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EEUU

Los tres fallos de seguridad que casi le cuestan la vida a Donald Trump

Cinco centímetros más, o menos, y la historia del país habría cambiado para siempre. Estas son las claves de lo que no funcionó el día del atentado

Donald Trump durante el tercer día de la Convención Nacional Republicana.
Donald Trump, en la Convención Nacional Republicana.EFE
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Thomas Matthew Crooks, el hombre que disparó a Donald Trump el pasado sábado y que mató a un asistente al mitin de los republicanos en la localidad de Butler, en Pensilvania, estuvo durante una hora en el radar del Servicio Secreto y la policía estatal. Hasta en dos ocasiones fue considerado "sospechoso" por agentes, que alertaron de que su comportamiento no parecía normal.

Parecía estar merodeando, ajeno al evento político y las celebraciones de los partidarios del ex presidente. Se acercaba a los edificios de una fábrica y su comportamiento llamó la atención, pero como no parecía estar armado, no llevaba aparentemente mochila, ni estaba en las proximidades del escenario donde se iban a producir lo discursos, las fuerzas de seguridad no actuaron. Cuando la amenaza cobró forma, y los mensajes de peligro llegaron a los canales de radio, ya no hubo tiempo para reaccionar.

El análisis de decenas de grabaciones de televisión y teléfonos móviles, así como de audio y los testimonios de quienes estaban presentes han permitido a los investigadores del FBI hacer una reconstrucción bastante precisa de lo que ocurrió el sábado pasado. Pero según han confesado los agentes al cargo de la investigación, y la directora del Servicio Secreto, no hay ninguna pista sólida sobre los motivos, las razones, para los disparos.

Kimberly Cheatle, que ha asumido la responsabilidad última, está acorralada. La campaña de Trump ha pedido su cabeza. La indignación entre las filas republicanas es mayúscula y así se lo hicieron sentir este miércoles en Milwaukee, donde el partido celebra su Convención Nacional. Congresistas y senadores expresaron su malestar durante una llamada que mantuvieron por la mañana con los responsables de dilucidar cómo pudo un chico de 20 años sin experiencia militar disparar hasta 8 veces hacia el presidente, hiriéndolo de bala.

Cinco centímetros más, o menos, y la historia del país habría cambiado para siempre. Pero si la responsable del Servicio Secreto sintió presión fue después, cuando fue increpada y perseguida nada menos que por dos senadores, John Barrasso y Marsha Blackburn, por los pasillos del centro de la Convención Republicana. Furiosos, no dudaron en publicar en sus redes las imágenes del escrache con la cara más que de circunstancias de la responsable última de garantizar el bienestar de los cargos más importantes del país.

Investigación

La investigación preliminar ha identificado tres grandes fallos y establecido qué pasó sobre todo en los 19 minutos previos al ataque. El primero fue que el Servicio Secreto dejó los edificios desde los que Thomas Crooks disparó fuera de su perímetro de seguridad. El cuerpo especial que protege al presidente siempre se ocupa del nivel más próximo, y deja los más alejados o menos peligros en manos de los cuerpos locales. Nadie entiende cómo ese tejado no fue considerado vulnerable por la misión preliminar que visitó la zona en la víspera del mitin.

El segundo error, gravísimo, fue que no hubiera un agente, de cualquier cuerpo, en el tejado, la única zona verdaderamente peligrosa. Era una posición elevada, a poco más de 120 metros de distancia, perfectamente dentro del radio de alcance de un fusil. Si en vez del AR-15, el arma semiautomática, hubiera tenido un rifle de francotirador es muy posible que Trump hubiera sido alcanzado.

El tercer fallo fue no evacuar. Crooks fue señalado por primera vez por su comportamiento extraño una hora antes de los disparos, y un agente local circuló su descripción. Pero por la distancia y por no llevar aparentemente armas no se intervino. En cada mitin hay decenas, cientos, de momentos tensos, y no se puede interrumpir o actuar sin señales más claras.

Casi 20 minutos antes estuvo a la vista de un francotirador, uno de los tres equipos que ocupaban posiciones elevadas (uno de ellos no tenía visión directa del tejado por un árbol). Le hicieron incluso una foto y se repartió, pero poco después se le perdió la pista entre la multitud.

Los últimos minutos es donde todo se aceleró. Un grupo del público vio a alguien subir a un tejado y empezó a gritar y avisar. Un policía se acercó, trepó y vio al tirador armado. Pero cuando le apuntó se tuvo que soltar del tejado y cayó al suelo, haciéndose daño. "El agente estaba en una posición indefensa y no había manera de que pudiera atacar al sospechoso mientras se aferraba al borde del techo. El agente se soltó y cayó al suelo", explicó el alcalde. Dio una alerta inmediatamente, pero los disparos empezaron instantes después.

En esos dos minutos finales, los francotiradores ya estaban en alerta y trataban de localizar a la posible amenaza. Pero no se evacuó al presidente. Giraron rápidamente desde sus posiciones y nerviosos buscaban. Hubo tiempo para interrumpir el acto, pero nadie asumió esa responsabilidad con los datos que había. Podía haber sido nada, un borracho, un fan, un trabajador. Pero fue un intento de asesinato.

El tirador tenía una mochila, quizás en el coche, y prismáticos. El análisis de su teléfono y ordenador muestra que había buscado también información y detalles sobre otras citas públicas del ex presidente, así como de la Convención Nacional que los demócratas celebrarán en agosto.

En su teléfono se encontraron muchas fotos descargadas de otros líderes políticos, como Rudy Giuliani, el ex alcalde de Nueva York y abogado de Trump. O de los líderes de la mayoría y de la minoría en el Congreso, Mike Johnson y Hakeem Jeffries. Los investigadores han encontrado rastros de búsquedas desde primavera, pero ninguna va acompañada de nada que pudiera resultar amenazante a primera vista.

Su rastro digital es mínimo, completamente inhabitual para un joven de 20 años que ha salido del instituto y logrado un título universitario. Sobre todo con conocimientos informáticos. Los técnicos federales analizan ahora la parte encriptada para intentar encontrar una motivación, ya que tras más de 200 entrevistas no ha salido un motivo, un factor ideológico, alguna radicalización reciente.

Había también -según explicaron los responsables del caso el miércoles a los congresistas y senadores- búsquedas en internet sobre "trastorno depresivo grave" y sus síntomas. No se aventuran a establecer ningún vínculo, pero el hecho de que fuera mencionado indica que no está descartada esa vía.