- Infiltrada en el régimen del dictador que viaja con un váter. "Le gusta que el mundo le considere una amenaza"
En las peores vacaciones de su vida, a Kim Jong-un le dio por morirse. Otra vez. Cada vez que al líder absoluto de Corea del Norte le da por desaparecer unos días, al otro lado del mundo suenan de madrugada los teléfonos de unos cuantos generales del Pentágono, los satélites se desplazan sobre el paralelo 38 y comienzan a redactarse informes sobre la causa de la muerte.
El 11 de abril de 2020, Kim Jong-un participó en un acto de sus fuerzas aéreas, y al día siguiente no dio señales de vida. Tampoco al siguiente, ni al siguiente, hasta que al cuarto día le dio por no aparecer donde todos le esperaban. El Día del Sol, la fecha más importante del calendario político de Corea del Norte, en el que se celebra el cumpleaños de su difunto abuelo, Kim Il-sung, fundador de esta anomalía geopolítica basada en la aplicación creativa del marxismo-leninismo, su nieto no apareció por las celebraciones.
A partir de ahí, el paradero del líder, que entonces contaba con 36 años, fumador, obeso, y con graves problemas de salud, se convirtió en un misterio global. Algunos informes aseguraban que Kim Jong-un había resultado herido en unos ejercicios militares, otros que había contraído el coronavirus después de que se le diagnosticara a uno de sus guardaespaldas. Un contagio que, si no desataba el caos en el país, por lo menos derrocaba los mantras de una saga tratada como divinidad en los libros escolares, salpicada de milagros chanantes, como un número imposible de libros escritos u hoyos en golf de un solo golpe, que recuerdan a los chistes de Chuck Norris.
A lo largo de la tarde del 25 de abril de 2020 se llegó a asegurar que Kim Jong-un había muerto a causa de complicaciones en una intervención cardiovascular. Tardó 21 días en desmentirlo, como si volviera de entre los muertos. Y eso que Kim ya había desaparecido en circunstancias similares, y durante mucho más tiempo, como las seis semanas de 2014, tras las que reapareció caminando con un bastón. El Gobierno norcoreano nunca dio una versión oficial de su ausencia, aunque también hubo especulaciones. Que si un ataque de gota, que si una lesión en el tobillo, que si heridas por unas plantillas que se pone para parecer que mide 1,75 de altura, que si otro accidente cardiovascular. Desde que llegó al poder, Kim Jong-un no había parado de engordar, hasta alcanzar los 127 kilos.
No es difícil imaginar a líder norcoreano leyendo todas estas noticias, y soltándole a sus lacayos algo parecido a lo que dijo en la cuenta tuitera su álter ego hispano: "Desaparezco seis semanitas para irme de vacaciones y ya empieza la prensa a inventarse cosas: que si estoy enfermo, que si estoy gordo...".

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En todas sus desapariciones, Kim Jong-un se había ido al mismo sitio: Wonsan, en el golfo de Tongjoson, donde el líder posee una enorme mansión y su yate, el Kim's Princess 95, valorado en casi siete millones de euros hace una década. También otras muchas más cosas para entretenerse, como una cancha de baloncesto, que quizá mandó construir cuando le visitó la ex estrella de la NBA Dennis Rodman; una pista de equitación y, por supuesto, un inusual campo de tiro, desde el que ha probado cerca de 40 misiles.
Los satélites confirmaron que el tren, de 250 metros de largo, en el que suele desplazarse el mandatario norcoreano había llegado hasta su complejo en Wonsan. Y más tarde detectaron movimientos de los yates que suele utilizar su séquito. Kim Jong-un estaba de vacaciones, al tiempo que se aislaba del Covid y de la noticia de que lo había contraído, mientras sus conciudadanos en Pionyang seguían viviendo como en La invasión de los ultracuerpos y en el Pentágono los generales movían barquitos en un mapa.
Pero Wonsan es algo más que el lugar de vacaciones de Kim. Tiene un poder simbólico para su dinastía, ya que fue allí donde Kim Il-sung desembarcó con las tropas soviéticas en 1945 para desprenderse del dominio colonial japonés. Kim Jong-un se había propuesto reconstruir una ciudad de 360.000 habitantes, donde las familias norcoreanas acudirían a hacer barbacoas en la playa, a patinar, a pescar y a comer helado de jalea real, aprovechando que sus bares de karaoke y sus clubes de billar cuentan con la mejor electricidad del país.
Kim Jong-un quería convertirlo en un templo del turismo asiático, y en la llave que le abriría las puertas al mundo y a la financiación internacional. Ya que en Camboya se ofrece al turista disparar a una vaca con un bazuka, por qué no convertir sus pruebas misilísticas en una parte de la oferta turística complementaria.
Sólo necesitaba dinero y romper con un estigma global, que incluía el asesinato a tiros de una turista surcoreana a manos de un soldado norcoreano en el complejo de vacaciones del Monte Kumgang, cerca de la frontera con Corea del Sur.
El proyecto de Kim Jong-un fue anunciado en 2014. Contaba con más de 150 edificios de gran altura, hoteles y villas sobre el agua que llenaría de élites norcoreanas pudientes y turistas amantes del riesgo exótico. Incluso hizo folletos en coreano, chino, ruso e inglés en los que promocionaba 140 reliquias históricas, 10 playas, 680 atracciones turísticas, cuatro manantiales minerales, varios balnearios, lagos naturales, unos grandes almacenes, un campo de golf, y "más de 3,3 millones de toneladas de lodo con propiedades terapéuticas para la neuralgia y la colitis". Sólo necesitaba 1.500 millones de dólares.
Kim imaginaba a los turistas visitando las estatuas de los dos ex líderes de Corea del Norte, comprando flores de plástico y haciéndoles ofrendas. Quizá también apuntando a los niños a un particular Kids Club, el campamento infantil de Songdowon, al que acuden los hijos de simpatizantes de las ex potencias soviéticas.
A principios de 2017, Kim envió a 16 de sus funcionarios a recorrer desde la costa francesa hasta Alicante en busca de un modelo turístico que calcar. Y en Marina d'Or y en el parque de Terra Mítica de Benidorm, el norcoreano encontró su inspiración.
Sin embargo, el proyecto se fue retrasando, primero por culpa de las sanciones internacionales impuestas a su programa nuclear, lo que le cerró el grifo de la inversión extranjera. Y finalmente por el coronavirus, que consumó las peores vacaciones de su vida e hipotecaba las de años venideros. Cuando Kim Jong-un desapareció en Wosan, las primeras viviendas turísticas ya habían sido ocupadas por sin techo que las llenaban de basura y excrementos. Esa era la visión que tenía desde su mansión, mientras buena parte del mundo le daba por muerto, lo único verdaderamente divertido de aquellas vacaciones.