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Geopolítica

Las mentiras de Estados Unidos reviven el 'cuento de la lechera' groenlandés

El vicepresidente Vance insiste en que Dinamarca no permite a la isla ártica explotar sus recursos y que su población desea unirse a su país. Groenlandia acumula una larga lista de fracasos en este sentido, siendo el gélido clima el principal obstáculo

Los bulos de Trump para legitimar su interés por Groenlandia
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Rubíes del tamaño de pelotas de béisbol, tierras raras, metales preciosos, minerales críticos, yacimientos de petróleo... Groenlandia esconde una inmensa riqueza en recursos naturales que, prácticamente, sólo esperan a que alguien los recoja. Dinamarca, sin embargo, ejerce su despótico poder colonial y lo impide.

Así se resume el mensaje que emana de la Casa Blanca para justificar la ambición del presidente Donald Trump de anexionar Groenlandia, actualmente un territorio autónomo bajo administración danesa. No se trata sólo de una cuestión de seguridad debido a la crucial importancia geoestratégica de la isla ártica, sino también, según Washington, de legítimo interés económico.

El vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, se ha expresado con claridad en este sentido durante una entrevista con el canal Fox News: "En Groenlandia viven unas 55.000 personas que no están contentas con el Gobierno danés. Allí tienen grandes recursos naturales. Tienen un país increíblemente pródigo que los daneses no les permiten desarrollar y explorar. Por supuesto, Donald Trump adoptaría un enfoque diferente si fuera su líder".

En realidad, se trata de un bulo enorme. En virtud de la Ley de Autonomía de 2009, todo el poder para decidir sobre la explotación de recursos en la isla reside en el Gobierno groenlandés, única autoridad competente para conceder o rechazar licencias. Dinamarca no tiene nada que decir.

Para más inri, Groenlandia firmó un acuerdo con Estados Unidos en 2019, durante el primer mandato de Trump, para reforzar la colaboración mutua en el ámbito de las materias primas. Miembros del actual Gobierno autónomo, además, han reiterado su interés en que lleguen inversiones estadounidenses. "Deseamos cooperar con ellos en el desarrollo del sector de nuestros recursos minerales", ha declarado Vivian Motzfeldt, ministra de Independencia y Asuntos Exteriores.

Naaja H. Nathanielsen, ministra de Materias Primas, resalta la contradicción de que sólo figure una empresa estadounidense entre las 76 que cuentan actualmente con licencias de exploración expedidas por las autoridades locales: "Canadá, por ejemplo, tiene 23 licencias, igual que Reino Unido, mientras que Estados Unidos sólo tiene una, por lo que se puede decir que hasta ahora no han aprovechado las oportunidades que ofrecemos".

De ahí que los medios daneses se pregunten si las declaraciones de Vance se deben a una ignorancia total sobre la realidad de la situación o si obedecen a un cinismo absoluto que utiliza la mentira como arma propagandística para difundir la narrativa que más conviene a la Casa Blanca.

Trump y Vance siguen insistiendo también en que los groenlandeses desean unirse a su país pese a los abrumadores indicios en sentido contrario. De acuerdo con una encuesta publicada en enero por el diario groenlandés Sermitsiaq y por el danés Berlingske, sólo el 6% de los habitantes de la isla querría formar parte de Estados Unidos.

Tampoco es cierto, aunque lo diga Vance, que no se exploren las posibilidades de explotación. Los ejemplos abundan, como demuestra la cifra de licencias concedidas, y el Gobierno groenlandés sueña con que algún día financien la independencia. El problema es que todas las grandes iniciativas emprendidas en este siglo han fracasado. El gélido clima y la inhóspita geografía de la isla, cubierta en un 80% por hielo, son obstáculos formidables, aparte de los ingentes costes requeridos y la ausencia de infraestructuras.

Groenlandia, por ejemplo, carece por completo de carreteras entre sus escasos municipios. Cero kilómetros para un territorio de más de dos millones de kilómetros cuadrados. Sólo existen tramos asfaltados, apenas 60 kilómetros en total, en las principales poblaciones, como Nuuk, la capital.

Un niño camina sobre el hielo en Nuuk, la capital groenlandesa.
Un niño camina sobre el hielo en Nuuk, la capital groenlandesa.Emilio MorenattiAP

El bulo difundido por Vance de que Dinamarca impide que los groenlandeses exploten sus recursos lo plantó el podcaster ultraconservador Charlie Kirk, uno de los hombres que acompañaron al hijo mayor de Trump, Donald Jr., cuando visitó Groenlandia el pasado enero.

En su programa, Kirk, partidario de la anexión, aseguró que los groenlandeses con que habló en Nuuk le dijeron que se sentían "como prisioneros en su propia tierra" y que le contaron historias de "rubíes como pelotas de béisbol" y otras riquezas que "los socialistas daneses y los fanáticos al estilo Greta Thunberg que mandan en Copenhague" les impiden explotar.

Así, entre el mito de El dorado y El cuento de la lechera, los recursos naturales que esconde el subsuelo groenlandés siguen sin conducir a ese futuro esplendoroso que anhelan sus políticos. La independencia de Groenlandia, respaldada por casi todos los partidos del Parlamento local, será inviable mientras continúe necesitando el subsidio que recibe anualmente de Dinamarca y que supone todavía casi la mitad de su economía.

Hoy se discute sobre todo de tierras raras y minerales críticos, pero a principios de la década pasada, las esperanzas de desligarse de la metrópoli se depositaron en las reservas de petróleo que se cree que existen en la isla y sus aguas circundantes, estimadas en aquel momento en unos 18.000 millones de barriles.

La empresa escocesa Cairn Energy (hoy Capricorn Energy) obtuvo el mayor número de permisos de prospección. Siete intentos infructuosos le costaron unos 738 millones de euros y una caída de sus acciones del 50%. Otras compañías, como la inglesa Shell y la danesa Maersk, tampoco tuvieron éxito, aunque sus pérdidas fueron menores. Después de 2014 el interés decayó ante la falta de resultados y la bajada de los precios del petróleo.

En 2020, el Gobierno groenlandés que entonces lideraba el partido socialdemócrata Siumut trató de reactivar la búsqueda de crudo, pero las elecciones de abril de 2021 y la victoria de Inuit Ataqatigiit (IA) paralizaron los planes. IA, algo más izquierdista que Siumut, prohibió las prospecciones para proteger el clima, la incipiente industria del turismo y los principales recursos económicos de la isla: la caza y la pesca. Una postura en las antípodas del "drill, baby, drill" (perfora, baby, perfora) que proclama Trump.

"Nuestro Gobierno estima que las consecuencias medioambientales de estas actividades son demasiado grandes. Los recursos que se utilizan para mantener vivo el sueño de una aventura petrolífera pueden utilizarse mejor en otros sectores de nuestro sistema empresarial", señaló entonces la ministra de Materias Primas, Naaja H. Nathanielsen.

Por la misma época, otros proyectos basados en la explotación minera tampoco salieron adelante. La empresa estadounidense Alcoa trató de instalar una fundidora de aluminio en Maniitsoq, en el suroeste de Groenlandia, mientras que la inglesa London Mining quiso abrir una mina de hierro cerca de Nuuk. Ambas iniciativas fueron muy controvertidas porque pretendían importar mano de obra extranjera para su funcionamiento: unos 5.000 trabajadores chinos en total.

La polémica alcanzó cotas surrealistas cuando Søren Lyberth, ex alcalde de Maniitsoq y propietario del hotel local, propuso establecer un burdel para satisfacer las necesidades de los nuevos conciudadanos: "Impulsaría nuestra economía y así alguien ganaría algo de dinero. Es un tema muy tabú, pero traer prostitutas no es nada nuevo. Lo conocemos de las bases militares que hay en la isla". Al final, ni la fundidora ni la mina ni el prostíbulo vieron la luz.

En cuanto a las tierras raras y los minerales críticos, Jakob Kløve Keiding, consultor jefe del Departamento de Cartografía y Recursos Minerales del Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia (GEUS), considera necesario rebajar las esperanzas: "Nuestras investigaciones indican que existe un potencial importante de recursos minerales críticos. Sin embargo, hasta ahora la minería sólo se ha llevado a cabo a una escala limitada".

"Hay un gran número de proyectos en marcha, pero que aún luchan por lograr la financiación que les permita seguir desarrollándose y hacerse realidad", añade. "La apertura de nuevas minas requerirá inversiones de miles de millones. Para empezar, extraer las materias primas es extraordinariamente complicado por las condiciones existentes en Groenlandia. Aparte de eso, hay que saber procesarlas como hacen los chinos".

En la actualidad, China domina el mercado de la extracción y transformación de metales de tierras raras a escala mundial, esenciales para el funcionamiento de las sociedades modernas. Suministra, por ejemplo, el 100% del consumo de la UE. En diciembre de 2024, el Gobierno chino prohibió la exportación a Estados Unidos de varios metales, entre ellos el galio y el antimonio, que se usan en material militar como proyectiles, gafas de visión nocturna y sensores infrarrojos. Ambos se encuentran en el subsuelo groenlandés, al igual que otros minerales críticos necesarios en la fabricación de baterías para coches eléctricos, turbinas eólicas, células solares o teléfonos inteligentes.

Otro problema relacionado con las tierras raras es que a menudo contienen un exceso de uranio, sustancia radiactiva que puede causar graves daños medioambientales. Por esa razón, el Gobierno groenlandés liderado por IA retiró tras las elecciones de 2021 la licencia que la empresa australiana Energy Transition Minerals poseía desde 2007 para explorar las posibilidades de extraer los codiciados minerales en Kuannersuit, al sur de la isla.

Energy Transition Minerals ha presentado una demanda por daños y perjuicios contra los Gobiernos de Groenlandia y Dinamarca en un tribunal de arbitraje de Copenhague. La indemnización que reclama podría superar los 10.000 millones de euros.