TOROS
Día de la Comunidad Valenciana

El apoteósico adiós de un grande en Valencia: Enrique Ponce firma la última lección magistral como fin de una época

El maestro de Chiva levanta una tarde huracanada y desoreja al sobrero de regalo para rendir su 40 puerta grande y despedirse de los ruedos en España entre gritos de "¡torero, torero, torero!" mientras lo llevaban a hombros hasta el hotel

Enrique Ponce en su apoteósica salida a hombros de la plaza de Valencia
Enrique Ponce en su apoteósica salida a hombros de la plaza de ValenciaEfe
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A las nueve y media de la noche, una riada de gente cruzaba Valencia con el ídolo a cuestas, entre gritos de "¡torero, torero, torero!".Enrique Ponce había rendido su cuadragésima (40) puerta grande con la última lección magistral para decir adiós como lo dicen los grandes. Fue una tarde tan emotiva como compleja, por huracanada, que levantó con el corazón.

Se va un torero colosal para sentarse entre los más grandes de la historia. Esto conviene fijarlo ya, sin fisuras. Un tipo que arrancaba sus temporadas en marzo y acababa, indefectiblemente, en octubre. De Valencia a Zaragoza durante décadas, pues en décadas se mide su carrera inalcanzable de 34 años. No se trata de gustos, pellizcos, ni otros remilgos. Enrique Ponce se midió con todo tipo de encastes, con todas las figuras, en todas las plazas. Llegó de muy niño, muy pronto le llamaron maestro, alcanzó su cenit durante 10 temporadas consecutivas batiendo la cifra de 100 corridas, fue dios en México y tótem en Bilbao. Se le proclamó heredero de Granero y se encaramó en lo más alto de la historia de la tauromaquia de Valencia. Por todo, por su glorias conquistadas, y su sangre derramada en esta misma arena, la plaza abarrotada se puso en pie con una emoción incontenida sobre el filo de los clarines. Ponce, vestido de blanco y plata con cabos negros -el terno de su debut novilleril en 1988-, avanzó unos pasos desde la puerta de cuadrillas, y toda su vida se le puso de golpe en los ojos.

Le quedaban 52 pasos, como ha escrito Benlloch, para el último paseíllo de 34 años de figura, el último en España. Un viento fuerte y cálido golpeaba la esclavina del capote del paseo, un coletazo del verano, empujado por Kirk, que ahora es nombre de borrasca. No hacía el sol propio de esta tierra, unas nubes aborregadas tamizaban su luz y toda la plaza era sombra. El público sostuvo la ovación hasta el fin del desfile. Se sumaron las palmas de amigos de la vieja guardia como Miguel Báez "Litri", Javier Conde, Fermín Bohórquez, El Tato, Pepín Liria, Ramón García, políticos de nueva generación, como el presidente de la Comunidad Valenciana, Carlos Mazón, o el cantante Francisco, que interpretó el himno de Valencia a pleno pulmón en este día de la región. Y así el prólogo, aderezado con la banda de Chiva, el Himno de España, diversos premios y otra encendida ovación, duró una eternidad. El maestro, solo en los medios, con las banderas valencianas al viento, cerró, montera en mano, este prefacio reverencial para adentrarse en su adiós.

La corrida venía partida en tres toros de Garcigrande, que se jugaron por delante,y tres de Juan Pedro.Luso y Bisutero los de Enrique Ponce, respectivamente. El viento se convirtió en un enemigo más, el peor, un problema mayúsculo. A pesar del azote inclemente, Ponce estuvo con el garcigrande como si no hubieran pasado los años, pleno de serenidad y magisterio. Luso, desde su hondura y su preciso perfil, puso de su parte la exactitud del toro idóneo, una humillación extraordinaria, la clase sutil. EP lo bordó desde el prólogo genuflexo, cuando Eolo lo permitía, aun cerrado en el tercio. Un cambio de mano anunció la mano izquierda, la cadencia, el pulso fluido del toreo que cuando empezó esta gira parpadeaba. Dibujó muletazos categóricos e hilvanó la elegancia en series que aquilataban y reverdecían el esplendor pretérito. Esa misma faena sin viento se hubiera gozado de otro modo. Un espadazo adelantado y desprendido de la cruz, una oreja. La vuelta al ruedo fue clamorosa.

Valencia siguió empujando antes de que saliera el juampedro, que apareció haciendo extraños. Le robó el capote a Enrique Ponce con malos modos, feo estilo. Bajo el peto le arreglaron el cuerpo. Ponce brindó a su padre, que se emocionó dentro del ruedo. Bisutero, una joyita, alcanzó el tercio de muerte parado a plomo. Sin la más mínima rendija de luz. Cuando EP lo despenó, se dirigió al callejón a pedir el sobrero. Lo articuló con empresa y autoridades antes de dirigirse a la presidencia. Que concedió el regalo.

Era de Juan Pedro Domecq también el suplente, y la gente lo recibió regular: la juampedrada había lastrado la tarde como un fardo. El entusiasmo, ya con la noche encima, tres horas después del inicio (a las 18.00 horas), había decrecido hasta casi su extinción. Pero EP brindó al público y prendió la mecha. Triquiñuelo traía movilidad más que humillación, el fondo de raza requerido, la viveza. Y lo entendió con la cabeza privilegiada del Minotauro que iluminó su trayectoria de sabio. Interpretó las alturas, las distancias, el poderío para dar (el ritmo) y tapar (los defectos). Duró con brío el toro para que Enrique Ponce cuajara la última lección magistral. Genuflexo y vaciándose a sus 54, la plaza se puso en pie: "¡torero, torero!". El volapié fue formidable, la muerte lenta. Necesitó del verduguillo, cayeron los avisos antes que el toro. También las orejas. La apoteosis se debida se desató entonces, su cuadragésima puerta grande rendida. Saltaron sus antiguos compañeros, explotó una mascletá estruendosa y se lo llevaron a hombros hasta el hotel.

Alejandro Talavante disfrutó de un toro de Garcigrande que rasgaba por arriba el conjunto. Otro pupilo notable también de Justo. Talavante entremezcló el bueno y lo populista, que suele ser inoportuno y acaba jodiendo siempre lo bueno. Si AT se recogiera, no sólo en cuanto a su toreo, sino también en cuanto a su estrategia, y dejara los planteamientos de temporada y el toreo a destajo, podría encontrar un camino de salvación. Hubo una serie con la embestida dormida que tuvo ese algo de recogimiento. No fue la única. Pero el enganchón por mirar al tendido, la arrucina salvaje, el principio incluso de rodillas, todo lo que no sea ahondar en su tauromaquia cortocircuita con el torero que debe ser. El cierre por bajo hacia tablas y la estocada fueron en son. El presidente aguantó la concesión de la primera oreja para no darle la segunda. Después no hubo ocasión porque otro juampedro se empeñó en aguar la fiesta con su vaciedad.

EP concedió una alternativa más de las infinitas apadrinadas. A Nek Romero le tocó un toro llamado Pisaverde, que recordó con su comportamiento aquello de "no pises la hierba, fúmatela". Siempre en las musarañas, obedecía sin embargo a los toques de la muleta, complicados para por el viento. Profuso empeño. El sexto de Juan Pedro traía más esperanzas, y también lujosa presencia, que sus dos "hermanos" anteriores. Nek se lo ofreció a Ponce. Tuvo buena condición pero apenas duración. Seguía el vendaval. Romero volvió a manejar mal la espada y se dio una vuelta por su cuenta. Pesaba muchísimo el espectáculo antes de la prórroga y el éxtasis final de un torero para la historia y su última lección.