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Amin Maalouf: "Los países que odian de forma sistemática a Occidente derivan hacia la tiranía y la barbarie"

El escritor franco-libanés, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2010, publica el ensayo 'El laberinto de los extraviados', donde repasa la historia de las cuatro grandes potencias del siglo XX para poder entender los conflictos actuales. "Ahora mismo todos estamos perdidos y no sabemos qué hacer", lamenta

Amin Maalouf, retratado en Casa Árabe (Madrid).
Amin Maalouf, retratado en Casa Árabe (Madrid).ÁNGEL NAVARRETE
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Amin Maalouf lo advierte ya desde la primera línea de su nuevo ensayo: "La Humanidad pasa hoy por uno de los periodos más peligrosos de su historia". Precisamente sobre la sensación de amenaza e incertidumbre de nuestra era ha levantado el popular autor franco-libanés de melena blanca su obra más reciente. Ahí está la novela Nuestros inesperados hermanos (2020), en la que daba salida a sus inquietudes recurriendo a un distópico apagón global, y también ensayos como El desajuste del mundo (2009) o El naufragio de las civilizaciones (2019), que el ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2010 y secretario perpetuo de la Academia francesa entregó a sus muchos lectores como quien ofrece los resultados de un TAC: serio, pero esperanzado.

-¿Siente que estos tiempos turbulentos le exigen, en cierto modo, aparcar su faceta de escritor de ficción histórica para compartir sus reflexiones?

-Algo de eso hay, sí. Aunque justo ahora estoy trabajando en otra novela en la que vuelvo a volcar mis miedos como hice en Nuestros inesperados hermanos... Un ensayo exige siempre mucha lectura. Una novela no, diría que me resulta más sencillo, hay menos tensión durante la escritura.

Consciente de que su voz de pensador superventas resuena en espacios donde a los intelectuales de corbata fina les cuesta entrar; comprometido a la vez con lo que sucede a su alrededor, Maalouf (Beirut, 75 años) insiste en el ensayo y en la alerta con El laberinto de los extraviados. Lo publica Alianza Editorial, como toda su obra en España, y pretende servir de brújula para orientarse en los conflictos más espinosos de la geopolítica contemporánea. Para ello, el ex periodista -enviado especial en su momento a Vietnam y Etiopía- se remonta a los orígenes del último topetazo Occidente-Oriente y pasa revista a la singladura dispar de las cuatro grandes potencias del siglo XX: Japón, Unión Soviética/Rusia, Estados Unidos y China. Cuatro titanes que se zurraron en dos guerras mundiales, que hoy siguen pugnando por la supremacía mundial con funestas consecuencias para otros países y que probablemente protagonicen los conflictos venideros.

"Todos han soñado con la hegemonía, todos han conocido victorias y momentos de embriaguez antes de pillarse los dedos. Estuvieron mucho tiempo intentando destruirse entre sí y no siempre han superado sus recelos, sus temores y sus resentimientos. Si el día de mañana decidiesen seguir sus peores instintos, como a veces les ha sucedido en los últimos 100 años, las consecuencias serían devastadoras", escribe Maalouf. "Lo que resulta más desolador es que ese enfrentamiento planetario hacia el que nos encaminamos como sonámbulos nos lo presentan constantemente como una visión 'realista' del porvenir, mientras que a quienes querrían impedirlo se los considera unos soñadores ingenuos y casi insensatos", lamenta alguien al que el mundo de la Cultura valora como referente humanista y faro mediterráneo.

Para saber más

Instalado estos días en Casa Árabe, desde donde se oye el runrún de una Feria del Libro de Madrid a la que suele venir a firmar desde el país vecino, da un sorbo de agua y se ajusta las gafas de cristales rectangulares antes de compartir su viaje durante media hora.

¿Por qué decidió titular su ensayo 'El laberinto de los extraviados'? ¿Por qué un laberinto en lugar de una carrera o un duelo? ¿Y por qué extraviados en lugar de decididos a someter a los demás?
La idea del laberinto remite al hecho de que el mundo se está convirtiendo en un lugar muy complejo, con múltiples derivadas: políticas, militares, tecnológicas... Un mundo donde existe mucha opacidad y que no resulta nada fácil de descifrar. Y extraviados, porque en realidad ahora mismo todos lo estamos. Hay algunos países que intentan ocupar una posición más privilegiada y compite con otros por ello. La característica de esta era es la sensación de que estamos perdidos, de que no sabemos qué hacer.
¿Cómo es su relación con estos cuatros países en concreto? ¿Los ha visitado? ¿Le han influido creativa o personalmente de alguna manera?
Es desigual. Los cuatro me interesan porque han jugado un papel importante en el mundo y porque tienen tradiciones culturales muy ricas. A los Estados Unidos los conozco desde siempre, porque procedo de una familia muy vinculada a ellos. Toda mi familia paterna ha hecho sus estudios en universidades americanas o las conocían y hablaban de ellas con la misma familiaridad que de las universidades libanesas. Muchos parientes míos se fueron a Estados Unidos, así que para mí no representa un país extranjero. Además, siempre he seguido de muy cerca la política estadounidense. Podría recitarle de carrerilla y sin esfuerzo alguno la lista de los 46 presidentes en orden y con los años de su llegada al poder. Rusia la descubrí cuando entré en la universidad, donde los debates ideológicos estaban muy presentes. Como mucha gente de mi edad, milité en movimientos de izquierdas y leí a Marx y a Lenin. Me interesó la experiencia soviética y comunista y su despliegue desde Indonesia hasta Cuba o Chile. Después, viví como aquella corriente que había suscitado tantas esperanzas acabó por decepcionarlas. Japón, cuya cultura se ha extendido por todo el mundo gracias a la gastronomía, el cine o la literatura, lo he conocido más tarde. Uno de mis hijos estuvo viendo allí varios años y mi mujer y yo íbamos a pasar temporadas con él. Me enamoré del país y me apasionó su Historia. Por desgracia, al no hablar japonés mi conocimiento no pasó de superficial. China es el único de los cuatro que no he visitado. Mi conocimiento del país es más libresco. Me fascina cómo ha sido capaz de salir del subdesarrollo y transformarse tanto y en tan poco tiempo. Los cuatro países son atractivos de formas muy diferentes. No creo que se pueda entender el mundo actual sin tener una idea precisa de la trayectoria de cada uno de ellos.
La idea del declive de Occidente y el fin de la 'Pax Americana' se baraja desde hace tiempo. Pero, ¿acaso Oriente ofrece una alternativa más inspiradora al resto del planeta o, por el contrario, China y Rusia provocan miedo y desconfianza?
Si nos salimos de los discursos manidos, pienso que el mundo sigue necesitando Occidente. Para la Humanidad sería catastrófico que la perspectiva occidental desapareciera de la faz de la Tierra. He visitado países asiáticos como Japón, Corea del Sur y algunos más, y cuando hablas con la gente allí te das cuenta de hasta qué punto para ellos el viento de la libertad que llega desde Occidente es fundamental. El mundo confuciano aprende de Occidente en muchos aspectos cada día y sigue necesitando hacerlo. No considero que lo occidental se haya quedado obsoleto y haya que reemplazarlo por otra cosa. Los países que basan su conducta en un odio sistemático a Occidente suelen derivar hacia la tiranía y la barbarie, acaban por atrofiarse y autocastigarse. Dicho esto, Occidente también tiene mucho que aprender del mundo confuciano. Hay que ser realistas y lúcidos y admitir que hay cosas que debemos aprender de otras civilizaciones. Del mundo confuciano y de otras regiones. Soy de los que piensan que la posición de Occidente tiene que mantenerse, aunque de manera menos dominante.

Maalouf firma casi 400 páginas de análisis con una erudición que abochornaría a la mismísima Wikipedia y con un fantástico pulso narrativo. El mismo que demostró en León el africano y Las cruzadas vistas por los árabes, los dos títulos que lo encumbraron a mediados de los 80 y lo proyectaron como embajador de Oriente Próximo en el corazón de Europa... y viceversa. Su repaso le quita el polvo a episodios casi desconocidos por el gran público, como la fascinación del mundo islámico -de Egipto a Afganistán- por el Japón imperial tras su victoria sobre Rusia en la batalla de Tsushima a principios de la centuria pasada, celebrado como un gol de oro por los autodenominados pueblos maltratados de la Historia. O el encuentro amistoso entre Mao Zedong y Chiang Kai-shek a instancias del embajador estadounidense Patrick Hurley en 1945 y las negociaciones de Chongqing, capítulo imprescindible para quien quiera ahondar en la crisis actual en el Indo-Pacífico.

¿Qué habría que hacer para que el choque entre Occidente y Oriente no vaya a más?
En Occidente le damos mucha importancia a los derechos humanos, y hacemos bien. En Oriente priorizan el orden y la estabilidad. En una ciudad como Tokio, por ejemplo, te das cuenta de que vivir sin violencia es una conquista importante, aunque eso implique ciertas restricciones que limitan un poco la libertad de algunas personas. Por eso pienso que necesitamos encontrar un equilibrio entre el reconocimiento de derechos lo más amplio posible y la necesidad de proteger a la población y garantizar cierto orden. Entre los derechos individuales y la seguridad.
En su ensayo subraya que Occidente también puede aprender de la separación entre lo religioso y lo identitario de Oriente.
Ése es otro aspecto. En países como China, Japón o Corea del Sur no existe ese vínculo orgánico entre lo religioso y la identitario que encontramos en los países occidentales, en el mundo musulmán o en la India. Se trata de un vínculo, a mi modo de ver, absolutamente malsano. Lo que explica, por ejemplo, la coexistencia pacífica de tradiciones distintas como el budismo, el sintoísmo y el confucianismo en Japón. En Corea del Sur, actualmente, la religión más practicada es el cristianismo. Esa visión de la religión al margen de la identidad es una cuestión clave.
Vivimos en una segunda Guerra Fría. ¿Qué diferencias advierte respecto a la primera? ¿El mundo aprendió algo de ella?
En efecto, tenemos la sensación de vivir una segunda Guerra Fría, pero es radicalmente distinta a la primera. Ésta fue fundamentalmente ideológica, mientras que ahora eso es muy secundario. Por supuesto, hay diferencias ideológicas, pero no es lo determinante. En esta otra Guerra Fría las relaciones entre potencias se parecen más a las que existían antes de la I Guerra Mundial. Es decir, estamos frente a una partida entre potencias, no entre dos sistemas. Los adversarios de Occidente no proponen otro sistema, como ocurrió en la I Guerra Mundial. China es un país gobernado por el partido único, pero no propone al resto del mundo que funcione con ese mismo sistema. Se habla tanto del Sur Global, que da la sensación de que es un bloque, pero no lo es. Llamamos Sur Global a los países que no están entre los principales contendientes de esta Guerra Fría. Está la coalición occidental, varios países que operan desde otro plano (Rusia, China, Irán y Corea del Norte) y todos los demás. Cada uno tiene con sus cálculos e intenta navegar para mejorar su posición o ganar influencia. Así que si quisiéramos encontrar la razón de ser de esta segunda Guerra Fría simplemente podríamos decir que es una guerra donde los principales contrincantes han evitado hasta ahora entrar en conflicto directo. Como hemos visto en Oriente Próximo, intentan enfrentarse sin verse implicados, con proxies [intermediarios]. No sé si eso seguirá pasando mucho tiempo más, eso nadie lo puede saber.
Es muy interesante lo que comenta sobre la falsa sensación de seguridad que provocó el desenlace no violento del final de la Guerra Fría que, según usted, tuvo los mismos efectos del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, pero en sentido contrario. ¿Sigue percibiendo esa falsa sensación de seguridad hoy o la vamos dejando atrás?
En realidad, vivimos inmersos en la incertidumbre. En efecto, cuando terminó la Guerra Fría, pensamos que no había motivo para la alarma. Estábamos tan cegados por las explosiones nucleares que pusieron fin a la II Guerra Mundial, que había interiorizado esa imagen de apocalipsis nuclear. Pensábamos que con las miles de bombas atómicas que soviéticos y americanos habían almacenado en sus arsenales, un día todo iba a saltar por los aires. Pero luego la Guerra Fría terminó y la Unión Soviética se desplomó sin que nadie pegara un tiro. Ahora, desde el inicio de la guerra de Ucrania, se ha vuelto a hablar de este tipo de armamento... Espero que no se utilice nunca. Hay otra cuestión. Se está desarrollando una carrera armamentística de la que se habla relativamente poco. Varios países están intentando desarrollar armas muy sofisticadas, misiles que viajan varias veces por encima de la velocidad del sonido, armas en miniatura montadas en robots inteligentes... No sabemos a ciencia cierta adónde nos va a conducir todo esto. Si no hay un poco de responsabilidad, cualquier día nos vamos a despertar con un desastre.
¿Dónde encuentra usted esperanza? ¿Cómo se anima a sí a la hora de pensar que el mundo no va a ir a peor?
Lo bueno es que hay mucha gente consciente del peligro que corremos. Soy razonablemente optimista, no muy optimista, respecto a la sensibilización en la búsqueda de problemas.
Viendo la situación actual en Oriente Próximo, ¿cree que salir de ese otro laberinto es aún más difícil que del que están las grandes potencias?
Es de los más difíciles. Siempre hay que confiar en que saldremos de él, pero no tengo la sensación de que nos estemos acercando a una solución. Espero que la región pueda recuperar la vida normal, empezando por mi país natal, que está totalmente paralizado por ese conflicto. Pero la verdad es que no tengo muchas esperanzas de que así sea.

El laberinto de los extraviados: Occidente y sus adversarios

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