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Sociología

Sin impuestos y con osos en el experimento libertario más chanante del siglo XXI: "Vivimos en una época en la que parecemos gobernados por bufones locos"

Dos centenares de personas se instalaron en 2004 en Grafton (New Hampshire) para vivir al margen de la sociedad. Recortaron el presupuesto municipal y eliminaron incluso el alumbrado navideño. Acabó en desastre

Sin impuestos y con osos en el experimento libertario más chanante del siglo XXI: "Vivimos en una época en la que parecemos gobernados por bufones locos"
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El Estado es un desastre, nos ahoga a impuestos, nos entierra en burocracia, nos roba, malgasta y legisla coartando nuestras libertades. Si usted está más o menos de acuerdo con esta frase, tenga mucho cuidado, porque probablemente sea un libertario. Más o menos como todos. Y si no, responda sinceramente a esta pregunta: si pudiera dejar de pagar impuestos sin ninguna represalia legal, ¿los seguiría pagando?

Pues sepa que eso ya ha sido posible, en este siglo y durante más de una década. Ocurrió en Grafton, un pueblo del New Hampshire profundo de 1.200 habitantes. Allá va spoiler: la cosa salió fatal. Y allá va otro: probablemente vuelva a ocurrir muy pronto, si es que no está ocurriendo ya.

El periodista estadounidense Matt Hongoltz-Hetling publica Un libertario se encuentra con un oso. El utópico plan para liberar a un pueblo (y a sus osos) (Capitán Swing), en el que relata paso a paso el experimento político, social y urbanístico más chanante de lo que llevamos de siglo, cuando 200 colonos libertarios eligieron instalarse en campamentos alrededor de este minúsculo pueblo soterrado bajo los bosques del oeste de New Hampshire. El objetivo: librarse del Estado en todas sus manifestaciones, y vivir al albur del libre mercado y los caprichos de cada cual disfrazados de derechos inalienables. O, cómo nos explicaría su líder y bombero voluntario del pueblo, John Babiarz: «Si el gobierno no hace su trabajo, lo hará el pueblo». ¿Les suena de algo? Pero si aún no les convence, a ver qué tal esta: «Si le das a la gente la libertad de gastar su dinero como guste, tomará mejores decisiones que el Gobierno».

-Hombre, algo de razón igual tiene -tentamos a Hongoltz-Hetling.

-Bueno, la filosofía libertaria de la autosuficiencia completa tiende a atraer a personas con gran cantidad de privilegios y la idea ridícula de que los servicios gubernamentales deberían ser un sistema a la carta en el que sólo la persona cuya casa se está incendiando debería pagar a los bomberos.

Claro, y aquí, aunque no lo parezca, comienza el desastre. A ver cuáles son esos derechos inalienables de los que les estaba privando el Estado, porque 200 colonos dan para muchos derechos inalienables. Aquí van algunos ejemplos de los que se hacían eco en sus redes sociales antes de la mudanza, aunque no llegarían a ejercerlos todos (que se sepa): derecho a apostar, derecho al absentismo escolar, derecho a traficar con drogas, derecho al incesto, derecho al tráfico de órganos, derecho a celebrar duelos, derecho a tener más de dos coches antiguos en su propiedad, y, por supuesto, derecho a pagar exiguas cantidades de dinero a indigentes para que se peleen a puñetazos.

Para saber más

A este lado del Atlántico uno enseguida pensaría en tipos como los trumpistas que asaltaron el Capitolio. Pero, como explica Hongoltz-Hetling, «a la mayoría» de los libertarios les disgusta Donald Trump: «Aunque celebran algunos de sus objetivos, como minimizar el gobierno y reducir impuestos, piensan que el Partido Republicano no tiene cojones para ponerse las pilas con las libertades individuales».

La mayoría de colonos que se mudaron a Grafton en 2004, atraídos por el llamado Free Town Project (Liberar la ciudad) para zafarse del yugo opresor del Gobierno, eran hombres, solteros, amantes de las armas y blancos (ninguno era negro, vaya). Tampoco tenían ataduras ni compromisos, ya fuera porque tenían muchísimo dinero o demasiado poco.

Aunque es cierto que la mayoría se conocieron por redes sociales, la cosa libertaria es mucho más seria que un foro de internet. Estamos hablando de un partido fundado en 1971, que en 1988 aspiró a presidir los EEUU de la mano de Ron Paul, un médico, militar, padrino intelectual del Tea Party, ex republicano, luego libertario, luego otra vez republicano y ahora otra vez libertario, que sólo obtuvo el 0,5% de los votos. La base de sus principios es que la libertad individual, la poca intervención gubernamental y el mercado son suficientes para resolver no sólo las trabas a sus libertades, sino también problemas globales como el cambio climático, la desigualdad educativa o el coste de los servicios de salud.

La idea de elegir Grafton, donde casi ningún colono salvo Babiarz tenía arraigo, no fue casual. A finales del siglo XVIII el pueblo ya votó por separarse de los entonces recién constituidos EEUU por cuestiones fiscales. Tampoco es casual que esté en New Hampshire. Hablamos de un país conocido por tener estados quisquillosos y con ramalazos de independencia y, dentro de estos, New Hampshire ocupa uno de los primeros puestos.

Es uno de los cinco estados que no tienen IVA, uno de los dos estados que limitan el mandato del gobernador a dos años y el único estado en Nueva Inglaterra donde la pena de muerte todavía es legal; no se ha ejecutado a nadie desde 1939, pero no les gusta cerrarse ninguna puerta. Por supuesto, otra de las claves era que muy pocos libertarios podrían someter a su voluntad a un pueblo minúsculo, como así hicieron. «Lo de Grafton fue en parte el resultado de un proceso democrático justo, en el que los residentes con mentalidad comunitaria no se organizaron tan eficazmente como los libertarios», resuelve Matt Hongoltz-Hetling.

La cosa empezó recortando un 30% el presupuesto municipal y anulando regulaciones urbanísticas o de prevención de incendios para poder instalarse en campamentos en los bosques de los alrededores. Aquello provocó una consecuencia inmediata: basura. Seguida de otra un poco peor: los osos. De repente, se había instalado ante sus ojos todo un bufé de exquisiteces. Y enseguida comprendieron que sus nuevos vecinos eran reticentes a llamar a las autoridades medioambientales para dar parte de sus incursiones. Cada día que pasaba, Grafton parecía crecer. Más campamentos. Más libertarios. Más basura. Más osos. Más pistolas.

Durante siete largos años, empezaron a privatizar y desregular todo cuanto pudieron. Uno a uno fueron borrando desembolsos del presupuesto municipal, y arrancándole a la comunidad servicios fundamentales como jirones de piel. Apagaron farolas, suprimieron tramos de carretera para ahorrar mantenimiento y rechazaron banalidades como adornar las calles por Navidad. Los servicios públicos se sacrificaban como meras bajas en la batalla por mantener los impuestos al mínimo.

Y así fueron felices, por un tiempo... brevísimo. Las calles de Grafton se llenaron de baches, el asfalto empezó a desaparecer de las carreteras y sus dos únicos puentes acabaron al borde del colapso. Las oficinas municipales pasaron del descuido a la decrepitud hasta provocar la dimisión de su única empleada. Otros muchos indicadores también empezaron a moverse en la dirección equivocada. La policía quedó reducida a un solo agente, al tiempo que el número de llamadas se disparó en más de un 200%. La cifra de agresores sexuales se incrementó de forma constante. Hubo que arrestar a tres hombres relacionados con un laboratorio de metanfetaminas. Y en 2011 Grafton presenció el primer asesinato de su historia moderna.

Los campamentos empezaron a suscitar quejas por fugas de aguas residuales y otras condiciones de vida insalubres que dispararon los ataques de osos, por lo que decidieron construir un muro. «Una ironía, pensé», cuenta Matt Hongoltz-Hetling. «Todos los que habían venido a vivir a estos bosques en busca de la libertad definitiva se confinaban en fortalezas rudimentarias para obtener una cierta seguridad que el Gobierno no les garantizaba».

Para 2016, Free Town Project había naufragado y muchos de los libertarios que se instalaron en Grafton se fueron. «La realización de utopías se limita a las rarezas de visionarios con fondos inagotables. Erigir una comunidad de la nada requiere millones o miles de millones de dólares para construir las infraestructuras básicas y solventar los obstáculos que impiden que la gente viva en ese lugar», apunta Matt Hongoltz-Hetling.

Sin embargo, tras fracasar en una ciudad, ahora parecen intentarlo con todo el Estado bajo el paraguas del Free State Project. Sus ideas ganaron peso en el parlamento de New Hampshire, donde ya lograron deshacerse de las licencias obligatorias para portar armas ocultas y cargadas, abolieron las sanciones penales por posesión de pequeñas cantidades de marihuana y hachís, desregularon las criptomonedas, legalizaron las partidas de póker en casas particulares, obligaron a la policía a obtener una orden para rastrear teléfonos móviles, exoneraron a los barberos de trenzar el pelo para obtener su licencia de trabajo, permitieron que los bares que elaboran su propia cerveza también elaboren sidra y eliminaron la abrumadora cifra de 1.600 regulaciones estatales, muchas de las cuales se consideraban obsoletas.

¿Y cómo está Grafton lustros después del paso de los libertarios?
El presupuesto del pueblo no ha crecido para compensar los años perdidos y los servicios municipales siguen siendo deficientes. Sin embargo, el ambiente es más tranquilo que antes, y no ha habido más ataques de osos. Los gobernantes han cambiado, pero sigue siendo un lugar donde al dinero de los impuestos se le tiene el mismo aprecio que a las endodoncias. Todavía hay quien cree que mantener los impuestos bajos atraerá a más residentes.
Es decir, que puede haber un Grafton II.
Si los libertarios quisieran venir a Grafton y hacer otro intento no hay leyes que puedan detenerlos. Los humanos siempre se sentirán atraídos por lugares donde puedan escapar del radar de la vigilancia comunal y cuidar sus mundos interiores y privados. Pero es poco probable. El primer proyecto dejó tras de sí un hedor a fracaso. Es más probable que visiten otras comunidades más agradables y que aún no han arruinado.
A lo mejor ya las han visitado y no lo sabemos.
La utopías libertarias existen y siguen existiendo. El multimillonario Peter Thiel financió el Instituto Seasteading, que quiere construir ciudades independientes flotantes en torno a valores libertarios. Y hay un movimiento similar de Ciudades privadas libres que quiere construir comunidades basadas en corporaciones que suena, francamente, horrible.
¿Los ve en Europa, o quizá nuestra versión más libertaria sean los partidos de extrema derecha?
Europa está sometida a las mismas presiones que han capturado a la opinión pública estadounidense en los últimos años. Es saludable tener oposición de izquierda y derecha que pueda llamar la atención sobre fallos del sistema. Pero, en muchos casos, han abandonado la razón en favor de la oposición por la oposición. Y eso se vuelve peligroso cuando ejercen de fuerzas de destrucción y heredan el poder. Estamos en una época en la que parecemos gobernados por bufones locos. La cantidad de impuestos y cómo se gastan es cuestión de matices, pero en lugar de elegir a los que mejor pueden navegar por los matices, los votantes están cayendo en los extremos: la persona que promete recortar más impuestos puede ganar, incluso si no tiene conocimientos de estructura impositiva.
¿Existe una vacuna para la 'enfermedad' libertaria?
¡Sí! La bondad. Y aunque no inocula contra el fanático, inocula contra el fanatismo. Pero en EEUU los libertarios están firmemente arraigados y no van a desaparecer.

Un libertario se encuentra con un oso. El utópico plan para liberar a un pueblo (y a sus osos)

Editorial Capitán Swing. 376 páginas. 25 euros. Puede comprarlo aquí