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Halil, un señor enjuto que viste chándal negro y carga en sus manos con una pequeña bolsa de la compra, se adentra por una calle sin salida que se encuentra a la espalda de un colegio de Ceuta. Es martes de esta semana. El reloj marca las 12 del mediodía. Halil y su mujer, Hasna, residen a 50 metros de una de las mezquitas de la ciudad.
— Perdón, ¿es usted el padre de Lubna Mohamed Miludi?, pregunta el reportero.
— Sí, soy yo, responde con tono y gesto educados.
— ¿Qué sabe de ella?
Hace una década, el 5 de noviembre de 2014, Lubna dejó atrás su vida anterior como maestra, su cabello rubio al viento y su maquillaje diario, para embarcar en un avión en Málaga y emprender un viaje que cambiaría su vida para siempre. Con una maleta roja, mediana, ni grande ni pequeña, se plantó en Siria y pasó a integrarse en el califato que creó el Estado Islámico (IS) en determinados territorios entre ese país y el vecino Irak.
Ahora, justo diez años después, Lubna es la única yihadista española que sigue en la Siria actual, tras la toma de poder por parte de los rebeldes y la huida a Rusia de su último dictador, Bashar Asad.
— Lubna está deseando volver a España. Ella quiere volver —asegura su padre—. Nos lo repite a mí y a mi mujer cada vez que hablamos con ella: "Papá, quiero volver a España y, en cuanto pueda, con vosotros a Ceuta. Papá, quiero volver".
— ¿Hablan con frecuencia?
— Sí, ahora mucho. Casi a diario.
— Lubna tiene un hijo, ¿verdad? Su nieto...
— Sí, Lubna y el crío están bien. Perdón, pero no puedo hablar más. Por su seguridad, es lo mejor. Una vez ella llegue a Madrid, nos sentamos y hablamos de todo.
Lubna, viuda de terrorista, es madre de Abderrahman. La joven ceutí tiene ahora 31 años. El crío, cinco. Según explica Halil, su hija y su nieto se encuentran en el campo de Al Roj, en el noroeste de Siria. Antes pasó por el de Al Hol. Se trata de campos de detención en un territorio controlado por los kurdos que durante los últimos años han servido «para albergar a los familiares de los combatientes del IS, mujeres y niños, a medida que la organización iba perdiendo los territorios que dominaba en Siria e Irak», subraya Carola García Calvo, investigadora del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global del Real Instituto Elcano y profesora asociada en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC).
Lubna y su niño están en la tienda número 40 de Al Roj, según adelantó esta semana El Confidencial. Halil, mientras camina despacio hacia la puerta de su casa, confirma el dato a Crónica y explica que en octubre pasado pudieron volver a tener contacto con Lubna, después de un tiempo sin saber de ella.
— Los dos están bien. Es una alegría saber que no les ha pasado nada en estos últimos meses, añade Halil.
A principios de enero de 2023, Lubna Mohamed Miludi no subió a bordo de un avión que las fuerzas militares de EEUU pusieron a disposición del Ministerio de Exteriores español para evacuar desde Siria a Kuwait a tres mujeres españolas que se habían enrolado en el Estado Islámico. Junto a ellas tendrían que embarcar sus 14 hijos.
Eran Yolanda Martínez, con cuatro niños; Luna Fernández, con nueve, y Lubna y su único crío. Pero la joven madre ceutí y su niño fueron los únicos que se quedaron en tierra. Por ese tiempo, estaban en el campo de detenidos de Al Hol, donde se hacinaban 70.000 personas.
Según le contó su abogado a la periodista de EL MUNDO Ángeles Escrivá, un mes antes Lubna perdió su móvil y por eso nadie pudo dar con ella durante la operación para repatriarla. Uno de los últimos rastros que quedó fue el de una foto, enviada semanas antes, de su hijo con un cartelillo en el que se identificaba, se situaba en el campamento y solicitaba la repatriación. De aquello han pasado ya casi dos años. El 10 de enero de 2023 aterrizaron en Madrid Yolanda Martínez y Luna Fernández junto a nueve menores de edad. Las dos madres pasaron de inmediato a disposición judicial y declararon ante la Audiencia Nacional. En concreto, en el Juzgado Central de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional, que dirige el magistrado Santiago Pedraz.
Si ahora Lubna siguiera los pasos de Yolanda y Luna, su destino sería el mismo, declarar ante el juez. Sin embargo, su horizonte inmediato podría ser distinto al de las otras dos españolas que se enrolaron en el Estado Islámico. Ambas ingresaron en prisión y este pasado septiembre fueron puestas en libertad a la espera de juicio. La Fiscalía ha pedido para ellas una pena de seis años de cárcel por sus presuntos vínculos con la Brigada Al Ándalus, una célula terrorista radicada en España que fue desmantelada en 2014.
Distintas fuentes consultadas explican que, en caso de que Exteriores pudiera evacuar a corto plazo a Lubna, el juez Pedraz podría decidir dejarla en libertad para que se enfrentara directamente a juicio. Mientras tanto, los abogados de Yolanda Martínez y Luna Fernández mantienen conversaciones con la Fiscalía de la Audiencia Nacional para tratar de alcanzar un pacto de conformidad, lo que implicaría declararse culpables a cambio de obtener una reducción de la futura pena.
— Lubna es consciente de todo, cómo no va a serlo. Pero quiere volver a España— explica su padre mientras introduce la llave en la cerradura—. Es lo que nos repite cada vez que hablamos con ella.
— ¿Podría pasarme su teléfono para contactar con ella?
— No. Lo siento.
— ¿Piensa que Exteriores podrá repatriarla esta vez?
— No puedo comentar nada. Exteriores me ha pedido que no haga ningún comentario al respecto. Tiene que entenderme. Hay que ser muy discretos.
— ¿Por qué no se subió a aquel avión en enero de 2023?
— La otra vez no le dio tiempo a llegar al avión que puso el Gobierno. No fue porque no quisiera. Tenemos que entender que está en un lugar muy complejo.
Lo cierto es que Lubna nunca dio respuesta alguna al enlace con el que tenía que hablar para organizar su vuelta. El avión de las fuerzas militares norteamericanas que llevaron a las yihadistas desde Siria hasta Kuwait despegó sin ella.
Esta ceutí que permanece en Siria es la más enigmática de las tres yihadistas españolas que se integraron en el IS. Y su misterio va pegado a ella desde el mismo momento en el que decidió marchar arrastrando una maleta roja, sola, desde el aeropuerto de Málaga hasta Estambul, como paso previo a su llegada a Siria.
Había cubierto su cabello rubio con un pañuelo negro, no llevaba ni rastro de maquillaje y había adelgazado notoriamente. Han pasado diez años desde entonces. Las otras dos españolas que se marcharon a hacer la yihad ya estaban casadas. Lubna, todavía veinteañera, viajó hasta una zona aislada donde no tuvo contacto con Yolanda y Luna. Se casó con un matarife francés a quien no conocía. Vivió en un régimen de gran violencia explícita.
Lubna procede de una familia musulmana acomodada de Ceuta. Cuando se marchó era maestra de primaria y estaba empezando a estudiar el lenguaje de los signos. Hablaba ya árabe culto e inglés. Tras marcharse a Siria, la madre de Lubna le explicó a Crónica que aquella joven «tenía amigos de todo tipo, algunos de los cuales profesaban la religión judía», y que le extrañaba la fuga de su hija porque «si no había estudiado Medicina fue porque era muy familiar y quería quedarse en casa». En su armario dejó ropa moderna sin estrenar y una familia perpleja. Con el padre, taxista, destrozado escapando a una casita a Tetuán para que nadie le localizase. Y la madre haciéndose la fuerte y asegurando con resignación un mes después de su partida hacia Siria: «Ella ha decidido que esa es su vida y yo tengo que seguir con la mía. Me ha pedido que sea feliz».
Hasna Miludi contaba entonces que su hija estaba volcada en «ayudar a los niños a cuyos padres han matado». Lo aseguraba porque así se lo contaba ella cuando la llamaba cada 10 días. Le decía que no iba a casarse, que no estaba en un matrimonio forzado, que su zona no era violenta y que su marcha le había permitido hacer una cosa que deseaba hacía tiempo: «Ella siempre ha querido leer el Corán y dice que allí va a clases y está concentrada, no como aquí». La madre decía creerla.
Según contó, su hija había sido captada por dos británicas con las que se comunicaba en inglés por Internet, Umzara y Umhayar, quienes probablemente también marcharon con Lubna.
Pocas semanas después de la partida de Lubna, la Policía Nacional entró en la casa de Chimaa, una joven del barrio de El Príncipe, en Ceuta, para llevársela por presunta captadora. Antigua guía turística de 24 años, entonces en paro, vestida completamente de negro, ya había sido arrestada antes, cuando la pillaron acompañando hasta la frontera con Marruecos a otra mujer, una murciana que quería marcharse a Siria a reunirse con su esposo.
Chimaa reveló a EL MUNDO que, aunque ella y Lubna no tenían nada que ver, ni por educación, ni por zona de convivencia ni por estrato social, a veces quedaban para charlar. ¿De qué?, De nada en concreto. «De cosas sencillas de casa», dijo Chimaa.
Quizás nunca se sepa qué o quién fue el detonante en realidad. La madre de Lubna, Hasna, siempre ha pensado que volvería a ver a su hija viva. «Ella se ha despedido a veces diciendo que algún día nos veremos y yo tengo el presentimiento de que va a volver. Si ella pone de su parte, la podríamos traer», decía por aquel entonces. Pero no quiso volver durante la guerra y tampoco se subió a aquel avión de EEUU, en enero de 2023. Ahora, según su padre, Halil, Lubna quiere que se le repatríe a España y enfrentarse a la justicia del país.
"TURQUÍA... ESO SÍ NOS DA MUCHO MIEDO"
Sin embargo, el progenitor de la única yihadista española que todavía continúa en Siria teme que las fuerzas militares de Turquía se adentren en el país para atacar a los kurdos, quienes ejercen el control territorial en la zona donde se encuentra el centro de Al Roj. Halil sigue con sumo interés estos días las noticias al respecto. Según el diario estadounidense The Wall Street Journal, Turquía está acumulando fuerzas en la frontera con Siria con el objetivo de preparar una incursión «a gran escala». El padre de Lubna teme que su hija muera en el fuego cruzado.
— Ahora nuestro miedo es que Turquía entre en el territorio donde está ella para acabar con los kurdos. Eso sí nos da mucho miedo.
Halil cierra la puerta de su casa. Ya no quiere hablar más.