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Cómo Silicon Valley pasó de paraíso 'woke' a idolatrar a Trump: "En el primer mandato, todo el mundo estaba en mi contra, ahora todos quieren ser mis amigos"

Los tiempos en los que los los magnates tecnológicos se declaraban progresistas ha llegado a su fin. Ahora los dueños de Facebook, Amazon y Apple donan millones y quieren cenar con el presidente electo para contar con su apoyo en su negocio. No saben cómo justificar públicamente su cambio de postura

Caricatura de Ann Telnaes que se negó a publicar 'The Washington Post' porque mostraba a su dueño, Jeff Bezos, junto a otros magnates arrodillados ante Trump, lo que provocó la dimisión de la dibujante la semana pasada.
Caricatura de Ann Telnaes que se negó a publicar 'The Washington Post' porque mostraba a su dueño, Jeff Bezos, junto a otros magnates arrodillados ante Trump, lo que provocó la dimisión de la dibujante la semana pasada.
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Todo el mundo sabe que cuando un ordenador da problemas la solución más efectiva suele ser resetearlo: apagar y volver a encender la máquina esperando que fuera lo que fuera que lo atascaba desaparezca al arrancar desde cero. Es una especie de milagro para los neandertales tecnológicos. En los últimos meses, muchos magnates de Silicon Valley han llegado a la conclusión de que en la política norteamericana se puede hacer algo parecido. El botón de reseteo es generalmente un cheque de un millón de dólares y su función es reiniciar la relación con la futura Administración de Donald Trump.

Esa es la cantidad que las principales figuras de la industria tecnológica han donado en las últimas semanas al comité para la Inauguración presidencial de Trump. La lista incluye al all star de los empresarios de Silicon Valley: el fundador de Amazon, Jeff Bezos; al presidente de Apple, Tim Cook; el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, o el máximo responsable de OpenAI, Sam Altman... y muchos otros..

Los cheques suelen llegar precedidos por un peregrinaje a Mar-a-Lago, el club privado de Trump en Florida, para cenar y hablar en persona con el futuro presidente, que le gusta mucho la socialité multimillonaria. Lo patético no es que lo hagan, sino que no dejen de intentar justificar su nueva actitud, como si fueran conversos avergonzados del nuevo poder.

Apple, por ejemplo, explica que su donación es de Cook a título personal y no procede de la compañía. El implicado, de hecho, es uno de los ejecutivos que mejor supo navegar la primera Administración de Trump pese a las diferencias ideológicas. Y ha añadido que lo ha donado como un «gesto de unidad» ante la creciente polarización política.

Google y Microsoft han donado esa misma cantidad, pero explican en cambio que no es algo fuera de lo común. En el pasado financiaron también a la Inauguración del actual presidente, Joe Biden, así como el primer mandato de Trump. Cierto es que las cantidades eran mucho menores entonces y que el despliegue de medios y atención -YouTube, por ejemplo, retransmitirá la ceremonia en directo- no es algo nuevo.

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El gesto sorprende sobre todo porque la relación entre Trump y las grandes empresas tecnológicas ha sido siempre tensa. En el pasado, calificó a Google, Facebook y la antigua Twitter como «una vergüenza para nuestro país». También ha amenazado con «meter a sus responsables en la cárcel» o incluso cerrar varias redes sociales por considerar que durante años han silenciado las voces de ideología conservadora. Desde la cosmovisión del movimiento MAGA, Silicon Valley y las conocidas como Big Tech son -¿o eran?- un bastión de la ideología liberal y woke que ha ahogado durante años la agenda republicana.

La realidad es algo más compleja porque a los líderes tecnológicos, en general, no es fácil encasillarlos en el espectro político tradicional. Un estudio de la Universidad de Stanford de 2017, por ejemplo, apuntaba a que en cuestiones culturales y sociales, como la protección del aborto, el apoyo al matrimonio homosexual, el control de armas o la pena de muerte, su postura está claramente alineada con el Partido Demócrata. Sin embargo, simpatizan más con las ideas sobre regulación, impuestos y control gubernamental de los republicanos.

Esta dualidad explica que más de 100 emprendedores e inversores apoyaran la candidatura de Kamala Harris en las presidenciales de noviembre. Sin embargo, figuras tan influyentes como la de Peter Thiel, fundador de PayPal y Palantir y uno de los primeros inversores en Facebook, han ido logrando destacar en la órbita republicana durante años.

Thiel, conservador y libertario, se ha convertido en uno de los activistas políticos más efectivos de Silicon Valley por su apoyo incondicional a Donald Trump en la campaña de 2016. También está detrás de la estrategia que ha llevado al senador de Ohio, JD Vance, a la vicepresidencia del país. Su presencia en los medios en los últimos años ha servido de inspiración también para que muchas figuras conservadoras que hasta ahora habían permanecido en segundo plano, como el inversor de capital riesgo David Sacks, se vuelvan mucho más audaces en su apoyo a Trump.

Pero, sí, existen también conversos a la fe trumpista. El epítome, sin duda, es Elon Musk, el hombre más rico del planeta. El sudafricano pasó de apoyar a Barack Obama en 2012 y Hillary Clinton en 2016, a ser el mayor donante de la campaña de Donald Trump en 2024 y, ahora, la figura más influyente de su nutrida corte de asesores.

La conversión, según su biógrafo, Walter Isaacson, ha tenido varios catalizadores, como la pandemia del Covid y el deterioro de la relación con su hija transgénero, Vivian Wilson, que le hizo distanciarse de cualquier tipo de idea woke. El proceso puede verse tan solo siguiendo el historial de su cuenta en la red social X, que adquirió en 2022 por 44.000 millones de dólares cuando todavía se llamaba Twitter. Pasó de considerarse un votante en el «centro exacto» del espectro ideológico a gastar más de 277 millones de dólares en apoyar la candidatura de Trump e impulsar ideas cada vez más extremas a sus millones de seguidores. Ahora, Musk es el aliado infatigable de la mayoría de partidos de ultraderecha globales, como ha demostrado con su entrevista a la líder de la AfD alemana este viernes.

"No les importa Trump, pero no pueden dejar que obstaculice su progreso. Dar millones y besar el anillo cuando hay trillones en juego es lo esperable"

Mark Cuban

Su dinero lo ha convertido en una figura de enorme importancia dentro de la Administración Trump. Personajes clave dentro del movimiento MAGA, como el estratega político Steve Bannon, reconocen a regañadientes que, sin sus recursos, Kamala Harris sería la próxima presidenta del país en lugar de Trump.

Sus intereses comerciales, sobre todo debido a los acuerdos que SpaceX tiene con el Gobierno de los EEUU, impiden que Musk tenga un papel activo en la Administración. El conflicto de intereses sería demasiado obvio. Trump le ha creado a cambio un órgano consultivo a su medida -el Departamento de Eficiencia- y parece estar, de momento, atento a las opiniones el magnate, que ha pasado casi a ser su sombra en Mar-a-Lago.

A punto de tomar Trump las riendas de EEUU una vez más, y ahora con una actitud más desafiante y una agenda política y económica que afecta directamente a los intereses de las empresas tecnológicas, el ejemplo de Musk empieza a calar. Con cheques y guiños políticos, muchos de los máximos responsables de estas empresas están tratando de apaciguar a la futura administración y engrasando una maquinaria que van a necesitar en los próximos cuatro años.

«Estas compañías están compitiendo para convertirse en plataformas dominantes en todo el mundo», explica Mark Cuban, el multimillonario propietario de los Mavericks de Dallas en la NBA y fundador de varias empresas tecnológicas. «No les importa Trump, pero tampoco pueden dejar que obstaculice su progreso. Dar millones y besar el anillo cuando hay trillones en juego es lo que cabría esperar».

Los planes del presidente electo son todavía un misterio, pero una extensa política de aranceles y un mayor aislamiento comercial parecen ser algunos de los ejes de su administración. Eso pone a compañías como Apple, que dependen de una cadena de suministros global y fabrican la mayoría de sus productos en China, en una situación comprometida. Porque necesitarán pedir favores para poder seguir operando con normalidad.

Algunos de los nombramientos que Trump ha propuesto para las agencias gubernamentales que se encargarán de regular la competencia también podrían complicar la vida de compañías como Google, inmersas en diversos procesos antimonopolio. Tener una buena interlocución con la Casa Blanca les resultará crucial en el próximo cuatrienio.

Y, por último, está la revolución de la inteligencia artificial, en la que Silicon Valley se juega muchísimo dinero. Herramientas como ChatGPT han crecido sin regulación, pero muchos de sus responsables temen una intervención directa del gobierno en los próximos años y quieren que, si sucede, sea a su favor. «El presidente Trump va a llevar a nuestro país a la era de la IA, y apoyaré sus esfuerzos para garantizar que Estados Unidos se mantenga en la vanguardia», dijo Sam Altman, presidente de OpenAI.

Ahora que Trump es una inevitabilidad, toca adaptarse y muchas compañías lo hacen a marchas forzadas. Desde comienzos de año, por ejemplo, el fundador de Meta, Mark Zuckerberg, ha tomado varias decisiones enfocadas a contentar a Trump y al ala más conservadora de la política norteamericana.

El pasado 7 de enero anunció que Dana White, el presidente de la liga de lucha de artes marciales mixtas UFC y amigo personal de Trump, pasaría a ocupar un puesto en el consejo de dirección de la compañía. Días más tarde revelaba también el fin de la política actual de verificación de datos e información en sus redes sociales, que se apoyaba en agencias de verificación externas y que ha sido criticadas extensamente por la campaña de Trump. En EEUU, la compañía comenzará a implementar en su lugar un sistema de notas generadas por la propia comunidad de usuarios, como hace la red social X.

«Es lamentable que esta decisión se tome a raíz de la extrema presión política de una nueva administración y sus partidarios», denuncia Angie Holan, directora de la Red Internacional de Agencias de Verificación (IFCN). «Es un ataque que proviene de aquellos que sienten que deberían ser capaces de exagerar y mentir sin refutación o contradicción».

Fuera de EEUU estas agencias seguirán utilizándose, al menos de momento, pero la decisión se ve como una abdicación completa de responsabilidad por parte de Meta. El sistema de notas comunitarias de X es lento y poco efectivo a la hora de frenar la distribución de bulos.

Como parte del anuncio, Zuckerberg explicó también que el equipo de moderación de la empresa abandonará California y se instalará en la ciudad de Austin, en el estado de Texas, para tratar de eliminar sospechas de sesgo ideológico. El guiño ideológico claro: California es un estado netamente demócrata y Texas el epítome de un estado republicano.

El giro de otras figuras importantes en Silicon Valley es más sutil, pero no menos significativo. En los últimos días de la campaña presidencial, Jeff Bezos, fundador de Amazon y dueño del periódico The Washington Post, frenó una pieza editorial en el diario apoyando a la candidata demócrata, Kamala Harris. «Lo que realmente hace el apoyo abierto de un medio a un candidato es crear una percepción de sesgo», argumentó el magnate.

Se trata de un estrategia para contentar a Trump. Bezos está muy interesado en mantener buenas relaciones con la NASA por sus intereses en el sector aeroespacial. Como gesto de cortesía, sus estudios van a producir un documental de Melania Trump con un presupuesto de 40 millones.

Trump es ya el chico más popular de la clase de los más ricos. Lo sabe y presume de ello: «En el primer mandato, todo el mundo estaba en mi contra», dijo a mediados de diciembre. «Esta vez, todos quieren ser mis amigos». No miente.