimento a muy largo plazo que la humanidad todavía no ha finalizado", advierte Franklin-Wallis.

Para saber más

Lo que los países occidentales llamamos reciclar consiste en trasladar nuestra basura a las naciones más pobres, donde la mano de obra es más barata y las normas medioambientales menos estrictas, en un fenómeno ya conocido como colonialismo tóxico. "Gracias al trabajo de periodistas de investigación y ONGs, hoy sabemos que gran parte del reciclaje que exportamos ha terminado quemado o vertido en el mar", explica el autor de Vertedero.

El consumo desenfrenado de los países ricos es el principal impulsor de esta crisis. Cuanto más rico se es, más se desperdicia, y a medida que el mundo desarrollado se vuelve más y más rico, el problema se acelera. Un tercio de la comida que producimos en el mundo se desperdicia. Sólo en el Reino Unido, el 40% de las hojas de lechuga no se comen. Y lo mismo ocurre con 400.000 toneladas de carne y 280.000 litros de leche. El desperdicio de alimentos genera 3.300 millones de toneladas de gases de efecto invernadero y, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el 10% de todas las emisiones. Si fuera un país, sería el tercer mayor emisor de la Tierra, por detrás de China y EEUU. Sin embargo, 733 millones de personas pasan hambre.

Las empresas a las que antes se incentivaba para que produjeran productos de calidad que duraran el mayor tiempo posible han visto que el negocio está en producir bienes más baratos en un volumen mayor. La llamada obsolescencia programada: nuevos productos diseñados para fallar. Hoy en día, un tercio de lo que tiramos es algo producido ese mismo año.

—¿Y qué podemos hacer?— preguntamos a Franklin-Wallis.
—Comprar menos cosas. Una vez entrevisté a un hombre que dirigía un negocio de limpieza de viviendas que me dijo: 'La gente nunca se muere con el deseo de haber comprado más tonterías'. A menudo compramos cosas para intentar sentirnos más felices, como si tratáramos de llenar algún vacío en nuestra alma. Cuando piensas en las cosas que posees, ¿realmente significan algo para ti? Las cosas que tienen significado a menudo han existido durante mucho tiempo, te las dio tu madre, tu abuela, son reliquias, han sido reparadas, las cuidas. Ahora tengo un pequeño kit de herramientas y aprendo a reparar cosas con videos de YouTube, y me hace sentir genial. Alquilo los juguetes de mis hijos, las bicicletas, sólo les compramos ropa de segunda mano. Y no afecta a nuestra vida de ninguna manera. De hecho, probablemente, se sientan mejor. Cuando se habla de comprar menos a la gente le da pánico, siente que es algo malo, que estamos retrocediendo.

— Hombre, estaría llamando a colapsar la economía.
—Es que el dogma económico de que es necesario comprar cada vez más cosas para generar crecimiento no es cierto. Lo hemos visto a lo largo de la historia. Lo que tenemos ahora en Europa son economías estancadas, y gente cada vez menos feliz, y con problemas de salud mental, y empresas que ganan mucho dinero, y ríos llenos de mierda y océanos llenos de basura. El sistema no está funcionando, así que no digamos que si cambiamos algo todo va a colapsar.

Entre 1988 y 2018, casi la mitad (47%) de todos los desechos exportados del mundo se enviaron a China para ser reciclados. Después, China cerró sus puertas en la llamada Operación Espada Nacional, tras varios episodios apocalípticos que incluían aldeas enteras con sus habitantes gravemente enfermos, y ríos declarados biológicamente muertos. En el momento de la prohibición, la UE les enviaba el 85% de sus exportaciones de plástico. Desde esa fecha, la basura occidental comenzó a inundar cualquier país que la aceptara: Malasia, Indonesia, Sri Lanka, Vietnam, islas deshabitadas del sur del Pacífico. En los vertederos de Perak, Malasia, de Java Oriental, o de Adana, en Turquía, están las pruebas: envoltorios de judías Heinz, tarrinas de margarina Flora, enjuague bucal Listerine, bolsas de reciclaje de cuatro ayuntamientos de Londres, bolsas de comida para gatos de España, paquetes de galletas de Alemania, retales de Australia, cajas del servicio postal de EEUU, una bolsa de plástico de Tesco, blasonada con flores y la frase: "Reutilízala en casa, recicla. Cualquier pequeña acción ayuda".

Oliver Franklin-Walllis en un mercadillo en Ghana.
Oliver Franklin-Walllis en un mercadillo en Ghana.Oliver Franklin

Cada vez que los plásticos extranjeros invaden un nuevo país, sobrecargan su sistema de reciclaje. Después, el país en cuestión prohíbe tales importaciones y los desechos se trasladan a otro lugar para volver a comenzar el ciclo. Así sucedió con Turquía, Polonia, Bulgaria, Rumanía, México y El Salvador. Y los desechos siguen circulando en un lucrativo negocio corporativo controlado por multinacionales: Veolia, Biffa, SUEZ, Waste Management Inc. y Republic Services. "Los humanos están biológicamente programados para evitar el asco, por eso la industria de los residuos se mantiene oculta, operando en los límites de nuestra conciencia. El comercio internacional de residuos es un negocio opaco a propósito, dominado por escurridizos intermediarios. Los empresarios no tienen por qué presentar pruebas de que los desechos se han reciclado de verdad: un contenedor lleno de plástico se considera reciclado casi desde que sale del puerto", cuenta Franklin-Wallis

Pero si hay una industria que alimenta los grandes vertederos del mundo esa es la moda. "El trabajo fundamental de cualquier empresa de ropa no es vestirte, sino que quieras más ropa", cuenta el periodista inglés. Cada año se fabrican en el mundo alrededor de 62 millones de toneladas. Entre 80.000 y 150.000 millones de prendas para vestir a 8.000 millones de personas. La industria de la moda produce entre el 8 y el 10% de todas las emisiones de carbono globales y el 20% de todas las aguas residuales. Y, sin embargo, los adultos británicos, aunque el ejemplo serviría para casi cualquier nación del primer mundo, solo usan el 44% de la ropa que poseen. El 25% de la ropa que se fabrica nunca se vende, sino que se destruye, se entierra o se quema. También entre el 25 y el 50% de la ropa que se devuelve, un porcentaje que no ha hecho más que crecer con la llegada de las compras por internet.

Donde antes las principales marcas de ropa tenían cuatro temporadas al año, ahora hay lanzamientos de colecciones cápsula todos los días del año, gracias a la mano de obra barata en países como Bangladés y al algodón chino. Shen Lu, profesor de la Universidad de Delaware que estudia la industria de la moda rápida, ha descubierto que H&M puede añadir unos 25.000 productos nuevos a su sitio web en un solo año; Zara, 35.000; el gigante de la moda rápida china SHEIN, 1,3 millones. "Y el despilfarro de la moda, a pesar de los recientes esfuerzos de marketing de muchas marcas que intentan convencernos de lo contrario, no hace más que acelerarse", cuenta Franklin-Wallis.

—Es que a veces las soluciones son peores, como poner más luces de navidad alegando que son LED, sin pensar en el coste ambiental de fabricarlas o desecharlas.
—Se llama efecto rebote. Cada vez que se gana en eficiencia, la gente aumenta el consumo. Durante la pandemia, todo el mundo prohibió las pajitas de plástico, pero las reemplazaron muy rápidamente por plásticos compostables. Y la gente pensó que eso debía estar bien, y que podía tirarlas al jardín pero, cuando miras la letra pequeña, la mayoría no son compostables y se estaban quemando. Reemplazamos algo que se estaba reciclando por algo que se estaba quemando. Y la gente no lo sabía. Intentamos acelerar la solución solo porque las empresas querían vender un nuevo producto para obtener ganancias.

Los aparatos eléctricos y electrónicos generan al año una cantidad de chatarra equivalente a 4.500 torres Eiffel de París

Los aparatos eléctricos y electrónicos generan al año una cantidad de chatarra equivalente a 4.500 torres Eiffel de París; y la cifra crece a un ritmo del 2% anual. La mayoría de nuestros dispositivos electrónicos no se desechan, sino que viven a perpetuidad, escondidos y olvidados en cajones, garajes, armarios y desvanes. Solo un 17,4% de los residuos electrónicos se recicla. Y de lo que ocurre con el 82,6% restante nadie tiene ni idea. El destino más conocido para la electrónica occidental no ha sido China, sino Agbogbloshie, un suburbio de Acra en Ghana, considerado el lugar más contaminado de África. Y que a pesar de llevar cerrado desde 2021 sigue siendo un paraíso para los recicladores, muchas veces niños. La Organización Mundial de la Salud (OMS) denuncia que 18 millones de niños viven, juegan y trabajan entre basura electrónica.

El vertedero de Ghazipur, en la India, es una montaña de 14 millones de toneladas de basura. Un edificio de 25 plantas que se extiende sobre una superficie de 35 campos de fútbol. En una cima Franklin-Wallis se topó con un grupo de niñas vestidas con bufandas largas y ropa occidental; "una lleva un jersey, claramente falsificado, con el logo de Apple estampado. Otra avista una cámara digital destrozada y se turnan para fingir que se toman fotos las unas a las otras, una sesión de moda imaginaria entre los objetos rotos". "¿Qué queréis ser de mayores?", les preguntó. "Médicas", le dijo una. Y las demás se echaron a reír. Cuando se giró para irse, su madre le soltó: "Llévalas contigo".


—Un estudio de 2013 publicado en el Journal of Consumer Psychology demostró que si había un contenedor de reciclaje en la habitación, los participantes usaban el doble de papel que cuando no lo había. Está claro que no hay futuro para la humanidad.
—Las nuevas generaciones son más conscientes de lo que está pasando. Los que usan las aplicaciones de reventa de ropa de segunda mano son la Generación Z. Los influencers de residuos no son personas de 40 años. Cuando se analiza quién es responsable de las emisiones de carbono, son los que van en BMW y usan jet privado, pero sobre todo somos nosotros, los niños de los 80 y los 90, los del hiperconsumismo de la era Reagan. Me genera una gran ansiedad el mundo en el que van a crecer mis hijos, pero creo que serán más activos, y por eso tenemos que empoderarles, y no hacer que el problema sea tan grande que se den por vencidos.

Vertedero: La sucia realidad de lo que tiramos, a dónde va y por qué importa

Editorial Capitán Swing. 392 páginas. 25 euros. Puede comprarlo aquí.