A lo peor, el sacerdote comboniano ha sufrido tres infartos y lleva nueve muelles en el corazón por toda la sangre que ha visto derramada, enjugada, desperdiciada, llorada.
A lo peor, el misionero que lleva camino del medio siglo en República Centroafricana tiene la espalda destrozada porque el horror es una mochila que pesa muchísimo, o porque en la diócesis de 3.000 kilómetros de pistas -que él recorre botando sobre piedras al volante- no hay ni un solo metro asfaltado.
A lo mejor, hoy quiere contarlo todo aquí y ahora -hablando despacio y pronunciando con calma como quien hace inventario del mal, pero también del bien- porque a otros los terroristas les cortaron la lengua, las manos, las piernas, la cabeza. O les trocearon a los hijos. Delante de estos ojos tranquilos que vemos. Y ellos ya no pueden dar testimonio de lo nunca visto, pero este hombre sí.
A lo mejor, Dios existe después de todo -yo qué sé- y es un señor sonriente de Córdoba de 71 años con barba y gafas que se llama nada más que Juan José; un hombre tranquilo que se apellida Aguirre, con su ciática, con sus cálculos renales y sus problemas en la próstata como todo dios -nos cuenta-; un andaluz con amebas en el hígado y mareos recurrentes que está hecho un Cristo; uno que se nos confiesa hincha del Atlético de Madrid y que descendió a los infiernos del sexto país más pobre del mundo con tan solo 27 años y desde 1998 es el obispo de Bangassou.
25 sacerdotes a su cargo.
300 iglesias.
Seis monjas.
Un hospital al que bautizaron como El Buen Samaritano
Un orfanato.
22 escuelas.
45 años en África.
Una diócesis de 450.000 habitantes que viven con un euro al día y comen nada más que una vez.
Y todo aquello otro que no tiene medida ni nombre: también mujeres violadas en masa, también niños sin cabeza, también ancianas lapidadas, también gestantes desventradas.
"A aquella mujer la encontraron huyendo en Uwango. Yo había conducido hasta allí para tratar de sacar a mis tres curas. A nosotros nos dispararon, pero no nos pasó nada... Lo peor fue aquella escena. Son cosas que no olvidas, ¿sabes? Abrieron en canal a la mujer embarazada para sacarle el bebé".
Empecemos por aquel niño. Empecemos por ti.
Tu padre era administrativo y tu madre era ama de casa. Fuiste el tercero de nueve hermanos. Dormíais en literas. Con tantos en casa, allí se compartía todo: la ropa que pasaba de mano, los libros que también, el calzado que lo mismo. En tu familia se respiraba alegría, dices y sonríes. Recuerdas a papá como una "fuente" y a mamá como una "almohada". Una "fuente de saber" a la que todos os acercabais, cuentas. Una "almohada" que os mullía y que te recogía la cabeza. Hay una frase de tu padre que llevas puesta como si fuera un escapulario: "No os quiero ricos, os quiero humanos".
Te pones muy contento cuando nos cuentas que, hace tan solo unos días, estuvisteis los 62 de la familia (incluidos los 18 sobrinos) en un hotelito de Priego de Córdoba. Un hotelito con todo. Abrías el grifo y salía agua caliente. Cosas así, ya ves.
Entonces se te viene la imagen de otras familias, callas y necesitas compartirla.
"En el pueblo había tiroteos. Llegó una madre católica huyendo con sus niños. Lloraba y lloraba. A uno de sus hijos le había matado de un disparo en la cabeza. A los diez minutos llegó otra madre musulmana. También lloraba y lloraba. También le acababan de matar un hijo de otro disparo en la cabeza. Las dos estaban desesperadas. Entonces me di cuenta de dos cosas: las lágrimas de esas madres eran del mismo color. También la sangre de sus hijos".
Sigamos con tu historia.
Te fuiste de casa a los 17 años para hacer el noviciado. Tu mentor espiritual tenía cosas de aquel profesor Miyagi de Karate kid, solo que aquel, en vez de ponerte a dar cera y pulir cera, te puso a trabajar de encofrador durante cuatro meses, para que aprendieras lo que también era el mundo. Y después te puso el ejemplo de la rana: "Un animal que sabe estar en la superficie tratando de comer y no ser comido y que también sabe descender a la profundidad para cargar las pilas y manejarse en un ambiente de silencio: silencio del cuerpo, de la mente, del corazón".
Vinieron los estudios de Filosofía (en Valencia), los de Teología (en Roma) y los de Antropología (en París). Y entonces ya sí: estabas preparado para ser un hombre-rana.
En 1980 fuiste ordenado sacerdote y enviado a Bangui, la capital centroafricana. Y así -27 años nada más, flaquito, melenudo- te convertiste en uno de los 9.700 misioneros españoles que hay en el mundo.
Fueron tres años en los que decidiste aprender un poco como aquel anfibio ejemplar: ver, oír y callar (enumeras). La misión a la que te enviaron estaba a siete días de coche del primer médico, del primer dentista, del primer teléfono (vuelves a enumerar). Luego acabaste en el lugar donde estás ahora: Bangassou.
Hablas francés, italiano, español, sango y zandes. Pero no hay idioma para explicar de forma humana lo que has vivido.
"Eran unos soldados camboyanos de la ONU. Habían sido secuestrados por los terroristas. Solo pudimos ir a recuperar los cadáveres. Eran un amasijo de pedazos de cuerpo. Brazos, piernas, troncos... Todo lleno de moscas. Les pedí a los asesinos: 'Al menos ayudadme para que me lleve los restos'. No me ayudaron. Así que cogí una cabeza con mis manos y la deposité en el coche. Cuando me vieron, poco a poco, empezaron a traer restos ellos también... Recuerdo una mano, bajo unas matas, la mano de un hombre que estaba casado. Porque conservaba el anillo. Fue horrible".
(...)
"Hay que poner una pincelada de ternura allí donde hay una extrema violencia"
En todo este tiempo, en aquel estado fallido donde se han sucedido las guerras de repetición y los golpes de estado, tú y tu gente habéis sufrido a los terroristas de uno y otro signo.
Nos hablas de tres etapas.
1. "Primero fueron los del Ejército de Resistencia del Señor, que huyeron del Congo y de Uganda y llegaron a República Centroafricana. Nos invadieron y nos empezaron a atacar y se llevaban a los niños a la selva [usados como soldados y esclavos sexuales]".
2. "Luego vinieron los seleka, yihadistas armados por Arabia Saudita y los países más poderosos del Golfo Pérsico que querían entrar en el África subsahariana. En el mundo hay millones de musulmanes buenos, pero estos fueron brutales... Entraron por el Chad y Sudán, enturbantados y armados, y nos pisotearon. Nos robaron todo menos la fe... Y enfrentándose a ellos, les siguieron los antibalaka, extremistas cristianos supuestamente, pero igual de brutales".
3. "Y desde 2021, el gobierno se puso en contacto con Putin y desembarcaron los mercenarios del Grupo Wagner, que son los dueños del país. A nosotros nos vino bien. Fueron echando, uno a uno, a los 21 señores de la guerra. A cambio de oro, diamantes y la explotación de todos los minerales que hay bajo la tierra: radio, platino, manganeso, tantalio... que se usan para la tecnología, drones, misiles...".
En un país donde se come una vez al día y la esperanza de vida no llega a los 50 años, has visto incontables muertos, pero tú también has estado a punto de morir ni se sabe las veces.
-¿Todo lo vivido no habrá tenido que ver con tus infartos?
-No, no, no. No tiene nada que ver.
Dices. Y te tenemos que creer.
"Eran soldados del Chad. Había un intento de golpe de estado y, en nuestra parroquia, estaba un grupo de armados con varios detenidos. Me encaré con ellos: 'Dejadles, no les matéis'. Uno de los soldados me encañonó la barriga: 'Vete, blanco, vete a tu casa'. Le contesté: 'Yo estoy en mi casa. Eres tú el que no estás en la tuya'. Movió el fusil y disparó a otra parte. Dios me dio la fuerza. Oía a una mujer que decía: 'No le matéis, que es un hombre de Dios'. Y no lo hicieron. Esa noche no dormí. A la mañana siguiente, vi a aquella mujer. Hizo algo muy extraño que allí no se hace: me tocó la barba con las manos y me citó un salmo, el 90: 'Aunque caigan mil a tu lado, aunque mueran diez mil a tu alrededor, esos males no te tocarán'. Dios me estaba diciendo que siguiera".
Y seguiste.
"Era un antibalaka protestante que iba bebido. Estando en el coche, me encañonó en la sien porque habíamos acogido a unos musulmanes. 'Eres un traidor. A los musulmanes hay que matarlos', me soltó, y se pasó el dedo por el cuello. Yo le respondí: 'Hago con ellos lo que haría contigo. Si alguna vez estás indefenso o herido, nosotros te socorreríamos igual'. Le retiraba el cañón y él me volvía a apuntar. Yo subía el volumen de Dvorák, que sonaba en el coche, para ver si eso lo calmaba, y se calmó... Dos meses después fue herido. Estaba en una cama. Me acerqué y le recordé: 'Te dije que te auxiliaríamos igual y aquí estás, en nuestro hospital'".
(...)
Sigues la actualidad de España a 4.500 kilómetros de distancia. Desde lo banal hasta lo profundo. Un poco al modo de la rana.
Hablas bien de la serie The Chosen, por ejemplo, o con orgullo sincero de tu Atlético de Madrid (la superficie): "Lo veo siempre por televisión. El otro día los chicos rojiblancos de Argentina crucificaron a Brasil".
Hablas de la inmigración (la hondura): "En 2050 serán 1.700 millones en África, lleno de jóvenes y de minerales... Las multinacionales están clavando sus garras en el continente, China, Rusia... Pero los africanos serán protagonistas de su propio desarrollo... En Europa y en España tenéis una visión desenfocada sobre las personas inmigrantes. Los 64.000 que vinieron en 2024 a Canarias son los mejores de la clase, los más valientes, los más emprendedores, esos a los que su familia eligió para pasar todas las barreras... Vamos a necesitarlos".
Y regresamos al lugar de donde vienen.
"Fue un domingo por la noche. Un grupo muy violento de antibalakas estaba disparando drogado contra una mezquita en la que había 2000 personas. Fuimos cuatro curas y nos pusimos delante del templo. Dentro había ya 22 cadáveres, madres horrorizadas sin poder salir viendo cómo se pudrían los cuerpos de sus hijos... '¡No queremos haceros daño, quitaros!', nos gritaban. Y nosotros: '¡No tenéis derecho a hacer esto. Hay mujeres y niños!'. Había un intercambio de disparos. Al segundo día mataron al imán. También fue herido el vicario del imán en el hombro. 'Me estoy muriendo', me decía ese hombre. Yo le dije que se pusiera delante de nosotros en el suelo, tendido, que con nosotros no le tirarían. Y así lo hizo. Con esta mano le taponé muy fuerte la herida, diez minutos. Hasta que pudimos sacarlo. Al final se salvó. Ahora es el imán. Cómo me abraza cuando me ve por la calle".
"La violación es un arma de guerra. Violan a las mujeres frente a sus maridos. Y si, una vez violadas, los hombres no pagan, los matan..."
-¿Por qué? ¿Por qué elegir vivir así?
-Porque Dios me quiere ahí. Porque él también lo haría. Porque creo que hay que poner una pincelada de ternura allí donde hay una extrema violencia.
-¿Por qué no te han matado?
-Porque nos respetan. Hemos levantado escuelas, talleres de carpintería, costura... Tenemos un hospital, un orfanato con 350 niños a los que les buscamos acogida... Muchos de los que llevan armas o sus familias conocen todo eso.
También los ancianos, añades.
"Tenemos cuatro casas de la esperanza para los mayores. Muchas personas con demencia senil son acusadas de brujería y lapidadas... Un día estaban apedreando en círculo a una de ellas. Entré dentro, porque la indiferencia te hace cómplice. Me puse de rodillas, le limpié la sangre de la cara, le cogí el rostro y me lo acerqué al pecho. La violencia se desinfló, tiraron las piedras, se fueron".
(...)
Estás de paso en Madrid. Vuelves a República Centroafricana en breve. En la sede de los misioneros combonianos en la que charlamos, nos acompañas para despedirnos. En el pasillo de la institución, hay colgados unos retratos con sabor a historia. Si esto fuese un pub irlandés, serían leyendas del rugby. Si esto fuera un café de Broadway, serían retratos de grandes artistas.
Pero hablamos de religiosos.
"Este español, Osmundo Bilbao, fue asesinado de un disparo camino de Kampala", nos cuentas. "A esta monja italiana, Liliana Rivetta, la mataron en un hospital", prosigues. "Este compañero ugandés, William Nyadru, fue atado a un árbol y cosido a tiros".
Luego nos despides con una historia hermosamente terrible, exista tu Dios o no.
"La violación es un arma de guerra. Violan a las mujeres frente a sus maridos. Y si, una vez violadas, los hombres no pagan, los matan... Fue en 2019. Aquellas 15 mujeres habían sido violadas en masa en Bakouma y habían matado a sus esposos. Era Viernes Santo. Las llevamos al hospital. En la misa, sangraban. Allí, en la iglesia, cayó una inmensa tromba de agua sobre el tejado de zinc. El ruido era impresionante. Nadie oyó el evangelio. Dimos la comunión y nos fuimos. Solo entonces la lluvia se calmó. Al salir, el catequista me dijo: 'Qué dolor tendrán estas mujeres que, durante toda la oración, Dios no ha dejado de llorar'".