Juan José Rodríguez no es ningún piernas: licenciado en Derecho y catedrático de Secundaria, posee, como investigador de posgrado, un diploma de Estudios Avanzados. Tiene 62 años, dos hijas y ha parido también varios libros, de divulgación científica.
Uno no le imagina vestido con una túnica, con el pelo rapado y agitando un sonajero en busca del dharma o de la verdad revelada. Sin embargo, siquiera mentalmente, eso, durante años, sucedió.
El hombre, tan verboso como aparentemente poco dado a la introspección -habla por los codos-, hasta se sorprende a sí mismo cuando recuerda en concreto una escena, que data hacia 2005.
La protagonizó Itziar Torrecilla, la maestra de su grupo gestáltico, en una casa rural de Ávila, cuando Juan José y su familia llevaban ya unos años en la escuela denominada Aquí y Ahora -en honor al lema creado por el teórico principal de la terapia Gestalt, Fritz Perls-.
«Estábamos todos haciendo meditación, seríamos unas 15 personas, y de pronto Itziar, que se la veía a la legua que estaba fumadísima [no se refiere a tabaco], se levantó y se puso a gritar. Decía que éramos unos cerdos, que estábamos moviendo entre nosotros una energía sexual de la leche, que lo estábamos haciendo con los niños delante, y que por culpa de nuestra energía sexual el mundo estaba en guerra y la Humanidad iba a morir».
Sigue Juan José: «Nos quedamos todos helados, pero es verdad que Itziar siempre decía eso de que movíamos energía sexual, que teníamos que controlarnos, aunque habitualmente no se enfadaba tanto... En el grupo nos sentábamos muy separados unos de otros para que no empezara con el tema de la energía sexual... ¡Te decía que la movías con tus propios hijos! Claro, así nos tenía acojonadísimos».
Pero aquella ocasión fue distinta. La maestra y gurú, que «estaba bastante fuerte porque hacía pesas y escalada», se levantó hecha una hidra «y se fue directa hacia mi ex mujer, que estaba sentada en la posición del loto».
El lector quizás ya ha imaginado lo que sucedió: la maestra, con proverbial maestría, «levantó el brazo y le soltó a mi mujer una bofetada del carajo en toda la cara, ¡pimbaaa! Nos quedamos todos lívidos. Violencia de la otra, sí, pero física... Nunca había pasado eso, nunca».
Juan José y su ex mujer llevaban entonces «desde 2000 más o menos» metidos hasta el cuello en el «culto», que empezó «como terapia psicológica para ella», y que acabó como el rosario de la aurora, con una redada policial en diciembre de 2023 en la ecoaldea de Villanueva de la Vera, donde Itziar, junto a su marido José Carlos Alvero, psicólogo, intentaba mantener relaciones sexuales con sus miembros (al menos con uno, gay, lo consiguió) y les mantenía mentalmente esclavizados, han denunciado ellos.
La instrucción por esos hechos continúa en estos momentos en un juzgado de Cáceres, pero volvamos a aquella mañana en el retiro del grupo, y al bofetón: «Acto seguido Itziar me pidió que pegara yo a otra compañera, y me negué. Sencillamente, me negué. Se fue también a otra compañera, que era directiva de una famosa multinacional energética, imagínate, y le dijo: '¿No ves las energía sexual que estás moviendo con tus hijos?'. Esa noche le dije a mi mujer: 'Hasta aquí hemos llegado, aquí están pasando cosas raras, hay que salir de aquí'. Pero ella era más talibana que yo. Bastante más».
Juanjo decidió esa noche abandonar la «secta», pero «aún estuve unos añitos más: 15 o así», dice, al menos tomándoselo con saludable humor.
Durante ese tiempo casi pierde la vista completamente de un ojo, y fue operado «casi a vida o muerte» del corazón. ¿Cómo llegó a esa situación? «Ella [Itziar] nos convencía de que la medicina no iba a curar nada, de que las enfermedades eran bloqueos causados por otros problemas, por los problemas de verdad, los del alma. Y que sólo podíamos atacarlos de raíz con sus enseñanzas».
Pero al menos Juanjo salió. Su ex mujer, y su hija mayor, «siguen dentro». Juanjo, que se trasladó junto a su mujer desde Madrid a Villanueva cuando las mentes de todos ellos estaban «atadas» a la de Itziar (que se quedó al cargo de las hijas de ambos en Madrid), sigue viviendo y trabajando muy cerca de la finca, aunque ya salió de ella hace cinco años, cuando también se separó de su mujer -en realidad, fue sometido a muerte social por salir del culto-. Su hija pequeña pudo salir también, tiempo después, «y cuando lo hizo me dijo: 'Papá, hemos estado en una secta'. Yo llevaba años fuera y, la verdad, nunca le había puesto ese nombre. Sí, ahora sé que lo era».
La historia de Juan José se escuchó hace un mes en otro juzgado, el de Primera Instancia 61 de Madrid, donde se sustanció un procedimiento con la terapia Gestalt, bajo la cual supuestamente operaba Itziar Torrecilla, en su epicentro.
La web Salud Sin Bulos publicó en 2022 que esta terapia, cuyo nombre se escucha y funciona como reclamo en decenas de gabinetes de psicología de todo el mundo, no tiene respaldo científico, ni sus formadores se apoyan en titulaciones oficiales en España, y que por todo ello puede dar cobertura a sectas destructivas como la que presuntamente dirigían -y según Juanjo todavía dirigen, aún teniendo que ir al juzgado a firmar cada 15 días- Itziar Torrecilla y su pareja, José Carlos Alvero.
La Asociación Española de Terapia Gestalt (AETG) procedió entonces a demandar a la web, para defender su honor, negando todo lo afirmado por Salud Sin Bulos. Y el juicio, que se convirtió en una enmienda a la totalidad de una terapia que ponen en juego regularmente profesionales de todo el mundo, y en España al menos a los 3.500 socios de la asociación, terminó de forma estruendosa.
La juez aseguró que, en efecto, por lo visto y escuchado en el procedimiento, esta terapia, creada en los años 50 y sin ninguna relación con la Escuela Gestalt de Psicología -en esto coinciden ambas partes-, en efecto no tiene «base científica ninguna», ni quienes la practican la han aprendido de forma supervisada por el Estado -puesto que no hay títulos oficiales-, e incluso admitió el tribunal que su uso puede degenerar en prácticas de persuasión coercitiva: que te pueden lavar el cerebro usándola, vamos.
«Todo eso falso», dice a EL MUNDO Ángel Saavedra, presidente de la AETG. «La juez no nos permitió presentar a nuestro perito en el procedimiento, ni las más de 60 publicaciones científicas que por supuesto dan suelo a la terapia. Tampoco se tuvo en cuenta que los colegios de Psicología nos reconocen [el madrileño lo ha confirmado a este diario], ni el hecho de que el Ministerio de Sanidad no nos ha incluido en su listado de pseudoterapias. La sentencia nos parece un desatino completo y estamos estudiando la posibilidad de recurrirla».
Al otro lado, Carlos Bardavío, el letrado que ha conseguido la absolución de Salud Sin Bulos -y referente jurídico en España en cultos sectarios y persuasión coercitiva-, argumentó sencillamente: «Los únicos títulos que se otorgan en España, muy pocos, no son oficiales, y muchos de los terapeutas Gestalt no son ni siquiera psicólogos: es un campo abonado para el fraude, con unas terapias que tampoco se sabe muy bien qué son, más allá de una panoplia de pseudoterapias».
¿Qué es en realidad la terapia Gestalt? Para Saavedra, presidente de la asociación, «parte de la psicología humanista, que se funda en la responsabilidad, la conciencia de uno mismo y de sus problemas, para actuar en el aquí y ahora, como dejó dicho Fritz Perls, el psicólogo que la creó en 1951».
Para sus críticos, se trata de un imán para personas vulnerables, un batido de retales de otras terapias que en realidad es «todo y nada», y que deja abierta la puerta al fraude. Habla el psicólogo y especialista en cultos sectarios José Miguel Cuevas Barranquero, quien también declaró en el juicio: «La terapia Gestalt carece de evidencia científica y sus premisas son filosóficas, fomentando la emoción, la espiritualidad y el pensamiento mágico».
Para él, se trata más de una filosofía que de ninguna otra cosa, «una pseudoterapia con carácter holístico y esotérico, que presenta similitudes con sectas destructivas por usar el aislamiento y la culpabilización del paciente, crear dependencia y utilizar técnicas manipulativas».
Según varios expertos críticos con ella, la terapia Gestalt viene a ser una adaptación conductista del psicoanálisis: se busca en el pasado, a veces incluso se devuelve al paciente a ese pasado «con ritos absurdos, obligándole a agarrarse a un osito de peluche y ponerse un chupete», pero se enfoca en el presente, en el «aquí y ahora» de Perls. También aquí, como en las teorías de Freud, un psicoanalizado puede psicoanalizar a otra persona cuando sabe suficiente, «lo que abre el negocio a otros» y le daría al tema un cierto aire a pirámide de Ponzi.
La palabra holístico (del inglés whole, entero) sería, bajo esta perspectiva crítica, otra de las claves. «Es una mezcla de muchas cosas y ninguna», dice Bardavío. Juan José Rodríguez explica, con su caso, qué significa eso en la práctica: «Al principio entró en contacto con ellos mi ex mujer, porque se lo prescribió un facultativo de medicina general, imagínate. Itziar y su pareja, que es psicólogo y es su secuaz, fueron muy inteligentes, porque ofrecieron su terapia en las mejores consultas de Madrid, y de ahí fueron consiguiendo primero clientes y luego adeptos». Cuando más de 20 años después la Policía desarticuló el grupo, sus mandos se sorprendieron de la capacidad económica de muchos siervos, algunos de los cuales llegaban a pagar 2.000 euros mensuales (por familia) por terapias que en realidad eran «humo».
«Pues lo que pasó», sigue Juanjo, «fue que, como a mi mujer la verdad es que al principio el trabajo que hicieron con ella le fue bien, al poco tiempo le dijeron: 'Es que esto es holístico, todo está conectado, sería bueno que viniera tu marido también'. Y para allá que fui yo. Y poco después, cuando nuestras hijas ya empezaban a crecer, vinieron con lo mismo: 'Es que esto es holístico, trabajar con vosotros sin vuestras hijas no sirve de nada. Las tenéis que traer también'. Así acabamos todos dentro. Con las niñas empezaron a trabajar cuando tenían 4 y 6 años. Parece una locura, pero así fue».
Tal y como lo cuenta, el esquema sugiere una suerte de totalitarismo mental del que no hay vía de escape posible: «Al final, ellos te hacen ver que esas fuerzas oscuras e invisibles, que ellos sí ven y tú no, te vinculan con la Humanidad entera, la mueven silenciosamente». ¿Cuánta gente formó parte del grupo en esos 25 años? «En su máximo, unas 70 personas», dice Juan José.
Obviamente, los críticos con la terapia Gestalt no sostienen que todo lo que esta toque se convierta en secta, «pero se abre la posibilidad», dice el letrado Bardavío, «cuando no hay una supervisión estatal sobre quién ejerce estas terapias y cómo las ejerce, cuando no hay control sobre quién forma a esta gente». No existe en España un título oficial, supervisado por Aneca, la Agencia Nacional de Evaluación y Acreditación, aunque varios centros sí tienen títulos propios «porque ahí hay negocio», remarca Bardavío.
Todo ello en un mundo donde la incertidumbre acosa al personal y la ansiedad cotiza al alza: según el último Informe Anual del Sistema Nacional de Salud Mental, que data de 2023, un 34% de los españoles padece depresión, ansiedad o insomnio, y la cifra asciende al 40% en mayores de 50 años.
Escuchar a Juan José rememorar esos primeros años en que su familia fue «abducida» por el culto, es, tal y como él lo verbaliza, penetrar en los abismos de la persuasión coercitiva que varios colectivos agrupados en la asociación antisectas Redune piden que sea incluido en el Código Penal, para lo que entregaron en el Congreso 300.000 firmas en octubre pasado: «Al principio Itziar y su pareja, José Carlos, nos trataban en Madrid, en Puerta del Ángel, pero poco a poco iban invadiendo, porque nos fueron presionando y convenciendo con sutileza, los fines de semana y los festivos. Íbamos a su casa en Brunete y allí pasábamos de las terapias individuales a las grupales. En realidad, esas terapias individuales les servían para tener un mapa íntimo de los puntos débiles de cada uno, que luego utilizaban en las sesiones de grupo. Itziar, ahí, en lo grupal, aprovechaba de forma muy hábil lo que sacaba de ti individualmente. Con eso te iba anulando... Y se apropiaba de tu voluntad».
Hacia 2005, según su relato, el control se hace más férreo: «Ahí comenzaron los ayunos, a controlarte el sueño, las dinámicas de trabajo, empezaban a apretar las tuercas. Y también ahí empezaron con lo de la energía sexual».
Comienzan los disensos, «pero cuando alguien no aguantaba el grupo le reconducía, y así se hacía más consolidado». Empieza a tener sentido la frase que preside la «escuela»: «Nuestros errores son nuestros maestros». «En ese momento todo empieza a pivotar sobre nuestras heridas, las de cada cual», dice Juan José. «Al final, ya en la finca el culto va tomando el control de tu día a día, de las comidas, los descansos, la familia, te aparta de todo tu entorno. Se apoderan incluso de tu pasado, te hacen traer fotos de tus padres y de tu infancia, e imponen una versión de vulnerabilidad... Yo por ejemplo usé una foto mía en la cuna. Ellos disocian tu recuerdo, digamos que te obligan a releerlo. En mi caso, consiguieron que yo creyera que, de bebé, sufría porque mi madre movía energía sexual conmigo. 'Tus padres no supieron ser padres'. Acababan sustituyendo la figura de tus padres por la de ellos mismos».
Tras el golpe de Itziar sobre su mujer, cuando aquello misma noche Juan José le dijo que debían huir, ella le contestó, rememora él: «La bofetada que me ha dado me la tenían que haber dado mis padres hace muchos años. Es lo mejor que me ha pasado en la vida».