Nadie viste mejor que una inglesa cuando viste bien. Abre el armario y, al salir de la habitación, la británica bienvestida parece haber atravesado, dando volteretas, la línea del espacio-tiempo que ordena la vida completa de una mujer.
Pelo revuelto con una chaquetita de punto con tulipanes bordados, falda de raso estampada, botas de agua hasta la rodilla. Es una niña de siete años a la que su madre le ha permitido curiosear en su armario la que orquesta el atuendo. La convierte en alguien que juega y se desacopla de lo que la rodea.
Cuando la inglesa se pone, encarna la esencia de lo desprendido, de lo que se estima cool: se mueve con el aplomo que confiere que nada le importe demasiado.
Para su desazón y nuestro regocijo, la perseverancia de la llovizna obliga a la inglesa bienvestida a cubrir lo que expone entusiasta en cuanto la manta de nubes se desintegra en su cielo.
Desde finales del siglo XIX, una chaqueta cuelga en el armario británico. Algodón con aceites para repeler el agua y evitar los rasguños, cuello con solapas de pana. Verde, azul, marrón. Décadas después, el tejido encerado y el forro estampado con cuadros escoceses. Treinta y seis pares de manos, cuentan, para confeccionar sólo una pieza de Barbour.
Los Windsor los han lucido en el campo, rodeados de perros y caballos. Los Arctic Monkeys y Alexa Chung han paseado con él por Glastonbury. Sus últimas colaboraciones con Ganni o Erdem despuntan en el street style de Milán.
El Barbour de la familia real ha mostrado siempre cierto desgaste, pliegues ya rígidos, desprendidos del brillo suavón del escaparate. Para cumplir con la britanicidad, la chaqueta, ahora replicada en la pasarela por Prada o Loewe, imitada por las grandes cadenas, debe lucir como huele su cera, un pelín áspera, y demostrar que abriga los fines de semana en los que se materializa el lujo real: aquellos que transcurren lejos de la ciudad.
Hace años perdí el que tenía de niña. En primavera y otoño, cuando el frío sopla pero no quema, reencontraba en sus bolsillos enormes regalices quebrados, media galleta Dinosaurus, una bola de golf, pañuelos mentolados, vaselina cubierta de arenilla, algún papel secretísimo (las notas) en el compartimento interior. Entre el pecho y las caderas, un Barbour custodiaba media vida.
A mí aquel abrigo me olía al bocadillo de la merienda que repartían en el colegio a las 16.30, 15 minutos antes de salir pitando hacia la libertad. Hoy vuelve a hacerlo. Cuando aquí regresa al armario no es necesaria más señal. El aire fresco se alía de nuevo con el sol. Algo está a punto de cambiar.
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