LA LECTURA
Historia

Por qué la Inquisición fue más una herramienta de poder político que un tribunal religioso: "Actuó como una agencia de inteligencia y contraespionaje"

Mercedes Temboury ofrece en 'La Inquisición desconocida' una visión del Santo Oficio alejada de los tópicos que impuso la Leyenda Negra para presentarla no sólo como un tribunal religioso, sino como un aparato de Estado cuyo objetivo era la estabilidad del vasto Imperio español

Fragmento de la recreación realizada por Goya de un 'Auto de fe de la Inquisición'  (1812-1819).
Fragmento de la recreación realizada por Goya de un 'Auto de fe de la Inquisición' (1812-1819).Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
PREMIUM
Actualizado

No fue la Inquisición un tribunal centrado exclusivamente en la herejía y los delitos religiosos. De ser así, no habría existido una especialización geográfica de los tribunales en función de la evolución de la situación bélica y política del Imperio español, al menos en los siglos XVI y XVII, cuando más poder acaparó. En muchos casos, además, la persecución inquisitorial comenzaba cuando el reo había cometido un delito en la jurisdicción civil. "La visión de una Inquisición que atormentaba a pacíficos ciudadanos que, aparentando ser católicos, eran en realidad judíos, protestantes o musulmanes y, en la intimidad de su hogares, practicaban otros ritos y rezaban otra oraciones" pertenece a la visión que la Leyenda Negra logró imponer entre una gran parte de historiadores y académicos, nacionales y extranjeros. Pero no sólo. "El arte, la música, la comunicación han usado elarquetipo inquisitorial hasta la saciedad. La mayoría de los grabados europeos sobre juicios, víctimas y prisiones del Santo Oficio son fantasías, e incluso Goya representó autos de fe que nunca había visto y eran producto de su imaginación", como el que ilustra estas páginas. "La ópera y la zarzuela han contribuido a difundir la oscuridad del tribunal con músicos tan ilustres como Vivaldi, Rameau, Beethoven, Donizetti, Verdi o Prokofief. Y en la literatura, Voltaire, Schiller, Goethe, Merimée, Victor Hugo, Oscar Wilde o Antonin Artaud" contribuyeron a difundir esos tópicos. Pero frente a esa visión negrolegendaria, asumida también por muchos de nuestros directores de cine y escritores actuales, existe una imagen de la Inquisición como "una institución que, de forma quirúrgica y con las mayores garantías procesales que existían en la época, fue capaz de desarticular y reprimir amenazas y ataques a la Monarquía Hispánica en un contexto internacional extremadamente complejo".

A esto último ha dedicado varios años de investigación en numerosos archivos la historiadora y profesora de la Universidad Autónoma de Madrid Mercedes Temboury Redondo que, en su reciente estudio La Inquisición desconocida. El Imperio español y el Santo Oficio (Arzalia), logra acabar con muchos de esos mitos para resaltar los "aspectos positivos de la gran maquinaria burocrática que fue el tribunal y reseñar qué ventajas tuvo el Santo Oficio en una Europa dominada por la intransigencia religiosa". En conversación con La Lectura apunta algunos de ellos. En primer lugar, desde su creación en 1478, "la instauración de un proceso y de un centro de investigación -que es el significado primero de inquisición- permitió detener los pogromos que estaban teniendo lugar en diversas ciudades de la Península", como los asesinatos en masa ocurridos en las juderías de Sevilla, Córdoba y Toledo en 1391.

En segundo lugar, continúa Temboury, "salvo en el grave caso de Flandes y los Países Bajos, las guerras de religión que asolaron Europa en estos siglos no afectaron a los territorios de la Monarquía prácticamente en nada". Y recuerda el clima de absoluta intransigencia religiosa en el continente que, en el caso de la lucha entre católicos y hugonotes en Francia, desembocó en la Noche de San Bartolomé en 1572, donde 3.000 protestantes fueron pasados a cuchillo en París y 10.000 más en todo el país. O, en el caso de la persecución a la brujería, que se cobró la vida de decenas de miles de personas en toda Europa, especialmente en Alemania e Inglaterra, mientras que en España se contabilizan apenas cuarenta y nueve casos, aunque se hable de los procesos de Zugarramurdi como un estereotipo. En la localidad navarra sólo fueron condenadas a muerte seis personas y otras cinco lo fueron en efigie, porque habían huido o ya habían muerto. Pero es más, el inquisidor Alonso de Salazar y Frías llevó a cabo el primer estudio etnográfico de la historia de los valles pirenaicos y determinó que no existían pruebas de prácticas de brujería y que todo era producto de las habladurías y la imaginación de los vecinos. Ni se encontraron las escobas voladoras, ni los ungüentos ni las pócimas ni, por supuesto, la marca del diablo en los cuerpos de los acusados. En su estudio, Salazar y Frías concluyó que "ni había brujas ni embrujados hasta que se habló y escribió de ellos".

Hasta el siglo XIX, con las Cortes de Cádiz y la invasión francesa, no hay una idea negativa de la Inquisición, ni siquiera entre sus muchos rivales

Pero entonces, ¿por qué se han impuestos los relatos de la Leyenda Negra, de dónde proceden? Para Pedro Insua, autor, entre otros libros en torno a la Leyenda Negra de El orbe a sus pies: Magallanes y Elcano: cuando la cosmo-grafía española midió el mundo (Ariel, 2019) o 1492. España contra sus fantasmas (Ariel, 2023), se trata de una "visión decimonónica que surgió en las Cortes de Cádiz, donde eran referencia obligada las obras de Antoni Puigblanch, La Inquisición sin máscara, y posteriormente la del afrancesado Juan Antonio Llorente, Historia crítica de la Inquisición en España", escrita en el exilio y publicada en 1817.

Este último, un clérigo que llegaría a ser canónigo en Toledo y que desde 1789 fue Secretario supernumerario de la Inquisición, formó parte de la Junta Nacional de José Bonaparte que acató la Constitución de Bayona, se exilió cuando los franceses salieron de España y regresó tras el pronunciamiento de Riego para morir en Madrid en 1823. "Esos dos focos ideológicos", continúa Insua en conversación con este suplemento, "fueron enturbiándola, hasta ennegrecer a la Inquisición. Pero durante su momento más culminante, en los siglos XVI y XVII, tenía bastante buena fama y había inquisidores como Alonso Manrique de Lara, que tenía su corte literaria, o Fernando Valdés, miembro fundador de la Universidad de Oviedo. Es decir, eran personalidades de prestigio integradas en la sociedad. Hasta el siglo XIX no hay una idea tan negativa de la Inquisición, ni siquiera entre sus rivales, como los protestantes, que hacen más hincapié en la conquista de América para crear su Leyenda Negra".

INQUISICIÓN Y CATOLICISMO

En la Introducción a la obra de Llorente publicada en España por Hiperión (1980), José Jiménez Lozano incide en el protagonismo que tuvieron los textos del "exaltado Puigblanch" y los de Llorente. "La Inquisición se convirtió enseguida", escribe quien llegaría a ser Premio Cervantes en 2002, "en símbolo y bandera político-religiosa de ideologías e intereses antagónicos en el umbral mismo de la modernidad secular en que llega a España la revolución burguesa y liberal. Fue el santo y seña y hasta la niña de los ojos de quienes defendían el Antiguo Régimen y el antiguo orden de cosas, y la oveja negra y el blanco de todos los odios como paradigma de la tiranía y el oprobio de quienes participaban de las nuevas ideas. El tema inquisitorial se convirtió en el favorito del anticlericalismo revolucionario y, naturalmente, los católicos defendieron la institución a ultranza como si fuera parte integrante de su creencia. Y ocurría, además, que catolicismo era igual a españolidad y viceversa y que por lo tanto, todo ataque a la Inquisición, que había sido abolida por vez primera por José Bonaparte y cuyos enemigos eran ilustrados y afrancesados, resultaba un juicio adverso contra lo español, una tarea denigratoria contra la propia patria a la que los partidarios de la institución presentaban como un país salvado de las guerras de religión y de sus horrores precisamente por el Santo Oficio, olvidando que este también produjo víctimas o tratando de mostrar que estas fueron desde luego en menor número que las víctimas de la guerras teológicas europeas. Aunque efectivamente", concluye Jiménez Lozano, "no faltaba razón a estos españoles cuando se veían motejados de sanguinarios y crueles por europeos, que, evidentemente, también tenían tendencia a olvidar su propia crueldad".

No obstante, Jiménez Lozano, buen conocedor de la época y autor, entro otros muchos, de Sobre judíos, moriscos y conversos (1982), que tiene sus reparos tanto con la obra de Llorente como con sus motivaciones para publicarla, reconoce que, "cualesquiera que sean las matizaciones que haya que hacer a su visión de la realidad institucional y existencial de la Inquisición, Llorente se percató muy bien de unas cuantas cosas esenciales: por lo pronto, de la pura y flagrante contradicción entre cristianismo e Inquisición, pero también de la degradación y corrupción intelectual y moral, social, política y religiosa, que el sistema inquisitorial representó en sí mismo y para la sociedad que conformó, y de su condición esencial de maquinaria de violencia".

De opinión similar es José Antonio Escudero, autor de Estudios sobre la Inquisición (Marcial Pons, 2005) y director del Instituto de Historia de la Intolerancia (Inquisición y Derechos Humanos), perteneciente a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Para José Antonio Escudero, en conversación con La Lectura, "el saldo de la Inquisición es negativo, fue una desdicha y un error, pero ciertamente no mayores que los que se hicieron presentes en distintos países de la Europa del Antiguo Régimen (guerras de religión, torturas y asesinato de disidentes, heterodoxos y mujeres tenidas por brujas o matanzas indiscriminadas en la Revolución francesa)". Tampoco, matiza, "se puede juzgar con la mentalidad actual de respeto de los derechos humanos ni atribuir a la Inquisición todos los excesos de la Edad Moderna sobre temas religiosos y civiles".

La Inquisición se dedicó siempre a perseguir la heterodoxia, no solamente la religiosa, sino también la política, que variaba según la época

Escudero es uno de los pioneros en el estudio de la institución, ya desde 1976, año en el que organizó el primer curso internacional sobre la Inquisición española en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, con la presencia de Marcel Bataillon, autor de Erasmo y España, y los hispanistas Henry Kamen o Gustav Henningsen. Allí se dirimió ya una polémica sobre los propósitos iniciales de la Inquisición con el hispanista israelí Benzion Netanyahu, autor de Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV, en la cual mantenía que "1) La inmensa mayoría de los marranos en el momento de instituirse la Inquisición no eran judíos sino que estaban apartados del judaísmo, o más bien, para decirlo con mayor claridad, eran cristianos; 2) Al tratar de identificar a todo el grupo marrano con una secreta herejía judaizante, la Inquisición operaba con una ficción; y 3) El motivo de esa manera de proceder fue el odio racial y consideraciones políticas más que el celo religioso".

En la Introducción a la segunda edición de la Historia de la Inquisición española del norteamericano Henry Charles Lea, Escudero refuta esta postura sobre el supuesto racismo del Santo Oficio. "Según Lea, la Inquisición hay que conectarla con la conflictiva relación entre las diferentes razas existentes en España desde la monarquía gótica, tal como lo adelantó a Menéndez Pelayo en carta de 17-VI-1888 y luego reiteró en su libro, pero ello podría explicar parcialmente el origen de la institución, pero no su mantenimiento e historia posterior, pues la Inquisición persiguió a los que creía falsos conversos de otras razas (judíos primero y moriscos después) pero persiguió también a los cristianos viejos, e incluso a monjas, clérigos, religiosos y algún prelado, y mucho más tarde a masones españoles o de otros países de Europa. En suma, la Inquisición persiguió la heterodoxia, o, cuando fue instrumentalizada, persiguió realmente otros objetivos (políticos, por ejemplo) pero en razón de presuntas heterodoxias. Esa fue siempre su justificación y su argumento, unas veces verdadero y otras falso".

DEFENDER LA MONARQUÍA HISPÁNICA

Mercedes Temboury matiza todo esto. Para la historiadora, que también acaba de publicar en la editorial Gadir Los historiadores hablan. Entrevistas sobre historia e hispanismo, los estudios que se publicaron en los años 70 y 80 del siglo pasado "eran magníficos, pero luego esa investigación se fragmentó hacia una historia autonómica: Ricardo García Cárcel en Valencia, Jaime Contreras en Galicia, etc. Hay, sin embargo, un momento en el que tienes que desplegar el mapa del mundo para saber qué es lo que estaba ocurriendo en cada momento en los territorios de la Monarquía, ya que la Inquisición fue utilizada no sólo para perseguir desviaciones teológicas, sino, muy frecuentemente, para rastrear otros delitos que perjudicaban la estabilidad y fortaleza de la Monarquía católica". Para Temboury, la Inquisición actuó como un auténtico aparato de Estado al servicio de los intereses de la Corona.

La historiadora ha estudiado las 1.696 relaciones de causas de fe elaboradas entre 1540 y 1700. Estas eran los listados de procesados por los distintos tribunales de distrito, ya sentenciados, que eran remitidos por duplicado al Consejo de la Inquisición y al Inquisidor General para su control. De los 45.000 procesos, sólo alrededor de 1.700 acabaron en pena de muerte, casi la mitad de ellas ejecutas en efigie o retrato. Y en el 33% de los casos, los reos habían cometido también delitos tipificados en la jurisdicción civil. A lo largo de esos 160 años, concluye Temboury, las víctimas fueron distintas, dependiendo del "contexto geopolítico y económico, del entorno internacional de la Monarquía Hispánica, de los enfrentamientos entre naciones, de las relaciones con otros países europeos, mediterráneos o con el papado, las alianzas, las guerras, las convergencias de intereses o las treguas. Así, se ponen de manifiesto algunos aspectos del Tribunal del Santo Oficio como central de inteligencia, en el sentido contemporáneo de la expresión, es decir de vigilancia y conocimiento de información de las amenazas y los riesgos estratégicos y tácticos para la estabilidad de la Monarquía Hispánica en sus territorios".

De los 45.000 procesos, sólo alrededor de 1.700 acabaron en pena de muerte, y en el 33% de los casos, los reos habían cometido delitos civiles

De esta forma, explica Temboury, "la guerra en el Mediterráneo y sus momentos álgidos contra el Imperio otomano o contra el corso berberisco marcaron el ritmo de las condenas y la persecución de moriscos o criptomusulmanes. Sus delitos civiles consistían en ser alzados, asesinos, piratas, huidos y renegados. El motivo de la prohibición de emigrar para los moriscos, antes de su expulsión definitiva, era el de no dotar de recursos humanos para la guerra y para las flotas a los enemigos de la Monarquía. Además, los moriscos conocían los lugares que habían dejado atrás, la lengua, las costumbres, y eso les permitía pasar desapercibidos como espías".

Cuando se recrudecieron las luchas contra los protestantes (Inglaterra, Francia y los Países Bajos), "aumentó el ritmo de ejecuciones de criptojudíos y protestantes. Los delitos civiles de los luteranos fueron los propios de bandoleros, piratas, espías, libelistas, falsos religiosos y asesinos. Contra los protestantes, la lucha fue muchas veces interna, en las propias órdenes religiosas, ya que sacerdotes, frailes y monjas eran quienes podían difundir de forma más rápida las doctrinas contrarias al catolicismo". El control interno hacia los curas tenía también razones de tipo sexual. "Al menos en mil casos, que no merecieron pena de muerte, los curas eran procesados por solicitación, es decir, por exigir favores sexuales a las mujeres que solicitaban confesión".

En tercer lugar, "en la guerra por el predominio económico con reinos enemigos y la cadena de embargos y bloqueos comerciales, los que resultaron más perjudicados y perseguidos fueron los criptojudíos, cuya intermediación mercantil y financiera podía favorecer a una u otras potencias. Sus delitos civiles eran la huida y alta traición por complicidad con los holandeses, contrabando de esclavos, contrabando de material de guerra y asesinato, entre otros".

Finalmente, Temboury desmiente también el uso abusivo de la violencia y la tortura, una práctica que, a diferencia de lo que ocurría en la jurisdicción civil, en la inquisitorial estaba muy pautada y en ningún caso se pretendía la muerte del reo, ya que el objetivo final era que confesaran. Porque el Santo Oficio, concluye, "actuó como una agencia de inteligencia y contraespionaje".