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Ángela Cervantes (Barcelona, 1993) no es una actriz cualquiera. Ninguna lo es, pero ella menos. Recién premiada en el Festival de Málaga por su primer papel protagonista, su irrupción en eso llamado cine español comparte modales, arrebato y actitud con un tornado. Pero de los grandes. En 2022, su papel en Chavalas, de Carol Rodríguez, le valió su primera nominación al Goya. Al año siguiente, lo mismo por su trabajo en La maternal, de Pilar Palomero. Y dos después, y tras un 2024 dedicado en buena parte a Jauría, la obra escrita por Jordi Casanovas y dirigida por Miguel del Arco, todo parece indicar que ahí estará de nuevo. Pero más allá de premios y menciones, lo que abruma es lo logrado en La furia, la película de Gemma Blasco en la que Ángela Cervantes demuestra por encima de cualquier duda razonable que, en efecto, no es una actriz cualquiera.
«Recuerdo que no hace tanto pensaba que si no adelgazaba no iba a poder seguir trabajando. Los referentes que yo veía nada tenían que ver con mi cuerpo. Y al cabo de un tiempo, me he dado cuenta de que he podido trabajar y hacer mi viaje personal sin cambiar nada de mí ni mi cuerpo. Mi único problema siguen siendo los showrooms. Voy y no hay tallas para mí. La verdad, es un poco alarmante», dice no tanto como un lamento o una crítica, que un poco también, sino quizá incluso como un triunfo, que es lo que es. Que ardan los showrooms, sea esto lo que sea.
En La furia, ella se expone en canal y con todas las consecuencias. Libre de pudores («He trabajado mucho para desprenderme de él», dice), da vida a una actriz violada en una fiesta de Nochevieja. No reconoce a su agresor, no sabe quién de sus supuestos amigos se ha aprovechado de su borrachera para herirla hasta lo más hondo. Lo que sigue es un viaje en soledad a través de asuntos como el asco, la vergüenza y la culpa. Y también la ira y el infinito dolor. Y se enfada, claro. «Enfadarse es muy difícil para una mujer. Vemos personajes masculinos cabreados en ficción y no nos sorprende. Pero la imagen de las mujeres siempre está asociada a la calma. Desde pequeña te enseñan a ser la buena hija, la buena estudiante, la buena compañera... Una mujer enfadada crea un rechazo que nunca crea un hombre enfadado. Y quizá hay que perder el miedo a enseñar ese asco. En el caso de mi personaje, forma parte de su curación», explica por dejar claro de nuevo que lo suyo es, se mire por donde se mire, una revolución en marcha. Ni un tópico sin explotar ni un lugar común sin saltar por los aires.
Tras haber dado vida sobre los escenarios a la víctima de la Manada (de eso iba la obra Jauría), ahora vuelve a ponerse en la piel de una mujer ultrajada y humillada en lo más hondo, una mujer, que también es actriz como ella misma en la realidad, y que encuentra su vía de escape (y su sanación quizá) gracias, precisamente, su trabajo, a la interpretación. "Lo más terrible para una mujer en una situación así es verse constantemente juzgada por los demás. 'Si no hubiera hecho esto, si no se hubiera metido ahí, si no se hubiera vestido de aquella manera...'. Y lo más triste es que es la propia mujer agredida y violada la que termina por juzgarse a sí misma. La sociedad nos deja sin referentes, sin saber qué hacer hasta el punto de que no sabes si denunciar o no... Todo esto tiene que cambiar", comenta tras reconocer la mucha tristeza acumulada después de papeles tan al límite.
Cuenta que si mira para atrás tiene la impresión de llevar la vida entera con esta película. Compañera de instituto de la directora, tuvo claro desde que se empecinó en ser actriz como su hermano Álvaro que La furia sería su debut en el cine. No fue así, pero, visto lo visto, la cinta bien puede ser considerada lo primero de todo lo que vendrá. «Lo cierto es que gente como Gemma o Pilar o Carol nos han demostrado que hay otras historias además de las que nos estaban contando. Nos estaban contando solo una parte de la realidad y nos creíamos que esa parte era todo. Y no, la voz de las mujeres directoras nos han ayudado a completar la imagen. Pero aún falta mucho, porque hay muchos otros colectivos que no tienen voz por la sencilla razón de que no pueden hacer cine», comenta Ángela, una de las pocas actrices españolas que pude presumir (y presume) de haber trabajado en su vida con más directoras que directores. Definitivamente, Ángela Cervantes no es una actriz cualquiera.